Cine y series

El amigo silencioso

Ildikó Enyedi

2026



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En el corazón del jardín botánico de Marburgo, un gingko centenario asiste mudo a la sucesión de los años. Ildikó Enyedi, realizadora húngara con una trayectoria marcada por la exploración de lo orgánico y lo sensitivo, sitúa su último trabajo en ese espacio donde la naturaleza y el conocimiento universitario chocan. La cinta, que compite en Venecia, despliega tres líneas temporales (1908, 1972 y 2020) para examinar cómo la mirada científica y la conexión vegetal pueden llegar a confundirse. Lejos de ofrecer un relato tradicional, la directora opta por un ritmo pausado que exige atención, donde cada época se rueda con un soporte fílmico distinto: el blanco y negro del siglo pasado, el 16 mm brillante de los setenta y la nitidez digital del confinamiento.

La primera historia presenta a Grete, la primera mujer admitida en la universidad, enfrentada a un claustro de profesores que dudan de su capacidad intelectual por el simple hecho de su género. La escena del examen resulta hiriente por su cotidianidad, con esos académicos que ridiculizan su interés por la reproducción vegetal. Grete canaliza su rebeldía a través del lente de una cámara, descubriendo patrones geométricos ocultos en coles y geranios. Aquí la directora subraya una política del acceso al saber: las mujeres solo pueden observar la naturaleza cuando los hombres dejan de monopolizar la mirada. La fotografía se convierte en un arma contra la ignorancia patriarcal, pero Enyedi evita caer en el melodrama, manteniendo un tono seco y descriptivo.

En el segmento de 1972, la cinta cambia de registro al presentar a Hannes, un joven granjero torpe que reniega de las plantas mientras estudia literatura. Su encuentro con Gundula, una estudiante de botánica que mide las reacciones de un geranio a la presencia humana, trastoca su apatía. Lo más interesante aquí es cómo la película equipara la timidez masculina con el aprendizaje de una nueva sensibilidad. Hannes no entiende al principio los diagramas de la chica, pero su cuidado solitario de la flor le revela una compañía insospechada. Enyedi retrata el movimiento estudiantil de aquella época como un telón de fondo ruidoso que apenas importa; lo relevante sucede en una habitación cerrada, donde la supuesta pasividad vegetal desmiente la soberbia humana sobre la conciencia.

El hilo central, ambientado durante el confinamiento de 2020, sigue a Tony Wong, un neurocientífico de Hong Kong atrapado en el campus desierto. Tony Leung Chiu Wai compone un personaje que mide sus palabras con precisión quirúrgica. Su investigación sobre la percepción de los bebés, esos seres que la película describe como permanentemente expandidos, deriva hacia un experimento inusual con el gran gingko. La relación que establece por videollamada con la botánica Alice Sauvage (Léa Seydoux) introduce una reflexión sobre la distancia y la comunicación interespecie. En lugar de romantizar el encierro, Enyedi lo muestra como un caldo de cultivo para la obsesión científica, donde medir la respuesta eléctrica de un árbol se vuelve un acto de supervivencia emocional. El director de fotografía Gergely Pálos filma las raíces del gingko como si fueran mapas de un territorio desconocido, y esa elección visual sostiene la idea de que el conocimiento nace de la paciencia más tediosa.

La evolución de los personajes apenas existe como arco dramático al uso, porque la directora prefiere que cada uno sea poseído por una revelación parcial. Grete descubre la belleza fractal, Hannes aprende la soledad compartida con un geranio, y Tony obtiene datos que no sabe muy bien cómo interpretar. Esta estructura tripartita tiene un riesgo evidente: el relato se fragmenta sin que las tres épocas lleguen a cruzarse de forma explícita. El gingko actúa como testigo, pero no como un narrador omnívoro que lo ate todo. Algunos espectadores encontrarán exasperante la lentitud con que Enyedi muestra una hoja moviéndose o un sensor digital registrando una milésima de voltaje. Sin embargo, esa parsimonia resulta coherente con la tesis de la película: si las plantas operan en otra escala temporal, cualquier intento de apresurar su entendimiento está condenado al fracaso.

