Cine y series

Creednos

Julia Ford

2026



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La serie 'Creednos', creada por Jeff Pope y dirigida por Julia Ford, aterriza en Movistar Plus+ para narrar los hechos acontecidos en torno a la figura de John Worboys, el conocido como 'violador del taxi negro', aunque su aproximación al caso desvía el foco de manera consciente del agresor para instalarse en el calvario de sus víctimas. Pope, guionista con un extenso recorrido en el drama de sucesos reales, y Ford, actriz reconvertida a la dirección, construyen un relato que se alimenta de los testimonios documentados y de la correspondiente investigación periodística para exponer una doble falla: la del ataque sexual y la de unas instituciones que, lejos de proteger, revictimizan. La serie se estructura en cuatro episodios, de los cuales los dos primeros han sido facilitados a la prensa, y en ellos se percibe una voluntad firme por alejarse del sensacionalismo que a menudo acompaña al true crime, optando por una inmersión en la angustia y la incredulidad que acompaña a las denunciantes desde el mismo instante en que recuperan la conciencia.

La trama arranca con Sarah, una madre joven que disfruta de su primera salida nocturna tras el parto, y Laila, una chica a la que sus amigas abandonan en una discoteca. Ambas suben al taxi de Worboys, quien les ofrece una copa de champán para celebrar una supuesta victoria en el casino, y ambas despiertan en un hospital o en su casa con signos inequívocos de una agresión que sus mentes han bloqueado. A partir de ese momento, la narración se convierte en un registro minucioso de los procedimientos policiales y médicos a los que se ven sometidas, desde las pruebas invasivas hasta los interrogatorios en comisaría, donde los agentes ponen en tela de juicio su versión con preguntas cargadas de escepticismo. La serie avanza en el tiempo sin abandonar a Sarah, cuya denuncia de 2003 se convierte en una pieza clave para demostrar que Worboys ya ofendía antes de lo que él mismo reconocía, y a Laila, que debe soportar la humillación añadida de explicar detalles íntimos como su menstruación o la desaparición de su tampón. La tercera víctima que cobra relevancia es Carrie, una joven que logra escapar del ataque pero que años después, siendo ya una figura pública, lidera la lucha judicial para impedir la libertad condicional del agresor.

Los personajes femeninos protagonizan una evolución que no se detiene en el trauma inicial, sino que se extiende hacia la resistencia civil y la acción legal, mostrando cómo el sistema judicial y policial las convierte en sospechosas de su propia desgracia. Sarah, interpretada por Aimee-Ffion Edwards, transita desde la confusión y el dolor físico hasta la determinación de llevar su caso ante los tribunales, mientras que Laila, encarnada por Aasiya Shah, encarna la vulnerabilidad de la juventud frente a una maquinaria burocrática que parece diseñada para desalentar cualquier intento de justicia. Carrie, a quien da vida Miriam Petche, aporta la perspectiva de quien, pudiendo esquivar el ataque, asume el riesgo de exponerse públicamente para que el caso de Worboys no quede en el olvido. En el extremo opuesto, Daniel Mays interpreta al agresor con una caracterización que huye del monstruo unidimensional para mostrar a un hombre vulgar y patético, cuya capacidad de manipulación reside precisamente en su apariencia inofensiva, un acierto narrativo que refuerza la crítica al no concederle el protagonismo que otros relatos le habrían otorgado.

La dirección de Julia Ford se caracteriza por una puesta en escena que pone el acento en la claustrofobia de los espacios cerrados, desde el interior del taxi hasta las salas de interrogatorio, y por un uso de los planos cercanos que registra el rostro de las actrices como un mapa de tensiones y fatiga, sin caer en el efectismo gratuito. Ford, que también es actriz, muestra un conocimiento profundo de la interpretación, lo que se traduce en un manejo cuidadoso de los silencios y las miradas, elementos que a menudo dicen más que los diálogos. La serie recurre a sonidos ambientales y a una banda sonora de Carly Paradis que subraya la inquietud sin llegar a saturar, y emplea recursos del thriller psicológico para mantener el interés, aunque ese mismo estilo, en ocasiones, introduce cierta artificiosidad que contradice la pretensión de sobriedad documental. La decisión de rodar en Cardiff, con apoyo del gobierno galés, y de recrear el Londres nocturno mediante pantallas gigantes en un plató giratorio, dota a las escenas del taxi de una atmósfera opresiva que potencia la sensación de trampa mortal, un espacio que debía ser seguro y se convierte en la celda de una condena.

