Cine y series

Forastera

Lucía Aleñar Iglesias

2026



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Lucía Aleñar Iglesias toma el cortometraje homónimo que presentó en 2020 y lo expande hasta alcanzar los noventa y siete minutos que conforman su primera incursión en el largometraje. La cineasta española traslada la acción a Mallorca, donde una familia se enfrenta a la muerte repentina de la matriarca durante unas vacaciones estivales. La producción, coparticipada por España, Italia y Suecia, encontró su primer eco internacional en el Festival de Toronto dentro de la sección Discovery, antes de recalar ahora en la cartelera española. El filme se mueve entre el drama generacional y la sugerencia sobrenatural, aunque nunca termina de decantarse por ninguna de esas dos vertientes con claridad.

Catalina, a quien todos llaman Cata, pasa el verano en la casa costera de sus abuelos junto a su hermana pequeña. La rutina adolescente se rompe cuando encuentra a su abuela, también llamada Catalina, muerta al pie de unas escaleras. A partir de ese instante, la joven comienza a vestir las prendas de la difunta, a imitar sus modales y a responder como si fuera ella ante las llamadas telefónicas. Lo que arranca como una travesura se convierte en una ocupación progresiva de la identidad ajena, un proceso que ni la propia Cata parece comprender del todo. La cinta plantea la posibilidad de que la abuela haya regresado para habitar el pellejo de su nieta, aunque también abre la puerta a que todo sea una elaborada ficción que la chica construye para evitar encarar el duelo.

Los vínculos familiares se tensan bajo el peso de la ausencia. Tomeu, el abuelo, encuentra en la imitación de Cata un bálsamo para su desolación, aunque nunca cruza la frontera hacia lo inapropiado. Pepa, la madre, llega desde la ciudad para tomar las riendas de la situación y choca con la resistencia de su hija, que se ha erigido como la nueva señora de la casa. La hermana pequeña observa el fenómeno con la perplejidad propia de quien aún no comprende del todo la muerte. Aleñar Iglesias coloca a cada personaje en una posición incómoda, donde el consuelo y la inquietud se mezclan sin que nadie sepa muy bien dónde acaba uno y empieza el otro. La directora prefiere la ambigüedad al desvelamiento, una opción que sostiene el interés durante buena parte del metraje.

Zoe Stein carga sobre sus hombros la mayor parte de la responsabilidad narrativa y sale airosa del envite. La actriz transita entre la frescura juvenil y la rigidez senil con una naturalidad que convierte lo inverosímil en verosímil. Su Cata no es una impostora calculadora, sino una muchacha que se deja llevar por la corriente de su propia invención hasta perder pie. Lluís Homar compone un abuelo derrotado que encuentra en la ficción de su nieta la única manera de seguir adelante, mientras Núria Prims encarna a una madre que representa la cordura y la gestión práctica de la tragedia. El reparto funciona como un engranaje donde cada pieza ocupa su lugar, aunque sea el personaje de Stein el que dicta el ritmo del conjunto.

La fotografía de Agnès Piqué Corbera convierte la casa familiar en un espacio tan acogedor como perturbador. La luz mediterránea inunda las estancias y crea reflejos que podrían ser manifestaciones fantasmales o meros juegos ópticos. La cámara se detiene en los objetos cotidianos, en las texturas de las telas, en el parpadeo de un fluorescente, y convierte lo doméstico en un territorio susceptible de ser habitado por lo inexplicable. La música de Filip Leyman y Anna von Hausswolff envuelve las escenas con una solemnidad que contrasta con la cotidianidad de las acciones representadas. Aleñar Iglesias demuestra un control notable del tono, aunque en ocasiones esa contención se vuelve en su contra y convierte algunos pasajes en ejercicios de paciencia para el espectador.

La cinta levanta cuestiones incómodas sobre la apropiación de la identidad ajena y el derecho a ocupar un lugar que corresponde a otra persona. Cata no solo imita a su abuela, sino que se apropia de su historia, de sus secretos, de sus pequeñas manías. Esa invasión del espacio simbólico de la difunta plantea dilemas éticos que la película nunca aborda de manera explícita. La madre percibe la anomalía y trata de poner freno, pero sus intentos resultan inútiles frente a la determinación de su hija y la complacencia del abuelo. La directora sugiere que el duelo puede adoptar formas enfermizas sin que los dolientes sean conscientes de ello, una idea que resuena con más fuerza en la medida en que permanece sin formularse.

La descompensación entre el metraje y la densidad de la trama encuentra fundamento en el desarrollo de la segunda mitad del filme. La ambigüedad que funciona como virtud en los primeros compases se convierte en lastre cuando la historia exige algún tipo de avance. Aleñar Iglesias mantiene la misma tesitura durante toda la proyección, sin que el misterio se resuelva ni se profundice en las consecuencias de lo que se muestra. La decisión de dejar flotando la posibilidad de lo sobrenatural sin confirmarla ni negarla resulta estimulante al principio, pero termina por generar una sensación de estancamiento que perjudica el conjunto. La directora parece más interesada en crear atmósfera que en desarrollar una trama con principio, nudo y desenlace.

La casa de Mallorca se convierte en un personaje más, con sus vistas al mar, sus estancias amplias y esa barandilla que la abuela mandó instalar antes de morir. El espacio físico refleja el estado anímico de los personajes: la luz y la apertura contrastan con la claustrofobia emocional que los atenaza. Aleñar Iglesias maneja con oficio la relación entre el entorno y los sentimientos, aunque esa correspondencia resulta demasiado evidente en algunos momentos. La película gana cuando se permite pequeñas libertades poéticas, como la aparición de hormigas en el techo o el reflejo que parece saludar desde una superficie pulida. Esos instantes de magia cotidiana elevan el material por encima de sus limitaciones narrativas.

El título alude a la condición de extranjera que afecta tanto a la Cata adolescente como a la abuela difunta. La primera es forastera en el pueblo donde veranea, pero también en su propia familia tras la muerte de la matriarca. La segunda es una intrusa en el mundo de los vivos si aceptamos la hipótesis fantasmal. La cinta juega con esa dualidad y la extiende a todos los personajes, que parecen no encajar del todo en los roles que les han sido asignados. Pepa es una forastera en la casa de sus padres, Tomeu es un extraño en su propio hogar tras la pérdida de su mujer. La sensación de desplazamiento atraviesa el metraje como una corriente subterránea que termina por impregnarlo todo.

El debut de Aleñar Iglesias confirma la existencia de una mirada personal, aunque todavía necesita pulirse en aspectos fundamentales como el ritmo y la dosificación de la información. La directora posee un ojo para la composición de planos y una sensibilidad para los silencios que la sitúan en una tradición de cine mediterráneo atento a las dinámicas familiares. Sin embargo, su apuesta por la sugerencia constante termina por volverse en su contra, porque el espectador necesita algo más que atmósfera para mantener el interés a lo largo de noventa y siete minutos. Stein y Homar sostienen el peso de una propuesta que se queda a medio camino entre el drama psicológico y la fábula fantástica, sin terminar de sacar partido a ninguna de esas dos vertientes. La película merece ser vista por su ambición y por el oficio de sus intérpretes, aunque deja la sensación de que podría haber dado más de sí con un guion más firme y un desarrollo menos moroso.

Crítica elaborada por Estela Schiaffino

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