Cine y series

La canción del samurái

Kazuki Watanabe

2026



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El pasado mes de marzo, la cadena japonesa TBS emitió un evento televisivo de dos noches que adaptaba al formato de imagen real una de las sagas más extensas del manga histórico, 'Chiruran: Shinsengumi Requiem', creada por Shinya Umemura y dibujada por Eiji Hashimoto. Con la dirección de Kazutaka Watanabe y un guion principal supervisado por Masaaki Sakai, la producción aterriza ahora en la plataforma HBO Max bajo el título 'La canción del samurái', con un estreno programado para el 9 de mayo de 2026. La propuesta, una coproducción entre TBS, el servicio de streaming U-NEXT y el estudio THE SEVEN, responsable de las aclamadas adaptaciones de 'Alice in Borderland' y 'Yu Yu Hakusho', se inserta dentro del denominado género jidaigeki, característico por retratar dramas de época ambientados en el Japón anterior a la Restauración Meiji y por sustentar una tradición cinematográfica y televisiva de enorme peso en la industria audiovisual nipona. La serie toma como punto de partida los años convulsos del Bakumatsu, cuando el shogunato Tokugawa se desmoronaba entre facciones que abogaban por la apertura del país y aquellas que defendían un aislacionismo secular recién quebrado por las potencias extranjeras.

Kazutaka Watanabe estructura el primer episodio mediante una fragmentación en capítulos que se suceden a lo largo de varios años, un recurso que le permite dosificar la información histórica sin renunciar al retrato íntimo de la forja de un guerrero. La cámara se demora en los rituales del dojo, en la repetición obsesiva de los movimientos de entrenamiento y en la vestimenta desgastada de los aspirantes, subrayando la idea de que la destreza marcial brota de una disciplina monástica antes que de un estallido de inspiración. El director evita el uso de elipsis abruptas para que el espectador perciba la acumulación del cansancio y la lenta metamorfosis del protagonista, un antihéroe iracundo que ingresa en la escuela sin modales ni contención. Watanabe aplica un tempo deliberadamente pausado en las secuencias de diálogo que contrasta con la velocidad frenética de los duelos, generando una respiración narrativa que impide que la serie se precipite hacia la mera exhibición pirotécnica. Este pulso medido se traduce en una atención minuciosa a los objetos cotidianos, las armaduras desgastadas y el sonido del agua en los jardines de Edo, elementos que refuerzan la atmósfera de una época en trance de desaparición.

La propuesta visual de 'La canción del samurái' bebe de una hibridación estilística entre el realismo propio del jidaigeki televisivo contemporáneo y los códigos del manga de origen, lo que se traduce en un acabado donde conviven la verosimilitud de los escenarios con la estilización de las siluetas recortadas sobre los campos nevados del prólogo. El director de acción Kensuke Sonomura organiza coreografías donde la cámara acompaña la trayectoria de la catana con movimientos envolventes que diluyen la frontera entre el observador y el ejecutante, logrando que cada impacto transmita tanto el coste físico del combate como la plasticidad ritual de un duelo entre samuráis. La serie evita los efectos digitales invasivos y apuesta por una fisicidad tangible en las peleas, con actores que ejecutan largas tomas sin cortes para preservar la continuidad del esfuerzo y la tensión corporal. Los escenarios naturales, desde los puentes de mercaderes atestados de mercancías hasta los bosques de bambú donde el viento agita las hojas con un rumor persistente, aparecen fotografiados con una paleta de colores terrosos que acentúa la sensación de precariedad material del periodo histórico. Esta elección cromática, dominada por los ocres, los azules desteñidos y los verdes musgosos, emparenta la producción con el cine clásico de Masaki Kobayashi, cuyas elegías sobre el ocaso del samurái constituyen un referente inevitable aunque la serie mantenga una identidad propia.

