La mente de Courtney A. Kemp y Tani Marole, artífices del universo 'Power', ha creado en Netflix una nueva criatura de ocho episodios llamada 'Nemesis'. La plataforma apuesta por un relato de policías y ladrones que se desarrolla entre las calles soleadas y las mansiones blindadas de Los Ángeles, con la intención de diseccionar hasta qué punto la moral de cada bando es un lujo que pueden permitirse. La dupla creativa coloca sobre la mesa una estructura de caza y huida entre dos animales heridos, un detective obsesionado y un criminal refinado. El resultado es un producto que, en su primera temporada, se ve lastrado por una ambición que supera su capacidad para trenzar la acción trepidante con el drama doméstico, dejando una sensación de oportunidad desaprovechada.
La arquitectura del guion se asienta sobre dos pilares que apenas se rozan. Por un lado aparece el detective Isiah Stiles, un hombre cuya vida familiar se desmenuza mientras él persigue un fantasma, la banda de ladrones que mató a su protegido. Por otro está Coltrane Wilder, un empresario con pasado delictivo que planea su último golpe mientras su matrimonio se resquebraja por una pérdida gestacional. La serie dedica tramos enteros a discusiones conyugales repetitivas, a caminatas sin rumbo y a la indiferencia de un hijo hacia su padre ausente. Estas secuencias lastran el ritmo de forma considerable, sobre todo en los primeros capítulos, porque la conexión entre ese vacío emocional y las posteriores escenas de violencia coreografiada resulta artificiosa. La trama familiar parece existir en un recipiente estanco, sin la permeabilidad necesaria para que el peligro exterior filtre su tensión en las conversaciones de la cena, y ese divorcio entre ambos mundos termina cansando al espectador.
La dirección, repartida entre nombres como Mario Van Peebles o Millicent Shelton, demuestra una mano firme únicamente cuando se desata el caos. Los asaltos, especialmente el inicial en una fiesta de Halloween, destilan una vitalidad sicalíptica, con planos que capturan la confusión de un golpe y la precisión de los movimientos. Se aprecia un gusto por la puesta en escena recargada, con atuendos de época y máscaras absurdas, como la de diamante, que inyectan una chispa de locura al relato. Sin embargo, esa misma pericia se desvanece en los momentos de calma, donde la cámara se limita a registrar diálogos planos entre dos figuras sentadas, sin buscar un ángulo que subvierta la monotonía. La serie cojea al alternar un pulso narrativo vigoroso en las persecuciones con una languidez académica en las transiciones, como si dos equipos diferentes hubiesen rodado cada tipo de escena sin hablarse jamás.
El reparto protagonista carga con un peso que la escritura no siempre justifica. Matthew Law encarna a Stiles con una mirada que pretende ser de espiral maniática, pero que queda reducida a una pose de ceño fruncido, pues la evolución de su personaje se anuncia mediante frases de otros actores que avisan de su caída, en lugar de mostrarla en sus acciones. Y'lan Noel compone a un Coltrane de arrogancia glacial y réplicas afiladas, un ladrón con códigos que resulta atractivo en su contradicción, pero al que el guion perdona excesivas torpezas. Las mujeres del reparto, Cleopatra Coleman y Gabrielle Dennis entre otras, ejecutan sus papeles con una solidez que la trama ningunea, reduciendo sus conflictos a comentarios de apoyo o a alguna escena aislada de hermandad que llega demasiado tarde para generar calado. La serie pasea a sus intérpretes por un decorado de conflictos arquetípicos sin concederles el tiempo necesario para ensuciarse con ellos, desperdiciando así el talento de un elenco secundario impecable.
La reflexión moral que subyace al enfrentamiento resulta tibia. Se plantea la posibilidad de que tanto el representante de la ley como el transgresor compartan una misma raíz de trauma y una obsesión que devora a sus seres queridos. El padre de Stiles, un ex delincuente apodado 'Pesadilla', introduce la idea de una herencia criminal que la sangre puede borrar, pero esta línea argumental se abandona con la misma rapidez con la que aparece. La serie sugiere una crítica al sistema policial, un detective quemado al que sus superiores ignoran, y a la vez romantiza la eficacia del crimen organizado como una empresa casi corporativa. Pero al no avanzar en ninguna de las dos direcciones, 'Nemesis' se queda en una superficie resbaladiza, donde los dilemas se resuelven con un tiroteo o una confesión arrancada bajo presión, evitando así cualquier roce con las grietas ideológicas de sus propios planteamientos.
El mayor activo de la serie, sus secuencias de acción, también delata su principal carencia de ritmo. Los golpes están concebidos con una coreografía fluida y una violencia que resulta pegajosa, pero el guion los espacia con una generosidad que pone a prueba la paciencia del espectador. La temporada entera podría haber ganado una contundencia feroz de haberse podado el lastre de las discusiones redundantes y los paseos callejeros. El final, que apunta claramente a una continuación, deja la sensación de haber asistido a un prólogo de hora y media hinchado hasta las ocho horas. 'Nemesis' resulta un artefacto entretenido para quien busque disparos bien iluminados y diálogos con gancho, pero se queda en ese umbral, sin atreverse a cruzar hacia un terreno más pantanoso donde la ley y el delito se miren en el mismo espejo roto.
Crítica elaborada por Andrés Gómez