Las implicaciones sociales aparecen sobre todo en el capítulo de 1908, donde la universidad se retrata como una fortaleza masculina que teme la llegada de las faldas. La directora no adorna la misoginia académica, la muestra en su crudeza burocrática. En 1972, el clasismo asoma cuando los compañeros de Hannes, hijos de la burguesía, le ridiculizan por proceder de una granja y no entender sus consignas revolucionarias. Y en 2020, el racismo cotidiano del conserje hacia el científico asiático refleja una Alemania que sigue viendo al extranjero como una amenaza silenciosa. Enyedi hilvana estas violencias con un tacto áspero, evitando cualquier catarsis fácil. Los conflictos no se resuelven, sino que se disuelven en la rutina de cuidar una maceta o ajustar un objetivo fotográfico.

El tono coloquial que adopta la crítica periodística puede encontrar en 'El amigo silencioso' un obstáculo para el gran público, sobre todo por sus 147 minutos de duración y su negativa a construir un clímax narrativo. No hay un momento en que el gingko hable o se produzca un milagro botánico. En su lugar, la cinta apuesta por una acumulación de instantes sensoriales: el contraste de un negativo revelándose, el zumbido de un electrodo pegado a la corteza de un árbol, la respiración de un chico solo ante una flor. La banda sonora de Gábor Keresztes y Kristóf Kelemen acompaña estas secuencias con notas que parecen imitar el rumor de la savia, y el montaje de Károly Szalai crea falsas sincronías entre el latido de un bebé y el temblor de una hoja. Son recursos efectivos que sostienen la propuesta sin llegar a ser nunca impostados.

En su empeño por descentrar al ser humano como único ser con agencia, Enyedi se arriesga a que su discurso resulte hermético para quien busque una fábula ecologista al uso. El espectador que espere ver a Tony Leung salvar el mundo mediante la ciencia vegetal se llevará un chasco, porque su personaje acaba más confundido que al principio. La enseñanza que destila la función tiene que ver con la aceptación de los límites: no entenderemos nunca a un árbol, pero podemos medir su pulso eléctrico y sentirnos acompañados en el intento. Esa deriva hacia lo inexplicable puede interpretarse como una coartada para la falta de resolución argumental, pero también como un respeto hacia el misterio de lo vivo.

Los tres actores principales cumplen con sus registros sin estridencias. Luna Wedler imprime a Grete una determinación que se agrieta solo cuando mira sus propias fotografías. Enzo Brumm, desconocido hasta ahora, maneja bien la vergüenza física de su personaje, sobre todo en las escenas donde acaricia el geranio como si fuera una extensión de la chica ausente. Y Tony Leung Chiu Wai demuestra por qué es uno de los intérpretes más codiciados del cine mundial: su mirada fija en el tronco del gingko comunica una soledad de años, una curiosidad casi infantil que la pandemia solo ha exacerbado. Ninguno de ellos ofrece grandes monólogos, porque las palabras sobran cuando el objetivo de la cámara se posa sobre una estructura celular o sobre el vacío de un pasillo universitario cerrado por orden gubernativa.

Al final, lo que queda de 'El amigo silencioso' es una sensación de extrañeza bien administrada. Enyedi no ha construido una obra para contentar a los programadores de festivales hambrientos de originalidad fácil, sino un artefacto que exige al espectador rebajar su frecuencia cardíaca. Las imágenes de las raíces del árbol, esas formas retorcidas que parecen venas, y los planos detalle de las hojas en forma de abanico se graban en la retina con más fuerza que cualquier diálogo. La directora logra así que el gingko, ese ser que lleva dos siglos en el mismo sitio, se convierta en el verdadero protagonista, mientras los humanos pasamos por su sombra como insectos de una vida breve. Y tal vez de eso trata esta función: de recordarnos que nuestro afán por medir, clasificar y narrar no nos otorga ningún privilegio especial frente a un ser vivo que simplemente crece hacia la luz.

Crítica elaborada por Marina Rivas

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