En la primavera de 2026 llegó a los cines indios un thriller firmado por Vignesh Raja, un cineasta que ya había demostrado su oficio con 'Por Thozhil'. Apenas un mes después, ese mismo trabajo, protagonizado por Dhanush, aterrizó en el catálogo de Netflix para encontrarse con un público que, o bien había desoído su paso por las salas, o bien se acercaba a él con las precauciones propias de quien ya ha leído críticas divididas. La cinta se sitúa en los años noventa, una época en la que la crisis del petróleo por la Guerra del Golfo afectaba hasta a las aldeas más remotas de Tamil Nadu. En ese contexto de racionamiento de combustible y préstamos bancarios abusivos, Karasaami, un pequeño ladrón con aspiraciones de honestidad, intenta recomponer su vida al lado de su esposa Selli. El reencuentro con un padre endeudado y el acoso de un oficial de policía tenaz lo devuelven a un entorno de robos que ya creía haber dejado atrás. La premisa, lejos de la pirotecnia del cine de acción habitual, apuesta por una construcción pausada que privilegia la atmósfera sobre el vértigo.
La propuesta de Raja se debate entre ser un estudio de personaje o un mecanismo de suspense, y esa vacilación termina definiendo sus logros y sus tropiezos. Por un lado, la primera hora construye con pulso firme el universo de Kara: un individuo que opera con un código casi religioso, donde cada golpe requiere un rito de suerte y una intervención divina. El director retrata la vida delictiva como una extensión del hambre, una lógica de supervivencia que anula cualquier atisbo de romanticismo. La relación con Selli, mostrada a través de silencios y pequeñas rutinas de fuga, evita el cliché de la esposa angustiada para ofrecer una figura que comprende el riesgo sin aprobarlo del todo. Sin embargo, cuando el argumento exige que Kara pase de ser un marginal oportunista a un justiciero que roba a los poderosos para devolver el dinero a los campesinos, la película empieza a contradecir su propia naturaleza. Lo que comenzó como una exploración de la moral maleable termina convertido en una parábola sobre el bien común, y ese salto ideológico resta complejidad al protagonista. Las implicaciones sociales sobre el sistema bancario depredador y la corrupción de los intermediarios quedan planteadas, pero se resuelven con una simplificación que recuerda más al cuento moral que al análisis estructural.
El reparto sostiene gran parte del interés gracias a un Dhanush que domina la escena con una economía de movimientos poco común en el cine de acción. Su Karasaami habla con el cuerpo encogido, con una mirada que anticipa la derrota incluso en los momentos de victoria. Frente a él, Mamitha Baiju apenas dispone del espacio que merecería su personaje; Selli funciona como un ancla doméstica que justifica las motivaciones del ladrón, pero el guion la relega a un par de destellos intensos. El verdadero contrapunto llega de la mano de Suraj Venjaramoodu que interpreta a un policía atrapado entre la burocracia y su instinto, aunque su papel se diluye cuando la historia prefiere centrarse en la cruzada redentora del protagonista. K. S. Ravikumar, como el padre ausente y humillado, añade una capa de melancolía que conecta con la tradición del drama familiar tamil, donde el honor y la deuda filial se mezclan con el dinero.
Técnicamente, la película exhibe una fotografía de Theni Eashwar que juega con sombras constantes sobre el rostro de Kara, como un reflejo de sus contradicciones. La banda sonora de G. V. Prakash acompaña sin abrumar, aunque en las secuencias más sentimentales recurre a una melancolía que choca con el ritmo seco del atraco. El punto más alto de la dirección ocurre durante el asalto al banco que sirve como clímax del primer acto: una concatenación de imprevistos que eleva la tensión mediante encuadres cerrados y un uso medido del fuera de campo. Esa secuencia, donde cada ruido o retraso amenaza con delatar a los ladrones, demuestra que Raja sabe construir suspense cuando se libera de las ataduras del drama lacrimógeno. El problema reside en que, tras ese momento brillante, el metraje se alarga innecesariamente para justificar una transformación moral que ya se intuía desde el principio. La resolución final, con Kara asumiendo las consecuencias de sus actos en un entorno rural que lo observa con admiración, cierra el círculo de una manera previsible que desaprovecha la ambigüedad mostrada en la primera mitad. El espectador termina preguntándose por qué una historia que se atrevió a mostrar a un antihéroe con miedo y egoísmo acaba convirtiéndolo en un símbolo casi intachable de la resistencia campesina.
Los diálogos, escritos por Alfred Prakash y el propio director, resultan eficaces en las interacciones tensas, pero se vuelven explicativos cada vez que la trama necesita justificar el giro hacia el altruismo. La duración, cercana a las dos horas y cuarenta minutos, castiga la paciencia del público que esperaba un ritmo más cercano al thriller de robos que al melodrama rural. A pesar de todo, 'Kara' consigue generar un puñado de imágenes memorables, como ese tractor que cruza la pantalla tras el golpe perfecto, un símbolo fugaz de un poder que cambia de manos sin que nadie lo anuncie. La serie de decisiones contradictorias en el guion terminan por lastrar un proyecto que pudo ser un ajustado relato de culpa y supervivencia, pero que se conforma con ser una advertencia amable sobre los peligros de la usura bancaria. El director confirma su habilidad para el manejo del espacio y el silencio, mientras revela también una dificultad para cerrar sus historias sin recurrir a atajos sentimentales. Quienes busquen un pasatiempo eficaz en la plataforma encontrarán escenas destacadas y un actor principal en estado de gracia, aunque saldrán con la sensación de haber visto dos películas distintas pegadas con cola emocional.
Crítica elaborada por Andrés Gómez
