Cine y series

M.I.A.

Bill Dubuque

2026



Por -

'MI.A.' se estrena en SkyShowtime de la mano de Bill Dubuque, creador de 'Ozark', y con Karen Campbell como showrunner, una dupla que imprime al relato una factura técnica impecable y una voluntad de trascender el mero entretenimiento. La serie se sumerge en los cayos de Florida para contar la historia de Etta Tiger Jonze, una joven guía turística que ansía escapar de la rutina y participar en el negocio familiar de narcotráfico. La propuesta, que se extiende a lo largo de nueve episodios, combina el thriller de venganza con el drama de iniciación, aunque el resultado final se tambalea entre la ambición narrativa y una ejecución que a menudo se enreda en sus propias complejidades. Dubuque, conocido por su habilidad para construir atmósferas opresivas y personajes moralmente ambiguos, traslada esa sensibilidad a un escenario bañado por el sol y los neones de Miami, pero la luminosidad del entorno choca con la oscuridad de los acontecimientos, creando una dicotomía visual que la serie explora sin llegar a dominar por completo.

La trama se desencadena cuando Etta se niega a participar en el tráfico de personas que su familia comienza a transportar para el cártel Rojas, una decisión ética que provoca la masacre de todos sus seres queridos. A partir de ese momento, la joven, que posee una memoria eidética, se convierte en una fugitiva con una lista de doce nombres a los que pretende ajusticiar. La serie plantea así un dilema moral explícito sobre la justicia por mano propia, la legitimidad de la venganza y el precio de la conciencia. Etta, interpretada por Shannon Gisela, se transforma de una adolescente impulsiva a una asesina metódica, aunque este viaje se ve lastrado por una falta de urgencia narrativa en los episodios centrales, donde la protagonista parece más preocupada por establecer vínculos afectivos y trabajar en empleos menores que por ejecutar su venganza. Esta pausa, que busca humanizar a la personaje, termina por diluir el impacto de su motivación inicial y convierte la mitad de la temporada en un tránsito sinuoso y poco convincente.

El papel de los personajes secundarios resulta desigual en su construcción. Lovely y Stanley, los hermanos haitianos que acogen a Etta, representan el núcleo emocional de la serie, ofreciendo un contrapunto de lealtad y bondad en un mundo dominado por la traición y la violencia. Sin embargo, la relación de hermandad forjada entre ellos y la protagonista se siente forzada, especialmente cuando aceptan participar en sus planes homicidas sin un conflicto interno que justifique su transformación. Por otro lado, los hermanos Rojas, Mateo y Samuel, y su hermana Carolina, carecen de la profundidad suficiente para resultar amenazantes o interesantes; son arquetipos de narcotraficantes despiadados cuyas disputas internas y esfuerzos por lavar dinero no logran generar la tensión necesaria. La serie introduce numerosos personajes secundarios y cameos de actores conocidos, como Cary Elwes o Tovah Feldshuh, pero muchos de ellos permanecen infrautilizados, aportando subtramas que se sienten como meros rellenos y que desvían la atención del conflicto principal.

La dirección, a cargo de varios cineastas como Alethea Jones o John Dahl, busca dotar a la serie de un estilo visual que recuerda al cine negro de los años ochenta, con una paleta de colores saturados y una iluminación que enfatiza el contraste entre el lujo superficial de Miami y su subsuelo criminal. Esta elección estética, sin embargo, no siempre sirve a la narrativa, y las escenas de acción, aunque coreografiadas con destreza, se ven empañadas por una tendencia al efectismo que roza lo absurdo, como en un episodio donde un enfrentamiento se convierte en un espectáculo de terror exagerado. El ritmo de la serie es otro de sus puntos débiles; el primer episodio logra captar la atención del espectador, pero el desarrollo posterior se estanca en explicaciones prolijas y flashbacks que podrían haberse resuelto con mayor economía narrativa, como el capítulo dedicado a desvelar un secreto familiar que se anticipa con demasiada insistencia. Esta falta de ritmo convierte la visión de los episodios intermedios en una tarea ardua, y solo en el tramo final la narrativa recupera su brío.

Las implicaciones sociales y políticas de 'M.I.A.' son superficiales, a pesar de que la serie se esfuerza por mencionar la comunidad haitiana y dominicana de Miami, o por incluir referencias a la cultura local. La trata de personas, que es el detonante de la tragedia, queda relegada a un mero pretexto argumental, sin que la serie profundice en sus consecuencias o en el sufrimiento de las víctimas. De igual modo, la corrupción policial y política, encarnada en personajes como el concejal interpretado por Mike Colter, se presenta como un telón de fondo sin explorar, un escenario más que un tema a desarrollar. La serie parece más interesada en la espectacularidad de la venganza que en el análisis de los sistemas que la hacen posible, y la decisión de Etta de tomarse la justicia por su mano se presenta como una opción inevitable y hasta romántica, sin cuestionar las implicaciones de su violencia. Esta falta de compromiso con las realidades que retrata convierte a 'M.I.A.' en un producto de consumo rápido, que utiliza temas espinosos como adorno sin asumir el riesgo de abordarlos con seriedad.

En definitiva, 'M.I.A.' es una serie que promete más de lo que ofrece, una mezcla de thriller criminal y drama juvenil que no termina de encontrar su tono. La actuación de Shannon Gisela, aunque esforzada, no logra sostener el peso de una trama que se pierde en sus propias ramificaciones, y la presencia de actores secundarios de renombre no consigue elevar un material que adolece de una escritura irregular. La serie funciona a ratos, especialmente en sus momentos más disparatados y en el clímax final, pero el viaje para llegar hasta allí se hace pesado y confuso. La propuesta de Dubuque, que parecía destinada a ser un rival para otras ficciones criminales de prestigio, se queda en un intento fallido de combinar la seriedad de 'Ozark' con el pulso de un culebrón, resultando en una obra que ni emociona ni provoca reflexión. Al final, el espectador puede sentirse como Etta: con una lista de objetivos en mente, pero sin la energía necesaria para cumplirlos todos, y con la sensación de que el esfuerzo invertido no ha merecido la pena.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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