Cine y series

Asesinato para principiantes - segunda temporada

Dolly Wells

2026



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La llegada de la segunda temporada de 'Asesinato para principiantes' a Netflix cierra un ciclo de apenas seis episodios que continúa la historia de Pip Fitz-Amobi, la joven investigadora aficionada del pequeño pueblo de Little Kilton. La serie, creada a partir de la obra literaria de Holly Jackson, quien además participa como coguionista en esta entrega, mantiene el equipo de dirección liderado por Dolly Wells, aunque con un planteamiento narrativo que busca distanciarse de los problemas estructurales de su primera parte. Aquella temporada inicial se perdió en subtramas que apenas aportaban desarrollo a sus personajes, un lastre que esta secuela intenta limar apostando por una mayor fidelidad al libro 'Good Girl, Bad Blood'. El resultado se percibe en una narración más ceñida a un solo eje conflictivo, aunque el camino hacia una mayor cohesión argumental revele otras costuras igualmente problemáticas.

La trama arranca con Pip tratando de retomar una vida corriente después de haber resuelto el asesinato de Andie Bell. Su podcast se ha convertido en un fenómeno local, su relación con Ravi Singh se ha consolidado y el juicio contra Max Hastings, el agresor sexual de la primera temporada, parece encarrilado para dictar una condena ejemplar. Esta aparente calma se rompe cuando Jamie Reynolds, hermano de un amigo cercano y testigo clave en el proceso judicial, desaparece sin dejar rastro. La investigación que sigue entrelaza dos objetivos: encontrar a Jamie con vida y evitar que el privilegiado Max Hastings evada la justicia gracias a la influencia de su adinerada familia. La serie acierta al mostrar cómo el sistema judicial protege a los depredadores de entornos acomodados, con escenas que retratan la manipulación procesal y el acoso a las víctimas, temas que se exponen con crudeza pero sin caer en el efectismo gratuito.

La evolución de Pip, interpretada por Emma Myers, resulta el pilar sobre el que se sostiene casi todo el peso dramático. La joven abandona parcialmente su perfil de adolescente aplicada para adentrarse en un territorio más sombrío, donde la ira y la frustración ante la injusticia empiezan a dictar sus actos. La serie muestra cómo la exposición continuada a la violencia y la corrupción desgasta su brújula moral, llevándola a tomar decisiones temerarias que rozan la ilegalidad. Este viaje hacia un lado más oscuro de su personalidad se presenta de forma coherente, pero choca con la escasa profundidad que se concede al resto del reparto. La amistad con Cara, fracturada por el encarcelamiento del padre de esta última, se reduce a un par de intercambios de reproches, mientras que el personaje de Connor, cuyo hermano está desaparecido, queda relegado a un papel de alivio cómico que resulta impropio de su situación.

Henry Ashton, en el papel del antagonista Max Hastings, ofrece una de las interpretaciones más logradas al equilibrar la repulsión que genera su personaje con momentos de vulnerabilidad, especialmente en las discusiones con su madre, Rosie, a quien la serie concede un desarrollo inesperadamente inteligente. Por el contrario, la relación romántica entre Pip y Ravi pierde la frescura que la caracterizaba en la temporada anterior. Una vez que la pareja se consolida, la química entre Myers y Zain Iqbal se vuelve rígida, y las discusiones por las mentiras o los riesgos que toma ella se resuelven con una facilidad que roza lo inverosímil, desperdiciando la oportunidad de generar una tensión dramática real. La dirección de Dolly Wells opta por un ritmo pausado que permite seguir los hilos de la desaparición y el juicio paralelo, aunque recurre con demasiada frecuencia a canciones pop con letras explícitas que subrayan las intenciones de cada secuencia como si el espectador necesitase una ayuda extra para comprender la maldad de un personaje.

El principal lastre de esta temporada reside en la propia naturaleza del misterio que se investiga. Sustituir un asesinato por la desaparición de un joven reduce de forma considerable la tensión narrativa, por mucho que se intente vincular ese suceso con el destino del juicio. El espectador llega a olvidar en varios pasajes quién es Jamie y por qué debería importarle su paradero, un problema que la serie intenta paliar con una conversación inventada entre Pip y el desaparecido en el primer episodio, un recurso que evidencia la debilidad del material original. A pesar de estos inconvenientes, los giros argumentales relacionados con un engaño a través de internet en el tercer episodio logran reactivar el interés justo cuando la historia amenaza con naufragar en su propia falta de urgencia. La serie concluye dejando cabos sueltos que apuntan a una posible tercera entrega, una perspectiva que generaría más entusiasmo si el conjunto de esta segunda parte no cojease entre un personaje principal bien dibujado y un grupo de secundarios planos que apenas sostienen su propio peso.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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