Cine y series

Hugo 24

Luc Knowles

2026



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La capital, en determinadas franjas de la madrugada, adquiere la tonalidad de un poso dejado en el fondo de una copa cuando la barra ya ha recogido el servicio y los últimos clientes abandonan el local. En esa coordenada donde la resaca moral se encuentra con la ansiedad urbana se emplaza 'Hugo 24', el segundo largometraje de Luc Knowles que sitúa su mirada en un joven arrinconado por las manecillas del reloj. Después de ‘Libélulas’, el cineasta retorna a la crónica generacional para hablar de quienes han dejado de soñar con conquistar el territorio y simplemente aspiran a conservar un pequeño espacio dentro de él. La película comprime en noventa y un minutos la víspera del vigésimo cuarto cumpleaños de su protagonista, un momento vital donde todavía se alberga la esperanza de que todo comenzará al día siguiente, aunque ese mañana llegue con el cerrojo de la entidad bancaria echado y la mensualidad del arrendamiento incrustada en la garganta.

El relato disecciona el acoso del propietario sobre Hugo, un chaval que debe conseguir una suma determinada de efectivo antes de que los agentes judiciales sellen su puerta junto a la de su hermana. La cinta evita con acierto los clichés sobre la juventud de los barrios obreros, alejándose del arquetipo del macarra para mostrar a chicos normales atrapados en una madeja de obstáculos. El libreto introduce una serie de catástrofes que se suceden una tras otra, desde una progenitora encarcelada por tráfico de estupefacientes hasta una hermana que dobla turnos en un local de mala muerte soportando malos tratos. Esta concatenación de penalidades, aunque busca remarcar la desesperación del contexto, termina por crear una carpintería argumental demasiado recargada donde cualquier resquicio de sutileza queda sepultado bajo un alud de contratiempos. El espectador percibe entonces un artificio que fuerza los puntos de giro para agrandar la desdicha del protagonista, restándole credibilidad a una situación que, de por sí, ya resultaba suficientemente angustiosa sin necesidad de acumular todos los males posibles en una sola jornada.

Arón Piper, quien también ejerce como productor, compone un Hugo contenido, un muchacho que camina con esa melancolía de quien ha recibido varios golpes y ya no espera el siguiente. Su trabajo en pantalla sostiene la tensión constante del personaje, pero sin alcanzar el registro que demandan las escenas de mayor exigencia dramática. Quien sí se mueve con soltura dentro del tono elegido es Marta Etura, encarnando a la hermana mayor que intenta apuntalar un entorno en ruinas con algo de dignidad, aportando la madurez que falta en el núcleo familiar. Marco Cáceres interpreta al amigo inseparable, un individuo que deambula sin oficio ni beneficio, dedicado a pequeños hurtos para sacar algunas monedas, y su carisma inyecta una dosis de luminosidad en un relato que tiende a la oscuridad. La química real entre Piper y Cáceres, forjada en sus años de supervivencia en Madrid mientras estudiaban interpretación, traslada a la ficción una complicidad que resulta loable y que alivia la densidad del metraje. Greta Fernández aporta una nota de silencio y reserva, completando un elenco que mantiene el gancho a pesar de las flaquezas del guion.

Knowles maneja la cámara como si esta respirara sobre los habitantes de la ciudad, convirtiendo el asfalto en una criatura fatigada que exuda tráfico y calor. El director filma el Madrid de la crisis del alojamiento con una voluntad de retrato casi documental, acompañando a los muchachos en su vagabundeo urbano donde lo relevante termina siendo el cansancio acumulado en cada esquina. Sin embargo, la realización adolece de una unidad formal consistente, alternando decisiones visuales dispares que dan la sensación de estar buscando su camino sobre la marcha. La incorporación de una voz en off resulta arbitraria y no termina de encajar con el conjunto, apareciendo y desapareciendo sin un criterio claro que justifique su uso. El metraje, a pesar de su corta duración, se percibe extenso debido a esta irregularidad en el ritmo y a la sobrecarga de elementos que impiden que el discurso social encuentre una cauce limpio. La intención de mezclar el lirismo con la crudeza callejera es plausible, pero la ejecución tropieza al no encontrar un punto de equilibrio que sostenga la propuesta.

Las implicaciones políticas de 'Hugo 24' resultan evidentes desde su primera secuencia, pues la película denuncia de manera explícita la imposibilidad de emanciparse en las grandes urbes cuando más de la mitad del salario se destina a cubrir el tejado. Los personajes verbalizan sin rodeos que independizarse se ha convertido en un lujo, un privilegio reservado para unos pocos, y que la única meta que les queda es intentar no quedar al borde de la acera. El largometraje critica los discursos de éxito que circulan por las redes sociales, esos que venden la idea de que quien no atesora millones y automóviles de lujo es un fracasado. El director pone en valor los proyectos pequeños, las ambiciones modestas, reivindicando que la existencia no se limita a acumular riqueza material. Esta carga moral, lejos de sutilezas, se expone mediante diálogos frontales que evitan cualquier atisbo de ambigüedad, lo que convierte el filme en un artefacto de denuncia directa pero también le resta capacidad de sugerencia. La crítica a la gentrificación aparece al mencionar cómo el crecimiento de la capital expulsa a los vecinos de sus propios barrios, empujándolos hacia la periferia, un fenómeno que Knowles retrata con acierto al elegir el barrio de Tetuán como escenario principal. El director convierte esta zona de Madrid en un actor más del drama, aunque al hacerlo corre el riesgo de presentar una imagen del barrio como un territorio donde solo habita la desesperación, un discurso que algunos vecinos podrían considerar alejado de su realidad cotidiana.

La película del director Luc Knowles brilla en los intervalos entre los grandes cataclismos argumentales, en esos momentos donde muestra la rutina de buscarse la vida entre expendedoras de latas, establecimientos de kebabs, entrevistas de trabajo frustrantes y terrazas vacías. Es en esa cotidianidad, en esos pequeños episodios que parecen menores, donde el filme alcanza una resonancia que luego pierde al empeñarse en encadenar desgracias. La amistad se erige como un valor central para sobrellevar las dificultades, y el director acierta al dotar a los diálogos entre los dos colegas de una naturalidad que resulta poco frecuente en el cine español. Pero el conjunto se asemeja a un mecanismo que, pese a tener piezas interesantes, nunca termina de engranar del todo, dejando la impresión de un proyecto que poseía un potencial notable y que, sin embargo, optó por una senda excesivamente transitada y escasamente original. La ópera segunda de Knowles se queda así como un trabajo plausible pero fallido, donde la urgencia del mensaje termina devorando la complejidad de los personajes.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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