La narrativa audiovisual japonesa contemporánea, en su vertiente más pausada y reflexiva, encuentra en la obra de Shunki Hashizume un territorio fértil para explorar los pliegues del aislamiento afectivo. Este creador, responsable tanto del guion como de la realización de 'Almas gemelas', construye un relato que atraviesa Berlín, Seúl y Tokio a lo largo de una década, siguiendo la estela de dos individuos que la casualidad y el dolor terminan emparejando. La serie, estrenada en Netflix con ocho entregas de cerca de cuarenta minutos cada una, se aleja de los convencionalismos del género de romance masculino para adentrarse en una zona gris donde la amistad, la culpa y una forma de querer silenciosa se entrelazan sin estridencias. Hashizume apuesta por una cadencia narrativa que privilegia la inmersión en el estado anímico de sus personajes antes que el avance trepidante de los acontecimientos.
El argumento arranca con un accidente emocional: Narutaki Ryu, un jugador de hockey sobre hielo universitario, ve cómo su vida se descarrila después de que su mejor amigo, Arata, le confiese un amor que Ryu no sabe gestionar. La filtración de ese secreto por parte de un compañero provoca un ambiente homófobo en el equipo y un intento de suicidio por parte de Arata, sumiendo a Ryu en una culpa devoradora que le lleva a huir a Berlín. Allí, en una iglesia incendiada por un vecino homófobo, conoce a Hwang Johan, un boxeador coreano que lo rescata de las llamas. Johan, un hombre de pocas palabras y una al costumbre de reprimir sus necesidades afectivas, se convierte en un espejo de la propia soledad de Ryu. A partir de ese incendio literal, la trama teje una red de encuentros y separaciones entre ambos, saltando en el tiempo y el espacio, mientras lidian con patrocinadores turbios, competiciones deportivas y el peso de unas familias que también arrastran sus propias heridas.
La evolución de Ryu y Johan constituye el esqueleto de la serie, pero es Sumiko, la amiga de la infancia de Ryu que vive en Berlín, quien añade una capa de complejidad inesperada. Al principio, su papel parece meramente funcional, un anclaje para que el protagonista japonés no naufrague en un país extranjero. Sin embargo, a medida que los episodios avanzan, Sumiko se revela como una verdadera alma gemela en el sentido platónico del término, alguien cuyo vínculo con Ryu resulta tan determinante como el que este forja con Johan. La serie plantea así una reflexión explícita sobre las distintas formas de conexión: el amor romántico aparece de manera contenida, casi esquiva, mientras que la lealtad y el cuidado cotidiano entre amigos se erigen como un bote salvavidas en medio del temporal. Hashizume parece decir que el afecto que nos sostiene no siempre es el que la sociedad espera que mostremos con gestos efusivos o declaraciones pasionales.
En el terreno de las implicaciones morales y sociales, 'Almas gemelas' aborda de manera directa la homofobia como un veneno que corroe las relaciones desde dentro. El chisme homófobo que desencadena la tragedia inicial del equipo de hockey se presenta como una mancha imborrable que el colectivo nunca aborda de frente, dejando a la víctima, Arata, y al culpable indirecto, Ryu, en un limbo de vergüenza y silencio. La serie también retrata con crudeza cómo el deporte de alto rendimiento, tanto en el hockey como en el boxeo, funciona como una máquina de suprimir la vulnerabilidad, castigando cualquier muestra de debilidad o diferencia. La presión de los patrocinadores sobre Johan, que exigen resultados y una imagen determinada, refleja una lógica capitalista que reduce a los atletas a mercancías. Hashizume no muestra el trauma como un adorno dramático, sino como una llaga que supura durante años y condiciona cada nueva elección vital, desde la ciudad donde se reside hasta la capacidad de dejarse querer.
La dirección de Hashizume se caracteriza por una puesta en escena que convierte los paisajes urbanos en un reflejo directo de los conflictos internos. El Berlín gris y frío de los primeros capítulos contrasta con la vibrante aunque a veces asfixiante Tokio de los reencuentros posteriores. La cámara se detiene en las ventanas empañadas, los tejados nevados y los interiores desangelados de las pensiones, construyendo una atmósfera que envuelve al espectador en la misma melancolía que atenaza a los protagonistas. Una herramienta recurrente en su estilo es el uso de analepsis que, más allá de aclarar el pasado, subrayan cómo los momentos de felicidad o conexión se convierten en fantasmas que persiguen el presente. Sin embargo, esa misma contención expresiva que tan bien retrata la dificultad para conectar se convierte en un lastre cuando la trama se atasca en una rueda de desgracias que se repiten. La serie exige una paciencia considerable en sus episodios centrales, donde la sensación de que cada paso hacia adelante será castigado con un nuevo revés puede llegar a cansar a quien espera un respiro para sus personajes.
La interpretación de Hayato Isomura como Ryu captura esa energía autodestructiva y llena de arrepentimiento con una naturalidad que evita caer en el patetismo. Su personaje pasa de ser un joven inquieto a un adulto marcado, y el actor refleja ese cambio sin perder la esencia de una persona que desea redimirse. Ok Taecyeon, por su parte, sorprende por una moderación que rompe con sus papeles anteriores de mayor excentricidad; su Johan es un volcán de heridas mal curadas que ha aprendido a domesticar con un puñado de palabras y una distancia cortés. La química entre ambos es más de almas en pena que de amantes fogosos, lo cual encaja con la propuesta de la serie, aunque frustrará a quien busque una historia de amor más explícita. El principal escollo de 'Almas gemelas' reside en ese mismo pudor narrativo: la serie prioriza mostrar el dolor con todo lujo de detalles, pero cuando llega el momento de la ternura o la pasión, el relato se vuelve tímido, como si el director tuviera menos interés en la curación que en la herida misma. El resultado es una obra coherente, interpretada con oficio y visualmente cuidada, que se queda a medio camino entre la crónica de una amistad rota y un romance imposible, ofreciendo una visión crepuscular y fatigada del amor que encontrará su público, pero que también dejará con la sensación de que falta una chispa, un gesto de calidez que equilibre tanta desolación atmosférica.
Crítica elaborada por Mario Lozano
