La escritora Ángeles Mastretta publicó en 1996 una novela que mereció el Premio Rómulo Gallegos, y ahora su hija Catalina Aguilar Mastretta asume la responsabilidad de trasladar esas páginas a la pantalla. La serie, que Netflix estrena el 2 de septiembre de 2026, cuenta con siete episodios dirigidos por Aguilar Mastretta junto a Humberto Hinojosa, y un reparto encabezado por Renata Vaca, Juan Pablo Fuentes e Iván Amozurrutia. La producción de Filmadora ha recorrido cuarenta y cuatro localizaciones entre Ciudad de México, Puebla y San Luis Potosí para reconstruir el México prerrevolucionario, con un despliegue técnico que incluye desde la construcción de la Casa Sauri en los Foros Maravilla hasta la recreación de la entrada del ejército maderista con seiscientos extras multiplicados digitalmente. Esta ambición visual, sin embargo, sostiene una historia que se mueve en el terreno de lo íntimo, donde las decisiones de una mujer joven se confrontan con las transformaciones de un país entero.
Emilia Sauri crece en el seno de una familia poblana que desafía las convenciones de su tiempo, con un padre boticario agnóstico y una madre lectora que gobierna el hogar con equilibrio. Su vocación por la medicina choca con las limitaciones impuestas a las mujeres de finales del siglo XIX, y esa tensión entre el deseo profesional y las restricciones sociales constituye el motor principal del relato. La protagonista se debate entre Daniel Cuenca, el revolucionario que compartió su infancia y representa la aventura y el riesgo, y Antonio Zavalza, el médico que encarna la estabilidad y la paz en medio de la guerra. La serie evita reducir esta disyuntiva a un simple triángulo amoroso, porque Emilia no espera que ninguno de los dos hombres la rescate, sino que ella misma se convierte en el centro de su propia existencia, eligiendo su carrera y su libertad por encima de las expectativas ajenas. La narrativa avanza paralela a la Revolución Mexicana, y ese contexto histórico no funciona como mero decorado, sino como un espejo donde las luchas colectivas por la justicia y el cambio reflejan las batallas personales de la protagonista.
Los personajes secundarios adquieren un peso considerable en la construcción del universo de 'Mal de amores'. La tía Milagros Veytia, interpretada por Cassandra Ciangherotti, se erige como una figura de independencia radical, una mujer que memoriza poemas y desafía a los hombres con sus conocimientos científicos, y que enseña a su sobrina que la rebeldía es un camino posible. Josefa Veytia, su hermana y madre de Emilia, encarna una serenidad distinta, una sabiduría que equilibra la urgencia de las palabras con la pausa de los silencios. El doctor Cuenca, padre de Daniel, representa el rigor profesional y una austeridad verbal que contrasta con la efervescencia revolucionaria de su hijo. Diego Sauri, el boticario, ofrece una figura paterna que respeta las decisiones de su esposa y su hija sin imponer su voluntad. Rivadeneira, el poeta enamorado de Milagros, añade una capa de refinamiento y enigma que enriquece el entramado familiar. Cada uno de estos personajes aporta una visión distinta de lo que significa ser libre en una sociedad que apenas comienza a cuestionar sus propias estructuras, y todos ellos conforman un ecosistema donde Emilia puede explorar las múltiples dimensiones de su identidad.
La dirección de Catalina Aguilar Mastretta se enfrenta al desafío de traducir la prosa poética de su madre a un formato seriado que exige ritmo y continuidad. La solución pasa por preservar la atmósfera de las sobremesas familiares, esos espacios de conversación que la directora conoce desde su propia infancia, y convertirlos en el eje emocional de la serie. Los diálogos fluyen con una naturalidad que recuerda a las charlas alrededor de la mesa, y ese tono coloquial se contrapone a la grandiosidad de las secuencias multitudinarias, como la entrada de Madero a la capital o las escenas de batalla. La serie dosifica con acierto los momentos de intimidad doméstica y los episodios de agitación histórica, estableciendo un equilibrio que permite al espectador conectar con los personajes sin perder de vista el contexto político. La elección de una paleta cromática que huye del sepia convencional, apostando por los verdes de la botica, los rojos de la pasión y los azules de la seguridad, refuerza esta dicotomía entre lo privado y lo público, entre el hogar y la revolución que late en las calles.
