Cine y series

Alta Costura

Alice Winocour

2025



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Convocar el universo de la moda en el cine suele implicar un despliegue de excesos visuales que, con frecuencia, vacían de sustancia el relato. Alice Winocour, con su película 'Alta Costura', presentada en el Festival de Toronto, opta por un camino inverso y arriesgado: emplea los engranajes de la Semana de la Moda de París como un escenario casi abstracto para explorar la vulnerabilidad. La cineasta francesa, cuya trayectoria previa incluye obras como 'Disorder' o 'Proxima', donde ya examinaba la presión sobre el individuo en contextos extremos, entreteje aquí tres existencias femeninas que orbitan alrededor de un gran desfile. La propuesta, que se aleja de la sátira para abrazar una observación contenida, se convierte en un intento de aprehender las marcas que la enfermedad, la ambición y la precariedad laboral imprimen en la vida de sus protagonistas, aspirando a construir una reflexión pausada sobre la manera en que ciertas coyunturas obligan a redefinir la propia identidad.

La trama se vertebra a través de Maxine, una cineasta estadounidense interpretada por Angelina Jolie, que aterriza en la capital francesa para dirigir una pieza audiovisual para una firma de lujo. La directora del filme dentro del filme recibe una noticia médica devastadora que transforma su estancia profesional en una cuenta atrás privada y angustiosa. En paralelo, la película sigue los pasos de Ada, una joven sudanesa que debuta sobre la pasarela y cuya inexperiencia choca con la frivolidad del entorno, y de Angèle, una maquilladora que canaliza su desencanto a través de la escritura. La directora articula un mosaico donde los problemas de salud de la primera historia adquieren un peso tan palpable que desequilibran la balanza coral. La urgencia de las pruebas médicas y la relación ambigua con su director de fotografía, interpretado por Louis Garrel, acaparan una atención que las otras dos líneas narrativas, pese a su verosimilitud, no consiguen igualar en intensidad dramática, generando una sensación de disgregación en el conjunto.

Angelina Jolie dota a Maxine de una presencia espectral que trasciende la pantalla precisamente por el conocimiento público de sus propias operaciones preventivas. Este factor extratextual impregna cada consulta médica y cada silencio de una carga innegable, aunque la construcción del personaje se limita a registrar el estado de shock en lugar de descomponer las fases de la asimilación del duelo. El guion rodea a la protagonista de un estoicismo que impide asomarse a las aristas más complejas de su psique, un problema que se replica en Anyier Anei y Ella Rumpf. Anei transmite con naturalidad el desarraigo de quien se desplaza desde un país en conflicto a la opulencia occidental, percibiéndose una tensión entre el deber familiar y el deseo de libertad que la trama apenas insinúa. Rumpf, como observadora que aspira a narrar las cicatrices ajenas, funciona como un doble de la cineasta, aunque su subtrama laboral se estanca en un registro demasiado monocorde para sostener la ambición sociológica del guion.

La estructura tripartita aspira a revelar las dinámicas de poder y los abusos silenciosos que rigen la industria textil, desde el maltrato a las costureras hasta la cosificación de los cuerpos adolescentes. Winocour evita sermonear y opta por exponer las humillaciones cotidianas con una sequedad que, en los momentos más logrados, recuerda al cine social que no necesita subrayados musicales para denunciar. Las escenas que muestran los pies destrozados de las modelos o las manos temblorosas de quienes rematan los vestidos de madrugada poseen una fuerza documental considerable. Con todo, la película se queda a medio camino entre la denuncia y la abstracción poética. La voluntad de mantener un tono uniformemente sombrío y elegante impide que estallen los conflictos de clase, raza y género que la obra insinúa, quedando la crítica social supeditada a un preciosismo estético que lima las asperezas necesarias para que la incomodidad cale en el espectador.

Alice Winocour apuesta por un tempo moroso y una cámara que privilegia los rostros y los tejidos, encontrando ecos estilísticos en ciertas derivas del cine de autor europeo cercano a los Dardenne, aunque con un barniz de sofisticación publicitaria. La secuencia culminante, en la que una tormenta irrumpe durante el esperado evento al aire libre, representa visualmente la catarsis anhelada por las protagonistas, pero la realización se deja llevar por el efectismo de las telas ondeando bajo el aguacero. Este desenlace climático subraya la paradoja del proyecto: la búsqueda de la desnudez emocional se viste con los mismos ropajes hipnóticos que supuestamente critica. Al anteponer la contemplación del glamour desbocado a la excavación en los conflictos íntimos, la obra acaba exhibiendo la misma frialdad táctil de un anuncio de alta gama.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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