Las implicaciones políticas y morales de 'Creednos' resultan evidentes en su retrato de la policía metropolitana, cuyas negligencias, desde la falta de registro de matrículas hasta la pérdida de pruebas de CCTV, permitieron que Worboys continuara su actividad delictiva durante años. La serie denuncia con crudeza cómo los agentes dedican más energía a desacreditar a las denunciantes que a investigar los hechos, priorizando el cierre de expedientes sobre la protección ciudadana, y cómo esa actitud institucional genera un daño que las propias víctimas califican como peor que la agresión misma. La trama jurídica adquiere relevancia cuando Sarah y Laila se convierten en las primeras mujeres en demandar con éxito a la policía al amparo de la Ley de Derechos Humanos, un hito que la serie presenta como un triunfo amargo, pues llega después de años de inacción y desprecio. El caso de Carrie Johnson, esposa del exprimer ministro Boris Johnson, añade una capa política al relato, al mostrar cómo su estatus mediático sirvió para visibilizar la causa, aunque la serie evita convertirla en una heroína y la integra en el conjunto de mujeres que, con distintas herramientas, contribuyeron a que Worboys permaneciera en prisión.

El enfoque de Pope, que ya había abordado crímenes de figuras como Jimmy Savile o Fred West, se aparta de la tentación de explorar la psicopatía del agresor y se centra en la respuesta social y judicial, una elección que confiere al relato una dimensión política incómoda pero necesaria. La serie no muestra las agresiones sexuales, pues las víctimas no las recuerdan, y esa omisión se convierte en un acierto narrativo que evita la explotación del sufrimiento y coloca al espectador en la misma posición de incertidumbre que las protagonistas. Sin embargo, el uso de efectos de sonido perturbadores y de una edición que alterna el pasado y el presente introduce un ritmo que a veces fuerza la tensión, como si el director temiera que la pura exposición de los hechos no bastara para mantener la atención. Este recurso, común en el drama criminal contemporáneo, puede restar contundencia a la denuncia, pues la convierte en un producto de entretenimiento cuando lo que se pretende es un testimonio de fracaso institucional. A pesar de ello, el trabajo de las actrices y la solidez del guion logran que la indignación prevalezca sobre cualquier artificio, y que el espectador abandone cada episodio con la certeza de que el sistema falló mucho antes de que Worboys fuera detenido.

En conjunto, 'Creednos' se inscribe en una corriente del true crime que prioriza la perspectiva de las supervivientes y que encuentra en la figura de Pope a uno de sus artífices más consistentes, aunque su estilo pueda resultar menos contenido que el de otros realizadores que han abordado temáticas similares con una pulcritud formal más acusada. La serie cumple con su propósito de visibilizar las carencias estructurales de la investigación policial y de rendir un homenaje a la tenacidad de unas mujeres que, contra todo pronóstico, transformaron su dolor en una batalla legal que sentó precedente. No obstante, el espectador avezado en el género reconocerá los mecanismos narrativos empleados para mantener el pulso dramático, y quizá eche en falta un mayor riesgo formal que se aleje de los códigos del thriller al uso. Lo cierto es que 'Creednos' logra que el foco permanezca donde debe, en el relato de unas vidas que el Estado dejó desprotegidas, y que la figura de Worboys, a pesar de la eficaz interpretación de Mays, quede relegada a un segundo plano, como un recordatorio de que el verdadero horror no reside solo en el acto criminal, sino en la indiferencia de quienes tienen el deber de perseguirlo.

Crítica elaborada por Esther Cunha

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