La segunda entrega de 'The Gentlemen' traslada al duque de Halstead, Edward Horniman, a un escenario donde la herencia nobiliaria se convierte en un lastre que condiciona cada movimiento. Guy Ritchie, artífice de esta propuesta para Netflix, retoma las riendas de una serie que navega entre el crimen organizado y la sátira de clase, aunque con un pulso narrativo que revela cierta fatiga en su construcción. El director, conocido por su fijación con los bajos fondos londinenses y el hampa engalanada, sitúa la acción en un cruce de caminos donde la tradición británica choca con la modernidad de los negocios ilícitos, y donde la mansión familiar se erige como un personaje más, testigo mudo de un declive que Eddie pretende revertir a cualquier precio. La serie, lejos de reinventar la rueda, se aferra a los tics de su creador: diálogos rápidos, violencia estilizada y una galería de tipos marginales que pueblan un universo de codicia y lealtades frágiles, pero en esta ocasión el resultado se percibe más calculado, menos espontáneo, como si el entusiasmo inicial hubiera dado paso a una obligación contractual.
La trama principal gira en torno a la ambición desmedida de Eddie por recuperar el esplendor perdido de su linaje, una obsesión que le empuja a expandir el negocio de marihuana que los Glass gestionan en sus terrenos hacia el mercado italiano. Este movimiento, que implica una alianza con el mafioso Marco Moretti, desencadena una espiral de violencia y traiciones que pone a prueba la alianza entre el duque y Susie Glass, la hija del capo encarcelado. Ritchie despliega un abanico de subtramas que incluyen un chantaje en el parlamento británico para despenalizar el cannabis, el robo de un Botticelli y la presencia de un tigre que devora a un sicario, pero estos elementos, que en su primera temporada funcionaban como engranajes de un reloj perfecto, aquí parecen piezas sueltas que cuesta ensamblar. La política, en este sentido, se convierte en un telón de fondo donde el soborno a lord Hawthorne, un político de moral laxa, refleja la podredumbre de un sistema que se doblega ante el poder económico, mientras la sociedad asiste impasible a la degradación de sus instituciones, un comentario que Ritchie apenas roza sin profundizar en sus implicaciones.
El papel de Eddie Horniman experimenta una transformación radical a lo largo de los ocho episodios, pasando de ser un militar de conciencia limpia a un gángster que justifica sus crímenes con la retórica de la restauración familiar. Theo James imprime a su personaje una frialdad creciente que casa con la evolución del guion, aunque su arco dramático adolece de una motivación coherente, ya que la sed de poder se presenta como un fin en sí mismo, sin explorar las fisuras morales que deberían acompañar a un hombre que ordena asesinatos con la misma naturalidad que firma contratos. Frente a él, Susie Glass, interpretada por Kaya Scodelario, mantiene un pulso de inteligencia y ambición que la convierte en el verdadero motor de la trama, aunque su desarrollo se ve lastrado por un guion que la reduce a menudo a un papel de apoyatura en las decisiones de Eddie. Ray Winstone, como Bobby Glass, aporta la chulería cockney que caracteriza al universo Ritchie, pero su personaje, recluido en una prisión de lujo, parece desaprovechado, reducido a una figura paterna que dicta sentencias desde una bañera de hidromasaje, mientras Daniel Ings, el inolvidable Freddy, desaparece gran parte de la temporada en un centro de desintoxicación, un movimiento que resta al conjunto la chispa cómica que sostenía la primera entrega.
La dirección de Ritchie mantiene su sello inconfundible, con planos que subrayan la opulencia de los escenarios y un montaje ágil que intenta disimular las costuras de un argumento que se tambalea en su primera mitad. El director recurre a su repertorio habitual de elipsis temporales y flashbacks que, lejos de aclarar la confusa trama, añaden una capa de complejidad innecesaria que lastra el ritmo de la narración. Ritchie parece más interesado en la estética del lujo rural y en la coreografía de las peleas que en dotar de consistencia a unos diálogos que, en ocasiones, resultan artificiosos y carentes de la naturalidad que caracterizaba sus primeras obras. Sin embargo, la segunda mitad de la temporada logra recuperar cierta tensión, especialmente cuando las consecuencias de los actos de Eddie se vuelven ineludibles y el espectador asiste a un desenlace que, sin ser sorprendente, cierra con coherencia las líneas argumentales más relevantes. Este giro hacia lo sombrío, que algunos podrían interpretar como una madurez del autor, se siente más como un intento de dotar de gravedad a una historia que, en esencia, funciona mejor cuando abraza su naturaleza lúdica y desenfadada.
Las implicaciones sociales de la serie se enmarcan en una crítica velada a la aristocracia británica, presentada como una clase en decadencia que recurre al crimen para mantener su estatus, una alegoría de la desigualdad que permea la sociedad contemporánea. Eddie representa a ese sector privilegiado que, al perder su poder económico, se agarra a métodos extralegales para conservar su influencia, mientras Susie encarna a la nueva clase emergente, sin títulos ni apellidos, que utiliza la inteligencia para escalar posiciones. Este choque de mundos se plasma en escenas que contraponen la etiqueta de la mansión con la crudeza de los negocios sucios, aunque Ritchie desaprovecha la oportunidad de ahondar en esta dicotomía, prefiriendo el espectáculo vacío a la reflexión incisiva. La serie, en este sentido, se queda en un término medio que no satisface ni a quienes buscan entretenimiento puro ni a aquellos que esperan un comentario social de calado, una indecisión que lastra su identidad y la convierte en un producto ambiguo, incapaz de decantarse por un camino definido.
Los personajes secundarios, como el taciturno Geoff o el excéntrico Stanley Johnston, un americano que imita el habla de la vieja escuela, aportan momentos de alivio cómico que contrastan con la seriedad que Ritchie pretende imprimir a la trama principal. Hugh Bonneville, en el papel de lord Hawthorne, ofrece una interpretación que roza el esperpento, con su pelambrera alborotada y su cinismo descarado, pero su presencia se diluye en un conjunto donde las motivaciones de cada cual resultan tan volubles como los intereses que defienden. La inclusión de un personaje como Fucksake Frank, cuyo nombre ya delata su función, subraya la tendencia del director al humor grueso, un recurso que funciona a cuentagotas pero que, repetido hasta la saciedad, pierde su efectividad. En el apartado técnico, la fotografía de Christopher Raphael destaca por su cuidado de la luz y la textura de los paisajes, mientras la música incidental refuerza la tensión en los momentos clave, aunque ambos elementos trabajan al servicio de una historia que demanda un pulso narrativo más firme del que finalmente ofrece.
Crítica elaborada por Andrés Gómez
