La creadora Tina Fey, junto a Lang Fisher y Tracey Wigfield, regresa al mecanismo narrativo que ya ensayaron en la primera entrega de 'Las cuatro estaciones': agrupar a un puñado de amigos cincuentones durante varios fines de semana de vacaciones repartidos a lo largo del año. La estructura, que debe su nombre a las piezas de Vivaldi, se mantiene idéntica, aunque el contenido ha mudado por completo. La desaparición de Nick, fallecido en un accidente de coche al cierre de la temporada anterior, obliga al grupo a reorganizarse. La premisa inicial del divorcio y la nueva pareja joven queda ahora sepultada por un duelo real y pegajoso. Las vacaciones de primavera, verano, otoño e invierno siguen siendo el esqueleto de la serie, pero los músculos que cuelgan de ese esqueleto son los de la depresión, la rabia contenida y la sensación de que cada decisión vital pesa más de lo que pesaba hace una década.
Analizando las tramas, la serie divide el tiempo de pantalla entre las tres parejas que quedan en pie y la incorporación forzosa de Ginny, la joven amante de Nick que ahora cría sola al hijo de él. El acierto más sólido reside en la evolución de Anne, la exesposa abandonada. Kerri Kenney Silver convierte a este personaje en una mujer que ensaya distintas identidades con una torpeza encantadora, pasando de la viuda resentida a la casi madre adoptiva del bebé de su rival. Lejos de buscar el perdón o la amistad forzada, la serie explora una convivencia incómoda y práctica entre Anne y Ginny, una suerte de hermandad doméstica nacida de la necesidad económica y emocional. Por el contrario, la pareja formada por Danny y Claude se debate sobre la paternidad con un diálogo que repite esquemas vistos en la primera temporada, aunque el viaje a la Italia natal de Claude permite que este personaje, antes un mero adorno exótico, muestre una seguridad inesperada cuando habla en su idioma.
La dirección de los episodios, repartida entre la propia Fey y Colman Domingo, opta por un tono más contenido y menos juguetón que en el pasado. Las secuencias cómicas, como el intento de Kate de fingir que entrena para una maratón, aparecen empañadas por una melancolía que impide que el chiste vuele libre. La serie examina con crudeza cómo la muerte de un amigo común desestabiliza a Jack, interpretado por Will Forte, hasta convertirlo en un lastre emocional para su mujer. Kate, por su parte, se ve obligada a gestionar la tristeza ajena mientras reprime la propia, una dinámica social muy reconocible entre personas de mediana edad que han convertido el estoicismo en un arte. La serie acierta al mostrar que el apoyo mutuo tiene un límite y que a veces la única salida es un distanciamiento pactado, al que los personajes llaman irónicamente “vuelo libre”.
El examen de las implicaciones morales resulta incisivo en la representación de la amistad. El grupo se reúne cada estación como si fuera una obligación contractual, pero entre viaje y viaje apenas existe comunicación. Esta falta de contacto cotidiano obliga a que las confesiones más íntimas, como el deseo de Danny de mudarse a Europa, estallen en el peor momento posible, durante una cena tensa en un hotel destartalado. La serie refleja así una verdad incómoda: la amistad adulta a menudo se limita a rituales programados con años de antelación, mientras el día a día transcurre en soledad. Los problemas económicos, aunque aliviados por la evidente posición acomodada de todos, aparecen al discutir la herencia de Nick o el coste de mantener una segunda vivienda. La política queda reducida a una mención a los recuerdos de la pandemia, un periodo que la serie retrata con una honestidad desagradable, mostrando a Anne a punto de abandonar a su marido durante el confinamiento.
La evolución de los personajes femeninos supera con creces a la de los masculinos. Mientras Jack se hunde en una depresión que roza la caricatura y Danny fantasea con la paternidad como quien planea un capricho, Anne descubre una autonomía que jamás había poseído. La serie la muestra ligando por internet, cometiendo errores de sexting y disfrazándose de bruja en una fiesta italiana con una felicidad casi infantil. Kate, aunque más reservada, encuentra un atisbo de futuro en la organización de una carrera benéfica, una idea que le pertenece solo a ella. Incluso Ginny, un personaje que en otras manos sería el mero vehículo para el bebé, protagoniza varias discusiones sobre la culpa y la legitimidad de su lugar en el grupo. Los actores manejan este material con una química que evita el naufragio de los episodios más flojos, especialmente los situados en la costa de Jersey, donde el ritmo decae hasta hacerse tedioso.
En conjunto, esta segunda tanda de capítulos pierde la ligereza que caracterizaba a su predecesora, pero gana una capa de complejidad que la hace más adulta. Los parajes de ensueño, las casas impecables y la ropa de punto exquisita actúan como una trampa visual: el lujo no alivia el dolor, solo lo enmarca. La serie se permite un capítulo retrospectivo durante el confinamiento que explica las grietas previas de la pareja protagonista, añadiendo contexto sin caer en la lástima. Quien busque el mismo ritmo de chistes por minuto que en la primera entrega se sentirá frustrado. Sin embargo, el espectador que acepte que la comedia sobre la mediana edad tiene derecho a ensombrecerse encontrará aquí un retrato certero de cómo las segundas oportunidades suelen llegar vestidas de rutina y de pequeños fracasos domésticos.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
