Alex Edkins ha sabido encontrar un cauce donde la urgencia sónica de su trayectoria anterior se disuelve en construcciones melódicas más soleadas. Una metamorfosis que Weird Nightmare plasma en 'Hoopla' con el ademán decidido de quien se muda de ciudad y aprovecha el traslado para vaciar cajas que ya pesaban. Tras dos décadas al frente de METZ, banda que funcionó como un martillo pilón dentro del noise rock más corpulento, el canadiense aparca aquella maquinaria abrasiva y se instala en un territorio gobernado por estribillos que buscan la inmediatez y una luminosidad que evita el regodeo en la distorsión como fin último. La motivación del álbum se entrelaza con ese regreso físico a Ottawa, la localidad donde trabajó en una tienda de discos a principios de siglo. Un dato que explica el aire de redescubrimiento que recorre las canciones. Edkins compone aquí como quien rebusca entre vinilos desgastados de power pop y rock universitario y rescata fogonazos que su proyecto principal mantenía ocultos bajo capas de fuzz.
El álbum se abre con ‘Headful of Rain’. Una pieza que comienza con la guitarra desnuda de Edkins y estalla en cuanto la banda completa se suma. Marca un tono de energía compacta que evita dilaciones innecesarias. La letra plantea una sensación de saturación mental, de pensamientos que se acumulan como un aguacero dentro del cráneo. Esa imagen de desbordamiento contrasta con la precisión con que la ejecución instrumental administra los tempos, como si el desorden anímico necesitase un envoltorio férreo para resultar digerible. A continuación, ‘Might See You There’ condensa en poco más de dos minutos un estribillo que se adhiere con la obstinación de un chicle a la suela del zapato. El verso “Drank your Mom’s whiskey until we couldn’t see / it’s been a lifetime I’m still trying to leave” despliega una evocación de recuerdos agridulces donde el alcohol ajeno funciona como catalizador de una nostalgia que el hablante intenta abandonar sin conseguirlo. La velocidad del corte, unida a esa letra que describe una huida estancada, genera una fricción fértil entre la premura del ritmo y la parálisis del sentimiento.
‘Baby Don’t’ introduce un desarrollo más pausado, con una estructura que regresa sobre sí misma hacia el desenlace en lugar de precipitarse. Ahí el intérprete despliega una súplica amorosa envuelta en armonías vocales que remiten a los grupos de la invasión británica pero filtradas por un granulado sonoro que impide que el resultado suene a imitación de museo. El piano y las campanillas que adornan el fondo aportan una textura reluciente que dialoga con la aspereza controlada de la voz. Logran que el tema flote sobre una ambigüedad conseguida: la melodía es dulce, la interpretación contiene un poso de desasosiego. ‘Forever Elsewhere’, por su parte, ralentiza el pulso y se inclina hacia una tesitura que bordea el emo sin llegar a instalarse en sus códigos. La letra aborda la sensación de estar perpetuamente desplazado, de habitar un fuera de lugar existencial que transforma cualquier arraigo en una estancia provisional. El modo en que Edkins alarga las sílabas finales de cada frase melódica refuerza esa impresión de estiramiento temporal, de alguien que observa el presente desde una distancia que le impide habitarlo del todo.
‘Never in Style’ supone uno de los momentos donde el disco abraza de manera más transparente el power pop musculoso, con un riff tintineante que se clava en la memoria y una duración que permite que la canción respire. Modifica su intensidad sin perder tensión. La temática gira en torno a la condición de sentirse perpetuamente fuera de moda. Una afirmación que trasciende lo meramente estético para rozar una postura moral: quien asume su desencaje con las tendencias dominantes está reivindicando un margen en el que la identidad se forja al margen del mercado. Esta dimensión, poco subrayada en las reseñas previas del trabajo de Weird Nightmare, emerge aquí como un ángulo político sutil, una resistencia íntima a la obsolescencia programada de los afectos y los objetos. ‘Pay No Mind’ acelera de nuevo el paso con un ritmo cortante y una letra que confiesa apuros económicos a través del verso más ingenioso del álbum: “I’m so broke, I can’t even pay attention”. El doble sentido entre la escasez material y la incapacidad de concentración funciona como una crítica a la precariedad sin necesidad de subrayados. Es una muestra de cómo Weird Nightmare introduce la realidad material dentro de un formato ligero sin que el conjunto pierda pegada.
El bloque más sereno llega con ‘If You Should Turn Away’. Unas castañuelas marcan un pulso constante sobre el que se despliega la meditación acerca de la posibilidad del abandono afectivo. Es una balada que crece sin estridencias y que demuestra la habilidad de Edkins para frenar el disco sin que la energía se desinfle. Le sigue ‘Little Strange’, la pieza más musculosa del lote. El ADN de METZ asoma brevemente en forma de riffs que golpean con mayor contundencia. Aun así, el enfoque sigue siendo pop: las guitarras mantienen un tono surf que desactiva cualquier riesgo de regresión al ruido puro y convierte la canción en un híbrido con personalidad propia. ‘Bright City Lights’ recupera el brillo más efervescente del álbum con una historia de deslumbramiento urbano que podría leerse como un ajuste de cuentas con las promesas de la gran ciudad, un escenario que fascina y devora a partes iguales. Por último, ‘Where I Belong’ cierra el recorrido con una proclamación de pertenencia que elude cualquier patriotismo naíf para instalarse en el terreno de los vínculos elegidos. Incluye un efecto de panoramización sonora justo antes del último estribillo que simboliza, en el plano auditivo, la ampliación del horizonte que busca quien encuentra su sitio.
Conclusión
Weird Nightmare entrega en 'Hoopla' un catálogo de historias sobre desplazamientos, apuros económicos y amores inestables envueltos en melodías de digestión rápida.

