El Festival de Cine de Berlín ha servido de escaparate para el último trabajo de la chilena Maite Alberdi, una realizadora que ha construido su carrera en los límites borrosos entre el documental y la ficción. Con dos nominaciones al Oscar en su haber, su nombre se ha consolidado en el circuito internacional gracias a aproximaciones tan delicadas como 'El agente topo' o 'La memoria infinita', donde la cámara se convertía en un vehículo para la escucha y la observación minuciosa. En esta ocasión, Alberdi ha viajado hasta México para sumergirse en un caso real que conmocionó a la opinión pública durante los primeros años del milenio, el de una enfermera que simuló un embarazo y terminó apropiándose de un bebé en el hospital donde trabajaba. La película, producida por Netflix, combina material documental con reconstrucciones ficcionadas, siguiendo la estela de un método que la directora ha perfeccionado a lo largo de los años y que ahora aplica a un relato con evidentes aristas morales y legales.
La trama se articula en dos mitades que funcionan como espejos deformados la una de la otra. La primera parte despliega una recreación de los hechos protagonizada por Ana Celeste Montalvo, una actriz que dota a Alejandra de una energía pueril y desconcertante. La joven, casada a los diecisiete años con Arturo, sufre tres abortos consecutivos que desatan las habladurías familiares y la presión constante de una suegra que cuestiona su valía como esposa. El hallazgo de Mayra, una mujer embarazada que busca deshacerse de su criatura, parece ofrecerle una salida milagrosa: un pacto verbal que sellará el destino de ambas. Alberdi construye esta primera parte con una paleta cromática empalagosa, dominada por el rosa y los tonos pastel, que envuelve la peripecia en una atmósfera de cuento infantil. La puesta en escena subraya la desconexión entre la percepción distorsionada de Alejandra y la gravedad de sus actos, mientras la cámara de Sergio Armstrong juega con encuadres cenitales y angulaciones que desorientan al espectador, anticipando el derrumbe inminente de todo el andamiaje ficticio que la protagonista ha levantado con esmero artesanal.
El salto a la segunda parte, donde irrumpen los testimonios de los verdaderos implicados, supone un giro de tono radical. La cámara se enfrenta entonces a Alejandra ya entrada en años, a Arturo, a Mayra y a los abogados que intervinieron en el proceso judicial que culminó con catorce años de prisión para la enfermera. Este contraste entre la versión edulcorada de los hechos y la crudeza de las entrevistas genera una tensión que Alberdi aprovecha para indagar en la naturaleza escurridiza de la verdad. La directora chilena no se limita a yuxtaponer ambos registros, sino que los hace dialogar hasta el punto de que la frontera entre lo real y lo representado se difumina por completo. La decisión de mostrar el propio proceso de casting al inicio de la película funciona como una declaración de principios: el espectador sabe desde el primer minuto que está asistiendo a una construcción, a una versión entre muchas posibles. Este recurso, que podría parecer un simple alarde formal, adquiere pleno sentido cuando la película revela que la propia Alejandra insiste hasta hoy en la veracidad de su relato, una postura que la justicia mexicana desmontó con pruebas contundentes.
La presión social sobre la maternidad emerge como el eje temático que vertebra todo el metraje. Alberdi retrata con precisión el cerco que sufren las mujeres en un entorno conservador donde la esterilidad se interpreta como un fracaso personal y la ausencia de descendencia invalida cualquier otra realización vital. Los personajes secundarios encarnan esta lógica opresiva: la suegra que desprecia a Alejandra, el marido que llega a confesar que no amaría a un hijo adoptado, los compañeros de trabajo que cotillean sobre sus abortos. La película muestra cómo esta presión no solo afecta a la protagonista, sino que contamina todo su ecosistema familiar y laboral, creando un caldo de cultivo propicio para que una decisión descabellada parezca la única alternativa razonable. El contrapunto lo ofrece Mayra, una mujer que encarna la cara opuesta del mismo problema: su embarazo no deseado la coloca en una posición de vulnerabilidad que la lleva a considerar opciones igualmente drásticas. Ambas mujeres, tan diferentes en sus circunstancias, comparten la sensación de haber perdido el control sobre sus propias vidas.
