Cine y series

Corredora

Laura García Alonso

2026



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La ópera prima de Laura García Alonso, escrita junto a Pol Cortecans, aterriza en las salas después de su paso por el Festival de Málaga, donde cosechó el Premio ASECAN a la Mejor Ópera Prima. La directora sitúa su mirada en una adolescente residente en un Centro de Alto Rendimiento, donde entrena los 800 metros lisos con la aspiración de alcanzar la élite nacional. La cinta se aleja deliberadamente de los manuales del cine de superación deportiva para instalarse en un territorio más turbio, el de la fragilidad psíquica de una joven que ve cómo su percepción de la realidad comienza a resquebrajarse. La propuesta de García Alonso apuesta por una puesta en escena sobria, regida por la precisión del encuadre y una distancia calculada que evita cualquier despliegue efectista. La directora, con una trayectoria previa en el cortometraje, demuestra aquí un control notable de los tiempos narrativos y una comprensión lúcida de cómo la presión competitiva puede actuar como detonante de trastornos mentales graves. El filme, rodado en catalán entre Barcelona y Zaragoza, cuenta con la fotografía de Gina Ferrer, responsable de la imagen de '20.000 especies de abejas', lo que garantiza un tratamiento visual naturalista que roza el feísmo en algunos pasajes, una decisión estética que refuerza la crudeza del relato.

La trama sigue a Cris, una corredora de fondo convencida de su valía y alimentada por una soberbia que la empuja a mirar por encima del hombro a sus compañeras. El relato construye con paciencia el ecosistema de la alta competición, donde los cronómetros y los récords se convierten en la única vara de medir la existencia. Poco a poco, la protagonista comienza a manifestar celos patológicos hacia sus rivales, sospechas de que entran en su habitación a hurtadillas y la certeza de que le roban el material deportivo. El brote psicótico irrumpe entonces con violencia: una llamada angustiosa a su padre, el destrozo de su cuarto y los puños del entrenador golpeando la puerta mientras ella sopesa un salto al vacío. A partir de ese momento, el filme se transforma en un seguimiento casi clínico de la recuperación de Cris, que abandona el CAR para refugiarse en casa de su hermana Natalia, interpretada por Marina Salas. La narración plantea entonces una dicotomía recurrente en el tratamiento de la enfermedad mental: ¿necesita Cris un psicólogo o un psiquiatra? La respuesta, que el guion maneja con tacto, apunta a la necesidad de ambas aproximaciones, la farmacológica y la del acompañamiento familiar, sin subordinar una a la otra.

Los personajes secundarios adquieren un peso fundamental en el entramado relativo a los cuidados. Natalia encarna la figura del sostén emocional que no juzga, que escucha y que respeta los silencios de su hermana, estableciendo con ella una conexión que evita el paternalismo facilón. El padre viudo, al que da vida Àlex Brendemühl, se mueve entre la incomodidad, la ternura y una incapacidad manifiesta para gestionar lo que le sobreviene, construyendo un retrato de la masculinidad desarmada ante la fragilidad afectiva. El personaje del padre, aunque conmovedor, habría merecido un desarrollo más extenso, pues en algunos tramos queda relegado a las esquinas del relato cuando su presencia resultaría enriquecedora. La evolución de Cris, interpretada por Alba Sáez que debuta con una sequedad interpretativa rotunda, recorre el arco que va desde la omnipotencia juvenil hasta la aceptación de una condición que la obliga a redefinir su ritmo vital. La actriz transmite esa obstinación casi testaruda de quien no concibe su identidad al margen del deporte, de manera que cada intento de alejarla de la competición se lee como una amputación. La hermana y el padre, cada cual a su manera, intentan ofrecerle un sostén, pero la película muestra con claridad que la recuperación no depende exclusivamente de la buena voluntad ajena.

La dirección de García Alonso se caracteriza por una contención narrativa que huye del melodrama y de cualquier énfasis gratuito. La realizadora coloca la cámara en posiciones que privilegian la observación sobre la intrusión, utilizando el fuera de campo y los reflejos en superficies acristaladas para sugerir el aislamiento de Cris. Las secuencias de entrenamiento y competición se filman con un realismo que prioriza el sonido de la respiración entrecortada y el golpeteo de las zapatillas sobre el tartán, evitando las bandas sonoras épicas que saturan otros títulos del género. La música, compuesta por Susana Hernández ‘Ylia’, introduce elementos disonantes que se aproximan al diseño sonoro, generando una atmósfera de inquietud que envuelve al espectador sin necesidad de subrayados melodramáticos. Esta opción formal conecta con un cine de observación clínica que recuerda a los hermanos Dardenne en su capacidad para filmar la precariedad desde la cercanía física y la distancia emocional. La puesta en escena, reglada por la distancia y el encuadre preciso, convierte los espacios domésticos en territorios hostiles: una habitación se transforma en celda, un pasillo en un callejón sin salida, y la repetición de gestos cotidianos adquiere una dimensión obsesiva que anticipa los delirios de la protagonista.

Las implicaciones morales y sociales del filme se despliegan en varias direcciones. Por un lado, la película interroga la cultura del rendimiento instalada en los Centros de Alto Rendimiento, donde la exigencia física y emocional puede alterar la percepción del mundo y de la identidad propia. Por otro, aborda el estigma asociado a los trastornos mentales graves en el ámbito deportivo, donde a la enfermedad mental se la apoda ‘la lesión invisible’, una denominación que oculta la urgencia de un abordaje integral. El filme también plantea una reflexión política sobre los límites de la ambición personal en una sociedad que premia el éxito a cualquier precio. Cris representa a esa generación de jóvenes que han interiorizado el dogma de la autoexigencia hasta convertir la competición en una necesidad fisiológica, de manera que detenerse equivale a desaparecer. La directora sugiere que la forja de un futuro profesional no debería realizarse a costa de la armonía vital, pero evita caer en el adoctrinamiento. El tratamiento farmacológico, la ayuda familiar y la terapia psicológica aparecen como herramientas complementarias, ninguna de las cuales funciona como varita mágica. La cinta rechaza la catarsis redentora del género deportivo y opta por un desenlace agridulce, donde la victoria no consiste en ganar una medalla sino en alcanzar una pequeña comprensión interior sobre los propios límites. Ese cierre, contenido y nada condescendiente, deja al espectador con la sensación de que el proceso de aceptación de la enfermedad mental es largo, accidentado y sin metas definidas, pero no por ello carente de valor.

Crítica elaborada por Emma Castillo

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