Cine y series

Mother Mary

David Lowery

2025



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David Lowery ha construido una filmografía que discurre con soltura entre el encargo industrial y la pulsión artesanal. 'Mother Mary' representa el punto de encuentro donde ambas corrientes colisionan. La cinta se presenta como un ejercicio de cámara que convierte un espacio diáfano –un granero reconvertido en taller de moda en la campiña inglesa– en el escenario de un duelo psicológico entre dos mujeres cuyas vidas quedaron marcadas por una separación traumática. Anne Hathaway interpreta a Mother Mary, una diva del pop que busca desesperadamente un vestido para su concierto de regreso, mientras Michaela Coel encarna a Sam Anselm, la diseñadora que forjó su imagen y que aún arrastra la herida del abandono. La elección de Lowery de circunscribir la acción a un único espacio durante buena parte del metraje remite a cierta tradición teatral, aunque el director introduce destellos de un universo onírico que termina por desbordar los límites del realismo.

La relación entre ambas protagonistas funciona como un tira y afloja donde el rencor y la admiración se confunden en cada intercambio. Sam ejerce un dominio sobre Mary que trasciende lo profesional, convirtiendo el proceso creativo del vestido en una suerte de rito iniciático que exige a la cantante desnudarse anímicamente ante su antigua colaboradora. La dinámica de poder se invierte constantemente: mientras Mary suplica con una vulnerabilidad que Hathaway matiza con precisión, Sam se regodea en su posición de ventaja sin llegar a resultar cruel, aunque es consciente del valor de su ausencia. El guion, escrito por el propio Lowery, despliega un diálogo cargado de referencias intelectuales que en ocasiones lastran la fluidez natural del conflicto; Coel dota a sus parlamentos de una ferocidad contenida que evita que la verbosidad termine por enterrar la emoción. La tensión sexual que subyace a cada enfrentamiento queda deliberadamente sin resolver, una elección que refuerza la ambigüedad del vínculo sin caer en el efectismo.

El giro sobrenatural que irrumpe en la segunda mitad del filme introduce un elemento fantasmal materializado en un tejido rojo que parece cobrar vida propia. Este recurso, que podría leerse como una exteriorización de los demonios internos de Mary, conecta con la fascinación de Lowery por lo espectral, aunque aquí la metáfora resulta menos sugerente que en trabajos anteriores. La presencia de FKA Twigs como una médium que convoca al espíritu durante una fiesta de cumpleaños añade una capa de complejidad que la cinta no termina de integrar con naturalidad, creando una fractura tonal que algunos espectadores percibirán como un salto narrativo excesivo. Las escenas de concierto, rodadas con una energía que remite a los espectáculos de masas contemporáneos, ofrecen un contraste efectivo con la claustrofobia del taller, pero los temas musicales, compuestos por nombres de peso como Charli XCX y Jack Antonoff, carecen de la fuerza necesaria para sostener por sí solos la construcción de una estrella global.

La dimensión política del filme se manifiesta en su exploración de las dinámicas de clase y raza que atraviesan la industria del entretenimiento. Sam, una mujer negra de origen humilde, construyó el andamiaje visual que elevó a Mary al estrellato, solo para ser reemplazada cuando la cantante alcanzó cierto nivel de éxito. Ese patrón de apropiación y descarte refleja una realidad incómoda sobre cómo el talento de las minorías suele ser explotado sin reconocimiento proporcional. Lowery señala esta injusticia sin convertirla en el eje central de la narración. La decisión de que Mary acuda a Sam en busca de salvación, reconociendo implícitamente que su identidad artística depende de la visión de su antigua amiga, introduce una reflexión sobre la autoría en la cultura pop que la cinta no termina de desarrollar con el detenimiento que merece. La presencia de personajes secundarios –la asistente de Sam, interpretada por Hunter Schafer, o la manager de Mary, a cargo de Sian Clifford– aporta matices sobre el ecosistema que rodea a las celebridades, aunque permanecen en un segundo plano que resulta en ocasiones frustrante.

La puesta en escena de Lowery privilegia los rostros y las figuras sobre la acción externa. Su colaboración con el director de fotografía Andrew Droz Palermo da como resultado una paleta cromática que pasa del gris ceniza del granero al rojo vibrante de las apariciones fantasmales, estableciendo una correspondencia visual con los estados anímicos de las protagonistas. El sonido juega un papel fundamental en la construcción de la atmósfera: un zumbido constante subraya la tensión latente entre Sam y Mary y se intensifica conforme avanza la noche. Sin embargo, esta apuesta por la sugerencia sensorial choca con un guion que tiende a explicar en exceso sus propias metáforas, como cuando Mary señala que ciertas imágenes resultan agotadoras, un guiño que delata cierta conciencia sobre los excesos del filme. La duración de la cinta, que supera la hora y media, se resiente en su tramo final, donde la resolución del conflicto sobrenatural se dilata más de lo necesario.

'Mother Mary' se erige como un objeto extraño dentro del panorama cinematográfico contemporáneo, una obra que rehúye las convenciones del biopic musical para adentrarse en un territorio más abstracto y personal. Hathaway y Coel sostienen el peso de la narración con oficio, aunque sus interpretaciones responden a registros muy distintos: la primera apuesta por una fragilidad casi extenuante, la segunda destila una autoridad que roza lo imperioso. La cinta examina las fronteras entre la creación artística y la identidad personal, y plantea que el verdadero peligro para un artista reside en la pérdida de aquello que lo conecta con su origen creativo, no en el fracaso. Que Lowery haya elegido el universo del pop para abordar estos asuntos resulta coherente con su interés por las manifestaciones culturales que generan comunidades de fe alrededor de figuras convertidas en iconos.

Crítica elaborada por Marina Rivas

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