Renata Vaca dota a Emilia de una determinación que trasciende la época, porque su lucha por ejercer la medicina y su derecho a amar sin renunciar a sus sueños resuenan con las inquietudes de las mujeres del siglo XXI. La actriz evita caer en la idealización del personaje, y muestra las dudas y los miedos de una joven que se enfrenta a un mundo que no fue diseñado para ella. Juan Pablo Fuentes y Iván Amozurrutia construyen dos versiones opuestas de la masculinidad, una volcada hacia la acción y el sacrificio, otra orientada hacia la contención y el trabajo, pero ambos comparten la necesidad de Emilia como eje de sus propias existencias. La serie invierte así la lógica habitual del triángulo amoroso, porque no se trata de cuál de los dos hombres merece el amor de la protagonista, sino de cómo ella decide relacionarse con ellos sin perderse a sí misma en el proceso. Esta inversión de perspectivas convierte a Emilia en el centro de gravedad de la historia, y sus elecciones adquieren una dimensión política que trasciende lo romántico.
El trabajo de producción merece una mención aparte, porque la reconstrucción de la época exigió un esfuerzo considerable en vestuario, atrezzo y localizaciones. Más de once mil prendas rentadas y quinientas confeccionadas expresamente, junto con una investigación de un año sobre la moda entre 1900 y 1920, dotan a la serie de una coherencia visual que refuerza la credibilidad del relato. La Botica Sauri, con sus frascos y sus etiquetas cuidadosamente diseñadas, se convierte en un personaje más, un espacio donde la ciencia y la tradición se encuentran y donde Emilia da sus primeros pasos como profesional. La Casa de la Estrella, construida en cinco meses, alberga los momentos más significativos de la trama, y su desmontaje tras el rodaje subraya la naturaleza efímera de la ficción cinematográfica. La serie utiliza la producción virtual para resolver secuencias complejas, como el vagón de tren rodeado de pantallas de ciento ochenta grados, y esa combinación de técnicas tradicionales y digitales permite alcanzar una escala que hubiera sido impensable hace una década. El resultado es un producto que se mueve con soltura entre la épica histórica y el drama familiar.
Las implicaciones políticas y morales de 'Mal de amores' se extienden más allá de la trama sentimental. La Revolución Mexicana aparece como un telón de fondo que cuestiona el orden establecido, y Emilia encarna esa misma rebeldía en el terreno de lo doméstico y lo profesional. Su negativa a elegir entre el amor y la carrera, entre Daniel y Antonio, entre la seguridad y el riesgo, la convierte en una figura incómoda para su tiempo, pero también en un símbolo de las contradicciones que persisten en el presente. La serie señala que los avances formales en materia de derechos femeninos no han eliminado las presiones sociales que siguen empujando a las mujeres a renunciar a una parte de sí mismas, y esa reflexión se articula sin caer en el didactismo ni en la reivindicación explícita. La mirada de Catalina Aguilar Mastretta, heredera de la sensibilidad de su madre, evita los juicios maniqueos y prefiere mostrar la complejidad de unas decisiones que nunca son simples, aunque la estructura narrativa de la serie a veces simplifique los conflictos para adaptarse a los ritmos del entretenimiento contemporáneo.
En definitiva, 'Mal de amores' consigue trasladar la esencia de la novela sin renunciar a los códigos del lenguaje audiovisual, y su mayor acierto reside en mantener el foco en la evolución de su protagonista mientras el país se transforma a su alrededor. La serie reivindica el espacio doméstico como lugar de resistencia y de pensamiento, y convierte las conversaciones alrededor de la mesa en el escenario de las batallas más decisivas. Emilia Sauri, con sus dudas y sus certezas, con su vocación y sus deseos, se alza como una heroína que no necesita elegir entre lo que siente y lo que quiere ser, porque ha aprendido que la libertad consiste precisamente en reclamar el derecho a tenerlo todo. La producción de Filmadora y el respaldo de Netflix permiten que esta historia alcanza una audiencia global, y el trabajo de todo el equipo, desde el vestuario hasta la dirección de fotografía, contribuye a crear un universo coherente donde el pasado y el presente dialogan sin estridencias. La serie se estrena en un momento especialmente fértil para las adaptaciones literarias latinoamericanas, y su propuesta de conciliar la épica histórica con la intimidad sentimental la sitúa en una posición privilegiada dentro del panorama actual.
Crítica elaborada por Óscar Horacio Ruiz
