Veinticinco años después de aquel primer impacto que redefinió el rock de principios de milenio, los Strokes se enfrentan a una paradoja difícil de eludir: su propia leyenda. La banda neoyorquina llega a su séptimo trabajo con el peso de haber publicado un disco que muchos consideran su mejor obra en décadas, The New Abnormal, y con la necesidad de demostrar que ese resurgir no fue un espejismo. El nuevo álbum, gestado durante cuatro años y con la producción de Rick Rubin, surge en un momento donde las giras multitudinarias han reivindicado su estatus y donde el público joven ha descubierto sus viejos himnos con la misma devoción que aquellos que los vieron nacer. Pero lejos de regodearse en esa posición privilegiada, la formación prefiere socavar cualquier atisbo de complacencia, adentrándose en terrenos que descolocan incluso a sus seguidores más fieles.
El uso pronunciado del autotune se convierte en el elemento más discutible del conjunto, una elección que atraviesa cada composición y que provoca reacciones encontradas. Julian Casablancas ya había experimentado con estas texturas en sus proyectos paralelos, pero aquí la distorsión vocal adquiere un protagonismo que desdibuja parte de la intimidad que las letras pretenden transmitir. En 'Falling Out of Love', la balada que retrata el ocaso de una relación, el procesamiento digital convierte frases como "Some things are flawed by design" en ecos metálicos que alejan al oyente del dolor que supuestamente narran. Sin embargo, el recurso encuentra su justificación en la propuesta global del trabajo, donde lo artificial y lo orgánico compiten por el dominio de cada pista, generando una tensión que refleja las contradicciones de una era dominada por la optimización tecnológica.
Las letras de Casablancas oscilan entre el comentario social sardónico y la confesión melancólica, a menudo en la misma canción. 'Going Shopping' utiliza el consumo como metáfora de una ciudadanía anestesiada, con versos que retratan la dificultad de mantener principios cuando el confort material se interpone: "Solidarity can be difficult when you've got cool stuff to lose". La voz tratada electrónicamente subraya esa desconexión entre el mensaje crítico y la forma de transmitirlo, creando un desdoblamiento que pone en duda la propia naturaleza de la comunicación artística. Otros momentos como 'Lonely in the Future' abordan el paso del tiempo y la sensación de obsolescencia, con referencias a figuras actuales que sitúan al narrador en un presente líquido donde los puntos de referencia culturales se suceden sin pausa.
Las guitarras de Nick Valensi y Albert Hammond Jr. mantienen ese diálogo característico que define el sonido del grupo, aunque aquí se permiten incursiones en territorios menos explorados. El bajo de Nikolai Fraiture adquiere un peso inusual en 'Going to Babble On', conduciendo la melodía mientras los sintetizadores añaden capas de textura que remiten al new wave de los ochenta. Fabrizio Moretti demuestra su versatilidad con patrones rítmicos que van desde la precisión milimétrica hasta el golpeteo casi tribal, especialmente en 'Dine N'Dash', donde sus platillos sostienen la urgencia de la pieza. La sección rítmica se permite incluso incursiones en el funk y el soul en 'The Fruits of Conquest', aunque el resultado final mantiene esa impronta reconocible que ha hecho del quinteto neoyorquino un referente ineludible.
La estructura del álbum, con sus nueve cortes, evita cualquier linealidad narrativa, prefiriendo una sucesión de estados de ánimo que se contradicen y complementan. 'Psycho Shit' abre con una atmósfera opresiva que alude a la violencia estructural y al imperialismo corporativo, con referencias veladas a conflictos geopolíticos que Casablancas no disimula. La canción construye un crescendo que estalla en gritos distorsionados, recordando aquellos finales apocalípticos que ya habitaban en su repertorio anterior. En contraste, 'Liar's Remorse' apuesta por la mesura, con una melodía que evoca cierto pop orquestal de décadas pasadas y un solo de trompeta procesada que introduce una rareza bienvenida en el contexto del trabajo.
El disco se cierra con 'Tyrants of the Mellow Moon', una pieza extensa donde todas las influencias del conjunto convergen en un solo de guitarra que atraviesa el espacio sonoro como un láser. La letra, críptica y abierta a múltiples interpretaciones, sugiere una reflexión sobre el legado y la imposibilidad de escapar de la imagen que otros han construido. Casablancas parece reflexionar sobre su propio papel en la historia del rock, consciente de que cada movimiento será escudriñado por unos seguidores que exigen certezas donde solo hay incertidumbre. La banda, lejos de ofrecer definiciones, prefiere habitar la ambigüedad, construyendo un trabajo que se disfruta más cuando se abandona cualquier pretensión de entenderlo en su totalidad.
El conjunto propone una reflexión sobre la identidad artística en tiempos de inteligencia artificial y sobre el papel de la nostalgia en la creación actual. Los Strokes han optado por no repetir fórmulas, asumiendo el riesgo de alienar a quienes esperaban una continuación directa de su sonido clásico. El autotune, esa herramienta tan denostada, se convierte aquí en un filtro que pone en duda la noción de lo genuino, recordando que toda interpretación es, en cierto modo, una construcción. La producción de Rubin logra equilibrar los elementos dispares, otorgando coherencia a un conjunto que podría haber resultado caótico en otras manos. Quienes se acerquen sin prejuicios encontrarán un trabajo que, pese a sus asperezas, mantiene la esencia de una banda que ha hecho de la incomodidad su seña de identidad.
Conclusión
The Strokes construyen un álbum donde la contradicción y la ambigüedad se convierten en principios estéticos, evitando cualquier concesión nostálgica y al mismo tiempo cuestionando cual es el papel de la texnología en cualquier forma artística actual.

