La trayectoria de Bi Gan se ha construido sobre la premisa de estirar el lenguaje cinematográfico hasta sus confines, una exploración que con 'Resurrection' alcanza una dimensión formal casi abrumadora. Presentada en la Competición del Festival de Cannes, esta pieza de 156 minutos se desmarca de cualquier estructura narrativa convencional para proponer un viaje a través de seis episodios que funcionan como un compendio de la historia del propio medio. El cineasta chino, cuya filmografía previa ya anticipaba una querencia por los planos secuencia extremos y las realidades alteradas, articula aquí un discurso sobre la permanencia de las imágenes en un mundo que ha decidido renunciar a su capacidad de imaginar. La proyección se convierte en un umbral donde el espectador asiste a un desfile de fantasmas fílmicos, una idea que se materializa desde los primeros compases con una factura técnica que remite a los albores del celuloide y se va transformando a lo largo de un metraje que exige una atención sensorial absoluta, alejada de la lógica causal.
La médula conceptual de la trama reside en una ucronía donde la humanidad ha conquistado la longevidad a cambio de erradicar la ensoñación, un trueque existencial que sirve de pórtico para presentar a los denominados Fantasmadores. El protagonista, encarnado por Jackson Yee en una multiplicidad de avatares temporales, es un disidente onírico perseguido por una entidad femenina interpretada por Shu Qi, cuya misión consiste en restaurar el orden cronológico roto por estas fugas de la conciencia. Esta premisa, que mezcla elementos propios de la ciencia ficción especulativa con una mitología casi religiosa, vertebra los saltos entre capítulos que abarcan desde la Segunda Guerra Mundial hasta los albores del siglo XXI. Cada segmento se adscribe a un canon fílmico distinto y, sobre el papel, a un sentido corporal diferente, en un intento por cartografiar la experiencia cinematográfica como un fenómeno que trasciende lo puramente visual para convertirse en una vivencia sinestésica. Esta ambición conceptual, detallada hasta la extenuación, sitúa la obra en un territorio limítrofe entre el ensayo filosófico y la arqueología del entretenimiento popular.
Al adentrarse en la evolución de los personajes, emerge una paradoja que define la naturaleza de la propuesta: la imposibilidad de una psicología clásica. Jackson Yee se transmuta en un monstruo deudor del expresionismo, en un galán de cine negro envuelto en gabardinas, en un pícaro estafador rural o en un vampiro crepuscular del fin de milenio, pero estos cambios de piel no revelan un desarrollo interior, sino que funcionan como constantes ontológicas de un ser que es, en esencia, una llama que se consume en cada recreación. Shu Qi acecha y guía, opera como un catalizador de la maquinaria narrativa más que como un sujeto con agencia dramática tangible. La dinámica entre ambos encapsula una tensión entre la pulsión de evasión hacia el artificio y la llamada al despertar, una dualidad que Bi Gan resuelve desde la puesta en escena antes que desde el texto. Las implicaciones morales de esta construcción son significativas: la película plantea la disidencia del que sueña como un acto de sabotaje a una realidad anestesiada y homogénea, un posicionamiento que adquiere connotaciones políticas al inscribirse en un contexto de producción chino donde la memoria histórica y la censura mantienen una relación conflictiva.
La dirección de Bi Gan despliega una artesanía de una sofisticación apabullante que, sin embargo, genera una fricción constante con la legibilidad del discurso. El realizador emplea la elipsis y la yuxtaposición de géneros, desde la pesadilla carcelaria en la comisaría de los años cuarenta hasta la fábula absurda en el templo budista nevado, para construir un artefacto que rehúye la paráfrasis sencilla. El segmento más celebrado, un plano secuencia de más de treinta minutos que transcurre en un distrito portuario durante el Año Nuevo de 1999, demuestra un control coreográfico y espacial heredero de autores como Aleksandr Sokúrov, pero la cámara que se desliza sin cortes entre una pelea de karaoke y una huida en barco también arrastra la sensación de un tour de force que, en ocasiones, agota su propio impulso. La integración de la banda sonora de M83, con ecos que rememoran a compositores clásicos, subraya este carácter meticulosamente orquestado, donde la ejecución técnica tiende a eclipsar la textura emocional que se pretende evocar desde la melancolía por la muerte del cine.
Justamente, el tratamiento de las implicaciones sociales y la reflexión sobre el medio constituyen el centro de gravedad de la pieza. 'Resurrection' mira al siglo XX como un museo de cera donde conviven el 'noir' detectivesco, la comedia picaresca y el terror sobrenatural, insinuando que el avance implacable del tiempo y la política ha desgastado tanto los mitos como los soportes que los contenían. La recurrencia a espirales, portafolios misteriosos y habitaciones de espejos rotos actúa como metáfora visual de una identidad colectiva fragmentada por las sacudidas tectónicas del pasado chino, hábilmente envuelta en un barniz de fantasía que permite sortear lo puramente testimonial. El epílogo, que se demora en los asientos vacíos de una sala de proyección que lentamente se desvanece, destila una amargura conceptual innegable: el cine, al igual que los Fantasmadores, parece estar condenado a la extinción por una sociedad que prefiere la vigilia insípida de lo eterno al riesgo efímero de la iluminación. Esta elegía visual constituye un legado complejo, pues para llorar su desaparición se vale de una maquinaria tan monumental que el propio lamento acaba por opacar la fragilidad que intenta preservar.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