El tratamiento formal que Alberdi aplica a este material plantea interrogantes sobre los límites éticos del documental híbrido. La directora chilena ha declarado en diversas entrevistas que su intención era humanizar a una figura que la prensa sensacionalista había convertido en monstruo, pero la película parece ir más allá al construir una empatía casi incondicional con su protagonista. La recreación de los hechos desde la perspectiva de Alejandra, con esa estética de cuento de hadas que envuelve sus acciones en una nube de ingenuidad, corre el riesgo de minimizar la gravedad del delito cometido. Sin embargo, la inclusión de testimonios contradictorios y el material documental que muestra la vida en prisión de la verdadera Alejandra matizan esta visión, sugiriendo que la directora es consciente de la complejidad moral de su objeto de estudio. La película no juzga ni absuelve, sino que expone las contradicciones de un sistema que empuja a las mujeres a extremos incomprensibles mientras las señala con el dedo cuando traspasan la línea.
La interpretación de Ana Celeste Montalvo constituye uno de los pilares sobre los que se sostiene el relato. Su Alejandra es un personaje escurridizo que combina una fragilidad conmovedora con una determinación feroz, una combinación que la actriz resuelve con una naturalidad que desarma cualquier intento de encasillarla en el arquetipo de la villana o de la víctima. El trabajo de dirección de actores, uno de los puntos fuertes del cine de Alberdi, brilla especialmente en las escenas donde Montalvo interactúa con Luisa Guzmán o Ángeles Cruz, que encarnan a las figuras maternas que la acosan y la juzgan. Frente a ellas, Alejandra se retuerce en una danza de sumisión y rebeldía que revela las contradicciones de su personalidad. El actor Armando Espitia, por su parte, construye un Arturo que oscila entre la torpeza afectiva y la complicidad inconsciente, un hombre atrapado en los roles de género tradicionales que termina siendo tanto víctima como verdugo de su esposa.
La elección de México como escenario añade una capa adicional de significado a la película. Alberdi se aleja de los tópicos exotizantes que suelen acompañar las producciones internacionales sobre el país latinoamericano, optando por un retrato cotidiano que evita tanto el folclore como la estética del narcotráfico tan explotada por el cine de los últimos años. La cámara se detiene en los pasillos de un hospital público, en las calles de un barrio modesto, en la decoración de una casa de clase media, construyendo un entorno reconocible que subraya la universalidad del drama. Esta decisión, aparentemente menor, resulta fundamental para que el espectador comprenda que lo que está viendo no es una rareza mexicana, sino un ejemplo extremo de tensiones que atraviesan todas las sociedades contemporáneas. La presión por cumplir con el mandato materno, la dificultad para gestionar el duelo reproductivo, la fragilidad de los acuerdos verbales en un mundo regido por la burocracia legal, todos estos elementos trascienden las fronteras geográficas para interpelar a una audiencia global.
El uso de la banda sonora y el diseño de producción merecen una mención aparte por su contribución a la atmósfera general del filme. Los temas musicales que acompañan las secuencias de la primera parte, con su tono ligero y casi naif, contrastan violentamente con el silencio y los ruidos ambientales que dominan los testimonios documentales. La producción diseña un universo de plástico y color que remite a la publicidad de productos para bebés, a las películas de los años cincuenta sobre la vida doméstica, a la imaginería del baby shower entendido como ritual de afirmación femenina. Este entorno estilizado, que podría leerse como una crítica a la mercantilización de la maternidad, funciona también como un reflejo de la mente de Alejandra, atrapada en una fantasía que la protege de la crudeza de sus propias acciones. El contraste con el cine de Alberdi deja claro que la directora ha dado un paso adelante en su dominio de los recursos narrativos, utilizando el artificio no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta al servicio de una historia que necesita de esos saltos de registro para mantener su poder de perturbación.
Crítica elaborada por Emma Castillo
