La madrugada del 17 de agosto de 2017, una furgoneta blanca sembró el caos en Las Ramblas de Barcelona, y esa misma noche Cambrils se convirtió en otro escenario de terror. Casi una década después, Fernando González Molina, un realizador con una trayectoria marcada por el thriller y el drama de corte clásico, se acerca a aquellos acontecimientos desde un ángulo deliberadamente restringido. Su película, titulada 'Cronos', no se detiene en la masacre en sí, sino que arranca con el silbido de la sirena que pone en marcha el dispositivo policial homónimo, un operativo que se prolongó durante ciento veinticuatro horas. El cineasta, acompañado por el guionista Alberto Marini, construye su relato sobre la base de una minuciosa investigación periodística, un material que le otorga un esqueleto factual, aunque la ficción se encargue de insuflar vida a las horas de incertidumbre y tensión que siguieron al atropello masivo. El filme se convierte así en una crónica de la respuesta institucional, un documento audiovisual que elige deliberadamente a los agentes del orden como sus protagonistas absolutos, dejando en un segundo plano, casi en la penumbra del fuera de campo, el dolor de las víctimas y el pánico de una ciudadanía que se agarró al lema 'No tinc por'.
La estructura narrativa de 'Cronos' se articula en torno a tres vértices que sostienen el peso de la investigación y la gestión del caos. En primer lugar, el inspector que activa el protocolo, interpretado por Enric Auquer, personifica la presión de la toma de decisiones en un contexto donde la información escasea y las consecuencias de un error pueden ser catastróficas. Su figura evoluciona desde la acción inicial hasta una suerte de agotamiento silencioso, testigo de la fragilidad de los protocolos cuando se enfrentan a la realidad. Frente a él, la portavoz de los Mossos d'Esquadra, encarnada por Diana Gómez, representa la cara visible de la institución ante los medios de comunicación y una población sedienta de respuestas, un papel que la obliga a gestionar la tensión entre la transparencia y la necesidad de no generar alarma. El tercer eje lo constituye una agente destinada en Ripoll, el pueblo de origen de los terroristas, interpretada por Mónica López, cuyo arco dramático plantea el conflicto ético de descubrir que los vecinos con los que convivía a diario formaban parte de la célula yihadista, una revelación que fractura su percepción de la realidad más cercana. A través de estos personajes, el guion disecciona el operativo desde la jerarquía, la comunicación y el vínculo territorial, pero la película insiste tanto en subrayar su faceta personal y familiar que el resultado termina por desactivar parte de la crudeza que el contexto demanda, convirtiendo la humanización en un recurso excesivamente didáctico.
El planteamiento del director para abordar esta historia se basa en una decisión de perspectiva que, a la postre, se revela como la principal fortaleza y la más evidente limitación del conjunto. González Molina, junto a Marini, rehúye el morbo del acto terrorista y se centra en la maquinaria estatal, en la coordinación entre cuerpos de seguridad y en las tensiones políticas que asomaron durante aquellos días. Este enfoque permite al espectador asomarse a una sala de mando y comprender la complejidad de una operación contrarreloj, pero también arrastra el relato hacia un tono que, en demasiadas ocasiones, resulta próximo al del telefilme o al de un episodio alargado de una serie policial al uso. La puesta en escena, funcional y eficaz, recurre a planos que enfatizan el agobio y la saturación, con una fotografía que, aunque correcta, no logra dotar a la imagen de esa densidad atmosférica que habría podido transformar el relato en una inmersión total. La música, por su parte, sí cumple su cometido al sostener la tensión en los pasajes de mayor ritmo, pero el conjunto adolece de una contundencia visual que trascienda lo meramente ilustrativo, una carencia que se hace especialmente palpable en las secuencias de acción, donde el filme alcanza sus cotas más altas de dinamismo.
El tratamiento de las implicaciones políticas y sociales en la cinta se produce con una distancia calculada, como si el realizador temiera que un acercamiento demasiado afilado pudiera desviar la atención del núcleo policial del argumento. Las peleas por el mando operativo y el manejo de la información por parte de las administraciones aparecen reflejadas, aunque con un trazo que evita cualquier profundización incómoda. Esta contención, que podría interpretarse como una forma de respeto hacia la memoria de los hechos, también provoca que el largometraje esquive una reflexión más compleja sobre el caldo de cultivo que permitió la radicalización de los jóvenes de Ripoll. El periodista Nacho Carretero, en declaraciones recogidas durante la promoción, señala que la armonía social en esa localidad se rompió por completo después del atentado, un dato que la película menciona pero no termina de integrar en su discurso visual, prefiriendo permanecer en el terreno seguro de la actuación profesional de los agentes. Esa elección deja fuera del encuadre gran parte del desconcierto ciudadano, el miedo difuso a lo desconocido y la sensación de vulnerabilidad colectiva que impregnó las calles de Barcelona durante aquellas jornadas, elementos que habrían enriquecido un relato que, en su afán por no ser sensacionalista, se vuelve excesivamente aséptico.
En el apartado interpretativo, el reparto, encabezado por Enric Auquer y Diana Gómez, ofrece un trabajo sólido que consigue sostener los momentos en los que el guion muestra sus costuras más evidentes, especialmente cuando los diálogos insisten en recordar la cotidianidad de los personajes. La película se beneficia de la química entre sus intérpretes y de la credibilidad que estos aportan a unos roles que, por construcción, podrían haber resultado planos. Sin embargo, la insistencia en humanizar a los policías a través de conversaciones recurrentes sobre sus vidas privadas delata un exceso de confianza en una fórmula narrativa que, paradójicamente, termina por deshumanizar al mostrar una visión demasiado idealizada del cuerpo. La evolución de los agentes, más que un viaje interior, se manifiesta en una creciente fatiga profesional, una resistencia física y psicológica que el filme refleja con corrección, aunque sin la asperidad que cabría esperar de un suceso de esta magnitud. A pesar de estos matices, el conjunto actoral consigue que la historia avance con fluidez y que el interés por la resolución de la operación se mantenga, incluso cuando el espectador conoce de antemano el desenlace de la búsqueda del último terrorista huido.
'Cronos' se erige, en definitiva, como un homenaje explícito a los funcionarios que participaron en el dispositivo, un tributo que agradece la colaboración de las instituciones implicadas en la producción y que busca devolver la atención a un episodio que el tiempo y la tormenta política posterior relegaron a un segundo plano. La película de Fernando González Molina logra su propósito de explicar cómo se gestionó la emergencia y qué significó para aquellos que tuvieron que actuar bajo una presión extrema, aunque a costa de simplificar la complejidad de la tragedia. La decisión de omitir el relato de las víctimas y la crudeza de la respuesta social empobrece un planteamiento que, en su intención de ser riguroso, termina por resultar distante. A pesar de todo, la obra posee el mérito de recuperar un relato necesario, de servir como recordatorio de un trauma colectivo que marcó a toda una generación y de hacerlo desde una perspectiva, la de los cuerpos de seguridad, que raramente ocupa el centro del debate cinematográfico. Su mayor acierto es, precisamente, la elección de ese punto de vista, aunque su limitación más evidente resida en la incapacidad para trascenderlo y ofrecer una mirada más poliédrica sobre unas horas que cambiaron la vida de una ciudad.
Crítica elaborada por Andrés Gómez
