El creador y director, Pablo Illanes, sitúa el conflicto de 'Entre padre e hijo' en el terreno resbaladizo de los deseos prohibidos y los secretos de alcoba, pero con una estructura que bebe del ritmo frenético de las aplicaciones de microcontenido. Los veinte episodios, de una duración cercana a los diez minutos cada uno, convierten la experiencia en una sucesión de choques frontales donde el espectador recibe información a borbotones, sacrificando la construcción pausada de la atmósfera por un avance implacable de las revelaciones. La apuesta por mantener el formato horizontal tradicional denota cierta intención de distinguirse de sus primas digitales, aunque el montaje, cortante y directo, delata una narrativa pensada para retener la atención en cada pequeño corte.
La trama principal sigue a Bárbara, una abogada que llega a la hacienda de los Sarmiento, donde su prometido Álvaro, un piloto que oculta un pasado turbio, espera rehacer su vida. El choque se produce al conocer a Iker, el hijo de Álvaro, con quien establece una conexión física inmediata que se transforma en un romance clandestino. La serie desdobla su interés en dos líneas paralelas: por un lado, el folletín del triángulo amoroso entre padre, hijo y futura madrastra; por otro, la investigación sobre la desaparición de Fernanda, la primera esposa de Álvaro y madre de Iker, que sirve de macguffin para justificar la estancia de Bárbara en el lugar. Los personajes carecen de evolución psicológica compleja, pues sus acciones se explican mediante saltos emocionales abruptos justificados por la pasión o la venganza, conviertiendo a Bárbara en un agente pasivo que va descubriendo los crímenes familiares casi por casualidad, mientras que Iker oscila entre la obsesión adolescente y la lealtad filial sin que el guion ofrezca matices.
La responsabilidad de los crímenes recae finalmente en las figuras maternas, Gaby y Margarita, quienes han manipulado el destino de Fernanda y asesinado al patriarca. Este giro introduce una reflexión sobre la perpetuación de la violencia dentro del núcleo familiar, donde la matriarca maneja los hilos del horror para mantener las apariencias, convirtiendo la hacienda en una prisión dorada. La dirección de Illanes enfatiza los encuadres cerrados y los juegos de sombras en los interiores, una estética que recuerda a la de realizadores como Rodrigo Sorogoyen en sus primeras obras, donde el espacio doméstico se convierte en un campo de batalla psicológico. Sin embargo, la brevedad de los episodios impide que el suspense respire, y los asesinatos de Franco y Gloria Villaseca se resuelven con prisas, diluyendo la tensión en favor de un desenlace donde el amor prohibido entre Bárbara e Iker triunfa mientras Álvaro muere de un disparo al descubrir a su esposa con vida, una resolución que blanquea la traición inicial.
La serie expone una moral laxa donde las transgresiones se perdonan si el afectado fallece o si los responsables son las antagonistas. Bárbara sufre un secuestro y varios intentos de asesinato, pero abandona la hacienda feliz junto al joven que la cortejó, sin asumir culpa alguna por haber engañado a su prometido. Fernanda, la gran damnificada, regresa para encontrarse con un marido cadáver y unos hijos que ya han rehecho sus lealtades, quedando su figura reducida a un mero dispositivo argumental para cerrar el caso. Al eliminar a Álvaro, la narración elude un enfrentamiento directo entre el adulto engañado y los amantes, evitando así profundizar en las consecuencias de sus actos. 'Entre padre e hijo' funciona como un culebrón exprés que exige al público una suspensión continua del juicio crítico, premiando a quienes transgreden las normas siempre que lo hagan con suficiente determinación y castigando con la muerte o la cárcel a quienes intentan preservar el orden familiar con métodos violentos, una ecuación moral simple para una historia que prometía más sombras de las que finalmente ofrece.
Crítica elaborada por Andrés Gómez
