Cine y series

La última ronda en Venecia

Francesco Sossai

2025



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Francesco Sossai, cineasta italiano con formación en Alemania, presenta su segundo largometraje con una mirada que se detiene sobre las llanuras del Véneto como quien observa un paisaje en transformación. El director, nacido en la región que retrata, construye una obra que oscila entre la comedia y la melancolía sin decantarse por ninguna de las dos. La película, presentada en la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes, sigue a dos cincuentones, Carlobianchi y Doriano, cuya existencia parece reducirse a la búsqueda incesante de la siguiente copa, siempre anunciada como la última. Sossai, que firma el guion junto a Adriano Candiago, parte de experiencias personales para tejer una historia que podría leerse como una elegía de la amistad masculina en tiempos de precariedad.

La trama arranca con un prólogo que anticipa el tono del relato: un helicóptero aterriza en una fábrica para rendir homenaje a un empleado, Primo Sossai, mientras el personaje de Genio, socio de los protagonistas en un pasado delictivo, abandona el país. Veinte años después, Carlobianchi y Doriano viven al día, sin dinero, pero con una habilidad especial para colarse en cualquier celebración que ofrezca alcohol gratuito. Su encuentro con Giulio, un estudiante de arquitectura de Nápoles, altera la dinámica de la pareja, que adopta al joven como discípulo involuntario. El trío recorre el Véneto en un viaje sin rumbo fijo, donde cada parada en un bar, cada encuentro fortuito, revela capas de una región que, como sus habitantes, ha visto sus mejores días. Las referencias a la crisis de 2008, a la desindustrialización y al abandono de las pequeñas empresas familiares atraviesan el metraje con la sutileza de quien prefiere sugerir antes que mostrar.

Carlobianchi y Doriano son arquetipos de una generación atrapada en el desencanto. El primero luce un bigote de otra época. El segundo, una camisa con mancha de tabaco. Juntos han convertido la rutina del alcohol en un ritual de supervivencia. Su amistad, tejida con bromas repetidas y anécdotas posiblemente falsas, esconde un miedo compartido: enfrentarse a un presente que les ha dejado atrás. Cuando aparece Giulio (Filippo Scotti), la dinámica cambia: los mayores intentan transmitir una sabiduría que ellos mismos han olvidado, mientras el joven, con su timidez y su mochila de libros, representa un futuro que los otros ya no alcanzan a ver. Sossai no cae en el didactismo. Las lecciones que intercambian son tan confusas como ellos, y la película mantiene una ambigüedad saludable sobre si el viaje transforma a alguien o solo alarga una agonía amable.

Sossai apuesta por una puesta en escena de ritmo pausado, volcada en la observación. Massimiliano Kuveiller firma una fotografía que captura tanto los paisajes industriales abandonados como las villas señoriales que aún resisten, estableciendo un diálogo constante entre lo que fue y lo que queda. La estructura narrativa, con saltos temporales que confunden pasado y presente, refleja la memoria alterada de los personajes, cuya percepción del tiempo se ha vuelto líquida. En este sentido, la película evoca a John Cassavetes, donde la cámara se convierte en cómplice de la improvisación y la intimidad, aunque Sossai añade un filtro de extrañeza que distancia al espectador de sus personajes. La elección del celuloide, con sus texturas y grano, subraya esa sensación de pertenencia a un mundo que se desvanece.

El Véneto que retrata Sossai es una región en declive, y ese declive arrastra un trasfondo político y social evidente. Las fábricas cierran, los jóvenes emigran y la riqueza se concentra en pocas manos. La crisis de 2008 marca un punto de inflexión en la vida de los personajes, un antes y un después que explica su deriva. Las referencias a la construcción de autopistas que destruirán jardines renacentistas y a la especulación urbanística convierten el viaje en un recorrido por las cicatrices del capitalismo. Sossai no convierte su película en un manifiesto. La crítica social emerge de los detalles, de diálogos aparentemente banales sobre el valor de las cosas, de la obsesión por relojes caros como símbolo de un éxito inalcanzable. Incluso la discusión sobre la utilidad marginal decreciente —esa teoría económica que sostiene que cada unidad adicional de un bien proporciona menos satisfacción— resuena como metáfora del vacío que persiguen los personajes.

La película flaquea, sin embargo, cuando recurre a elementos demasiado trillados. El arco de Giulio, que pasa de inseguro a seguro gracias a las enseñanzas de sus mentores borrachos, sigue un camino previsible. Las escenas en las que los dos cincuentones aconsejan al estudiante sobre cómo conquistar a su amada resultan, pese a su tono ligero, un tanto manidas. También peca de reiteración: el chiste de la última copa que nunca llega, aunque funciona en el planteamiento, pierde fuerza según avanza el metraje. Sossai, consciente quizá de esta debilidad, introduce episodios de suspense y pequeñas estafas que inyectan dinamismo, pero el conjunto mantiene una irregularidad que impide elevar la propuesta. Los momentos más logrados, como la visita a la tumba Brion de Carlo Scarpa, donde la arquitectura se convierte en reflexión sobre la muerte, apuntan a un registro que el resto de la obra solo roza.

La película termina, como empieza, con un chiste que se repite y una despedida que no llega a producirse. 'La última ronda', ese trago final que los personajes anuncian una y otra vez, simboliza su incapacidad para cerrar ciclos, para aceptar que el tiempo pasa y que las oportunidades, como los bares, acaban cerrando. Sossai deja en el aire si la amistad, ese refugio contra la soledad, es suficiente para sostener una vida sin horizontes. Esa incógnita, como los secretos que los personajes gritan desde la distancia, permanece inaudible. Al final, lo que queda es un retrato amable pero desolador de una generación que ha convertido el alcohol en su única certeza. Una película que, sin ser revolucionaria, encuentra en su modestia una fuerza extraña.

Crítica elaborada por Estela Schiaffino

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