Cine y series

La chica del coro

Urška Djukić

2025



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Cualquier persona que haya sobrevivido al bachillerato recuerda esos viajes de estudios donde la supervisión adulta resultaba inversamente proporcional a la temperatura ambiente. En ese espacio liminal entre el hogar vigilado y la libertad absoluta, Urška Djukić sitúa su opera prima, 'La chica del coro', una coproducción entre Eslovenia, Italia, Croacia y Serbia que aterrizó en la sección Perspectives de la Berlinale 2025. La directora, que ya había llamado la atención con su cortometraje sobre la vida sexual de una abuela, construye aquí un relato de iniciación femenina que esquiva los manuales de estilo del género para sumergirse en la confusión genuina de una adolescente atrapada entre la liturgia y el despertar de sus impulsos.

La trama sigue a Lucija, una intérprete de dieciséis años de mirada huidiza y movimientos encogidos, que ingresa en el coro de un colegio católico. Allí se encuentra con Ana María, una alumna más veterana que maneja la provocación con la soltura de quien ya ha descubierto el poder de sus herramientas. El viaje de ensayo a un convento en la frontera italiana funciona como un caldo de cultivo para las tensiones. Las habitaciones compartidas, los juegos de verdad o atrevimiento después del toque de queda y la presencia de unos operarios que restauran el edificio añaden capas de incomodidad y fascinación. La presión del director del coro, un hombre de disciplina férrea que exige perfección hasta el extremo, convierte cada nota musical en un campo de batalla donde el control y el caos pugnan por imponerse.

La evolución de Lucija resulta incómodamente reconocible. Al principio, su rostro apenas registra sorpresa; observa el envase de un lápiz de labios rojo como si sostuviera un objeto prohibido. Bajo el influjo de Ana María, la joven se somete a pequeños rituales de transgresión que incluyen robar una camiseta sudada de un albañil o besar una estatua de la Virgen María durante una partida. Estas acciones no responden a un plan de seducción calculado, sino a una curiosidad casi biológica. Djukić filma el momento en que Lucija se masturba en un baño público con un primer plano de su nuca tensa y su respiración entrecortada, evitando cualquier concesión al morbo para centrarse en la mecánica torpe de un descubrimiento personal. La amistad con Ana María se tensa cuando la admiración se mezcla con la manipulación, mostrando que en esos grupos cerrados la línea entre la protección y la crueldad resulta muy fina.

En el aspecto social, la película desmenuza con paciencia la maquinaria de control que ejerce la institución religiosa sobre los cuerpos jóvenes. La conversación con una monja sobre el celibato adquiere matices perturbadores cuando la religiosa confiesa que la caricia de Dios inunda la totalidad del ser, una frase que las chicas reciben con escepticismo mal disimulado. El director del coro representa la versión laica de esa opresión: cuando Lucija comete el error de confesarle sus confusiones en una charla a solas al piano, el hombre destroza su autoestima delante de todo el grupo, demostrando que el respeto a la autoridad se impone mediante la humillación pública. La cinta sugiere que tanto la fe como la música funcionan como mecanismos de domesticación, aunque ninguna de las dos consiga anular por completo el latido salvaje de la adolescencia.

La dirección de Djukic se caracteriza por una atención obsesiva al detalle sensorial. Los sonidos se amplifican hasta resultar incómodos: el roce del pelo contra los dedos, el chasquido de la saliva al abrir los labios, el zumbido de una mosca en una habitación calurosa. La cámara de Lev Predan Kowarski se pega a las nucas, los ombligos y los vellos de los brazos, convirtiendo la epidermis en el verdadero escenario de la acción. Las secuencias de flores en floración a cámara rápida, lejos de caer en lo poético barato, se integran en la mirada aturdida de una chica que asocia por primera vez la naturaleza con el deseo. La música, que va desde piezas sacras de Bach hasta el tema de Sonic Youth que da título al filme en inglés, subraya ese choque entre la pureza impuesta y el ruido interior.

Las implicaciones políticas del relato permanecen implícitas pero constantes. Eslovenia, como otros países de la Europa del Este, mantiene una relación compleja con el legado católico como bastión identitario frente al antiguo régimen comunista. 'La chica del coro' retrata a unas jóvenes que heredan esa tradición sin haberla elegido, obligadas a conciliar la exaltación de la virginidad mariana con los mensajes contradictorios de una cultura popular que mercantiliza el sexo. La ausencia casi total de figuras paternas o masculinas que no ejerzan un rol de vigilancia o acoso dibuja un mundo femenino donde la solidaridad resulta siempre precaria y la competencia por la atención del adulto se cobra víctimas inesperadas. La escena final, con Lucija patinando sola mientras el resto del grupo corea a lo lejos, contiene una declaración de principios: la salvación individual pasa por aceptar la propia rareza en lugar de diluirla en el coro.

Crítica elaborada por Emma Castillo

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