Cine y series

Criaturas luminosas

Olivia Newman

2026



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En el panorama de adaptaciones literarias que nutren el catálogo de las plataformas digitales, aterriza la traslación a la pantalla de la exitosa novela de Shelby Van Pelt, dirigida por Olivia Newman. La cineasta, que ya frecuentó el universo de los best-sellers de corte introspectivo con su anterior trabajo, construye una atmósfera que aspira a la calidez doméstica y a la ternura sin estridencias, situando el eje narrativo en un pequeño acuario de una localidad costera del Pacífico. John Whittington colabora con Newman en la escritura de un guion que comprime los acontecimientos del texto original para buscar una claridad expositiva que, en su intento de ser funcional, despoja a la peripecia de ciertas capas de extrañeza y deja un armazón que se ciñe a los parámetros clásicos del melodrama reparador. La premisa nos introduce en una comunidad donde los vínculos se forjan a partir de pérdidas enquistadas y silencios prolongados, pero el filtro elegido para tamizar el relato es el de un narrador peculiar: un pulpo gigante que observa a los humanos desde su prisión de cristal.

La directora opta por cimentar la narración en una voz en off que pertenece a Marcellus, este cefalópodo de avanzada edad al que pone voz Alfred Molina. La elección marca la pauta de un relato en el que el artificio intelectual del animal choca con la llaneza de las vidas que pretende desentrañar. La criatura, que se atribuye una inteligencia superior a la de los visitantes que golpean su tanque, actúa como un demiurgo benevolente empeñado en corregir la soledad de la limpiadora nocturna, Tova, interpretada por Sally Field. La actriz demuestra cómo se puede cargar de veracidad un personaje que podría haberse quedado en una mera estampa de estoica tristeza. Su viudedad, anclada en la pérdida de un hijo en circunstancias turbias tres décadas atrás, constituye el centro de gravedad afectivo. La propuesta de Newman se escora, mediante esta conciencia externa, hacia un antropocentrismo que anula la otredad radical del pulpo y lo transforma en un terapeuta de múltiples tentáculos, sacrificando la fascinación por lo salvaje en favor de su instrumentalización como pegamento narrativo para corazones rotos.

Frente a Field, Lewis Pullman encarna a Cameron, un músico errante que queda varado en el pueblo por una avería mecánica, un contratiempo que funciona como catalizador de las revelaciones centrales de la función. La presencia de Pullman destila esa desidia atractiva de un adulto que no ha logrado afianzar sus talentos, y su química con Field sostiene los pasajes que el libreto resuelve con demasiada prolijidad. El encuentro entre ambos se sustenta en una dinámica predecible: ella suple su instinto maternal frustrado y él recibe la brújula vital que nunca tuvo, una reciprocidad que el relato exhibe sin calibrar los claroscuros de una verdadera colisión generacional. La trama introduce, además, una línea de tensión en torno a la identidad y la pertenencia social; Cameron rastrea a un padre ausente que pertenece a la clase acomodada local, una búsqueda que Newman y Whittington apenas esbozan, desaprovechando la oportunidad de indagar en las fracturas materiales y en los privilegios que delimitan el acceso al bienestar en esa comunidad pintoresca, un conflicto de clase que el metraje prefiere disolver en un ambiente de buenos sentimientos vecinales.

La galería de secundarios, pese a estar encarnada por intérpretes como Joan Chen o Kathy Baker, queda reducida a piezas funcionales que pivotean en torno a la pareja protagonista sin desarrollar entidad psicológica propia. El diseño del tejido social del pueblo se percibe como un decorado idealizado donde las amistades del círculo de calceta de Tova se limitan a empujarla hacia una nueva vida y el interés romántico de Colm Meaney resulta un apunte inacabado. La factura visual de Ashley Connor tiñe los fotogramas de una bruma costera que acompaña la ternura buscada por la puesta en escena, pero la persistente partitura de Dickon Hinchliffe subraya los instantes emotivos con tal insistencia que resta fuerza a la interpretación actoral, como si existiera una desconfianza hacia la capacidad del espectador para sostener la tristeza sin un colchón acústico que la endulce. Esta sobreindicación alcanza su punto álgido en las acotaciones de Marcellus, cuyas sentencias sobre la torpeza humana adolecen de una literalidad que subestima cualquier posible complejidad en la contemplación del duelo ajeno.

El proceso de sanación colectiva, que es el verdadero motor de la historia, se despliega a través de escenas que, de forma muy medida, revelan cómo la institucionalización de los cuidados puede fallar cuando el verdadero alivio reside en el intercambio fortuito entre desconocidos que arrastran heridas similares. La jubilación planeada por Tova hacia una residencia dorada contrasta con el desamparo económico que muestra Cameron, viviendo en una furgoneta heredada de una madre que sucumbió a la adicción. La película, sin embargo, bordea estas implicaciones sociopolíticas sobre la vejez y la precariedad juvenil con la misma rapidez con que las roza, prefiriendo guarecerse en el secreto argumental que conecta el pasado de ambos y que se adivina desde los primeros minutos, haciendo que la travesía hacia su desvelamiento carezca del vigor necesario. La unidad casi conspirativa que Marcellus impone para unir al joven y a la viuda desactiva cualquier aspereza, asegurando que el camino hacia la catarsis esté despejado de los dilemas morales que suelen acompañar a los actos de intromisión, por bienintencionados que sean.

La resolución del entramado, que ata los cabos de la desaparición del hijo de Tova con la búsqueda paterna de Cameron, se presenta como un ajuste de cuentas con el azar que resulta tan reconfortante como inofensivo. Olivia Newman recrea la estructura del refugio sentimental con la convicción de quien entiende el género como un artefacto para mitigar las hostilidades del presente. La obra, producida por Netflix, perfila así una fantasía de amabilidad anticuada que triunfa al neutralizar los aspectos más inquietantes del duelo, dejando que los personajes transiten sus respectivos calvarios sin enfrentarse al vacío que sucede a la pérdida cuando no aparece un visitante externo a reordenar los afectos. Esta operación de limpieza, ejecutada por la criatura marina que lo mismo escapa de su tanque que desvela documentos escondidos, entrega a la audiencia una certeza consoladora sobre la posibilidad de restituir la alegría sin necesidad de lidiar con las esquirlas ásperas que deja cualquier reconstrucción anímica.

Crítica elaborada por Andrés Gómez

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