Kristoffer Borgli, cineasta noruego asentado en Los Ángeles, construye su tercer largometraje en inglés con la misma materia incómoda que caracterizó sus trabajos anteriores. 'El drama' sitúa a una pareja joven y privilegiada en el epicentro de una convulsión moral que estalla apenas unos días antes de su boda. La película pertenece a esa estirpe de comedias negras nórdicas que transplantan su mirada fría y desencajada al terreno del cine independiente estadounidense. Borgli, que también firma el guion, demuestra una obsesión constante por desarmar las convenciones sociales más asentadas, esa vez a través de un mecanismo narrativo que recuerda a las provocaciones de un cineasta como Ulrich Seidl, aunque con un acabado más próximo a la corrección formal de A24. La propuesta arranca con una premisa simple, casi ingenua, para luego torcerse con una violencia que no es física sino psicológica, y que permanece latente durante todo el metraje.
Emma y Charlie forman esa clase de pareja que los catálogos de tendencias utilizarían para vender velas artesanales o edredones de lino. Ella trabaja como editora literaria, él conserva obras de arte en un museo de Cambridge. Borgli los presenta ya consolidados, saltándose el desarrollo del enamoramiento para centrarse en los preparativos de la ceremonia. La primera secuencia, un encuentro torpe en una cafetería, funciona como una broma que el filme cuenta al principio y luego abandona. Lo relevante llega durante una cata de vinos con los amigos íntimos, Rachel y Mike. La conversación deriva hacia un juego perverso: revelar la peor acción cometida en la vida. La confesión de Emma paraliza la mesa. La joven admite que, a los quince años, planeó un tiroteo en su instituto y que solo desistió porque otro suceso similar acaparó la atención mediática. Esa revelación funciona como un mazazo que Borgli administra con una naturalidad turbadora, sin subrayados musicales ni primeros planos ampulosos, como si el horror pudiera mezclarse con el vino de la cena.
La trama entonces deriva hacia el territorio del malestar doméstico. Charlie, interpretado por Robert Pattinson como un manojo de tics y vacilaciones, entra en una espiral de desconfianza que contamina cada interacción cotidiana. El personaje de Zendaya, Emma, observa con una mezcla de vergüenza y desamparo cómo su pasado irrumpe en el presente sin que ella pueda hacer nada para controlar la reacción ajena. Borgli filma las discusiones con planos fijos que registran la distancia entre los dos, las pausas que se alargan, los silencios que pesan más que los diálogos. La dirección de actores resulta precisa porque evita el histrionismo. Pattinson construye un ansioso que necesita aprobación externa para sentirse seguro, mientras que Zendaya dosifica la vulnerabilidad de un personaje que no sabe cómo expiar un crimen que nunca cometió pero que imaginó con todo lujo de detalles. Los secundarios, especialmente Alana Haim como la amiga escandalizada, encarnan el juicio social que convierte una confidencia privada en un espectáculo público.
Las implicaciones morales del filme resultan deliberadamente escurridizas. Borgli coloca sobre la mesa un asunto espinoso, el de la violencia escolar en Estados Unidos, y lo retuerce hasta convertirlo en un artefacto cómico de mal gusto calculado. La elección de que la autora intelectual sea una mujer introduce un sesgo que el guion reconoce como estadísticamente anómalo, pero que sirve para evitar los lugares comunes del perfil del agresor solitario. El director noruego examina hasta qué punto la sociedad contemporánea diferencia entre el pensamiento y la acción, y cómo ciertas puertas, una vez abiertas en una conversación, no pueden volver a cerrarse. Rachel, la amiga que expulsa a Emma de su vida con una firmeza implacable, representa esa nueva moral identitaria que exige una pureza retrospectiva imposible de alcanzar. Charlie, en cambio, encarna la contradicción de quien desea ser tolerante pero necesita validar esa tolerancia con el beneplácito de su entorno. La película no toma partido por ninguna de esas posiciones, sino que las muestra en su funcionamiento más mezquino.
La puesta en escena de Borgli apuesta por una incomodidad sostenida que repele cualquier acomodamiento del espectador. Los encuadres cortan cabezas y amputan espacios, las transiciones entre escenas resultan abruptas, y la banda sonora de Daniel Pemberton introduce flautas que suenan a fábula cruel. El director evita los estallidos catárticos. Incluso la secuencia final, que algunos críticos han señalado como una concesión a la ternura, mantiene esa ambigüedad que caracteriza al conjunto. La evolución de los personajes no sigue arcos de redención ni caídas ejemplares. Charlie aprende a convivir con la información que recibió, pero no porque haya procesado nada, sino porque el agotamiento y la presión social lo empujan hacia delante. Emma acepta que su pasado la acompañará siempre como una mancha, y esa aceptación resulta más desoladora que cualquier gran discurso sobre el perdón. Los amigos, Mike y Rachel, sobreviven como un espejo deformado de lo que la pareja principal podría llegar a ser con los años.
Borgli construye un mecanismo que se alimenta de las contradicciones de sus personajes sin resolverlas. La sátira a las convenciones nupciales, presente en las secuencias del fotógrafo y del coreógrafo del primer baile, añade capas de ridículo que subrayan la artificialidad del ritual del matrimonio. El filme pertenece a esa corriente escandinava de desmontaje social donde el chiste y la incomodidad caminan de la mano sin que nunca sepas cuál de los dos llevará la iniciativa. La posición del director, noruego en Estados Unidos, le permite observar ciertos mecanismos americanos con una distancia que a veces resulta perspicaz y otras veces simplificadora. La violencia escolar, tratada con una ligereza que muchos espectadores considerarán ofensiva, se convierte aquí en un macguffin que activa la maquinaria de desconfianza. Lo que verdaderamente interesa a Borgli es la fragilidad de los acuerdos tácitos que sostienen una relación, y cómo una sola frase puede agrietar años de complicidad. El resultado final deja una sensación de vacío lúcido, como si el director hubiera desmontado un reloj y luego mostrara las piezas desordenadas sobre la mesa sin ofrecer un manual para volver a armarlo.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