Los personajes que orbitan alrededor del Shieikan dojo componen un mosaico de temperamentos que ilustra las distintas vías de entender el código del bushidō sin caer en la mera ilustración didáctica, una tendencia habitual en las ficciones históricas más convencionales. Okita Soji, interpretado por Kanata Hosoda con una mezcla de afabilidad juvenil y precisión letal con el sable, simboliza la paradoja del guerrero que encuentra en la ternura cotidiana un refugio frente a la brutalidad de su destino. Harada Sanosuke, lacónico y glotón, desprecia la retórica de la lealtad abstracta y se ancla en un sentido práctico de la camaradería que contrasta con el idealismo atormentado de Yamanami Keisuke, el miembro más cerebral del grupo. La serie dedica tiempo a mostrar las sesiones de meditación silenciosa, las conversaciones vespertinas alrededor del fuego y las disputas triviales sobre la comida, pequeños incidentes que solidifican la cohesión del colectivo mucho antes de que la trama los empuje hacia el conflicto armado. Este enfoque coral permite que el espectador entienda la Shinsengumi futura como una hermandad forjada en la rutina doméstica, cuyas fracturas posteriores brotarán precisamente de aquellas diferencias de carácter que en los primeros compases resultan entrañables. El guion de Masaaki Sakai destaca la tensión entre las aspiraciones individuales de ascenso social, encarnadas en el deseo vehemente de un joven Toshizo por ser reconocido como el más fuerte, y el deber colectivo hacia un orden feudal condenado a desintegrarse bajo las presiones de la modernidad.

El conflicto político que vertebra la serie no emerge a través de largos parlamentos expositivos, sino mediante la observación directa de las consecuencias que la descomposición del poder shogunal inflige sobre los cuerpos y las subjetividades de los protagonistas. Las ejecuciones sumarias, los ajustes de cuentas en callejones embarrados y la presencia ominosa de los rōnin desempleados que vagan por la capital configuran un paisaje moral donde la lealtad al señor feudal se transforma en una moneda devaluada por la inestabilidad de las alianzas. La decisión de los aspirantes de ingresar en la academia militar Kobusho representa algo más que una ambición profesional: constituye un intento desesperado por encontrar un anclaje institucional en un mundo cuyas certezas se derrumban con la misma celeridad con la que los barcos extranjeros horadan el aislamiento secular del archipiélago. Este subtexto sociopolítico, tratado con una sutilidad que recuerda a los dramas históricos de Yoji Yamada dedicados al crepúsculo de los samuráis, otorga densidad a una trama que en apariencia se sostiene sobre la sucesión ininterrumpida de combates singulares. La serie insinúa, sin subrayados innecesarios, que la furia de quienes defienden la tradición con la espada se nutre de un terror íntimo ante la llegada de un tiempo histórico donde su código de honor carecerá de función alguna.

La evolución psicológica de Toshizo Hijikata, sobre quien Yuki Yamada construye una interpretación basada en la contención expresiva y en la liberación súbita de la furia durante los enfrentamientos, constituye el eje que articula la progresión dramática del relato. El protagonista abandona paulatinamente su actitud provocadora inicial, nacida del resentimiento social hacia un sistema de clases que condena a los plebeyos a la irrelevancia, para abrazar una noción del honor que excede la mera demostración de fuerza. El guion puntúa este recorrido con episodios que revelan la fragilidad emocional del personaje, como la secuencia en la que contempla en silencio a un niño huérfano que mendiga a las puertas de un templo, una imagen que encapsula la orfandad afectiva que el propio Toshizo arrastra sin verbalizarla jamás. Kondo Isami, encarnado por Nobuyuki Suzuki, funciona como el contrapunto sereno que enseña a su discípulo que la verdadera fortaleza marcial requiere una calma interior incompatible con la rabia que consume al joven espadachín. La relación entre ambos, teñida de un paternalismo contenido que nunca cae en el sentimentalismo, otorga a la serie un poso de melancolía anticipatoria, puesto que cualquier espectador familiarizado con la historia real de la Shinsengumi intuye que la tragedia aguarda a estos hombres cuyo destino quedó sellado por su fidelidad a un régimen agonizante.

El diseño sonoro de la producción contribuye a la inmersión sensorial mediante una economía de recursos que privilegia los sonidos ambientales naturales frente a una banda sonora omnipresente, una decisión que refuerza el realismo documental de las escenas en el campo o en los mercados abarrotados. El viento que azota los cerezos en flor, el crujido de las sandalias de paja sobre la grava y el chasquido seco de los sables al entrechocar sustituyen a los subrayados musicales que en otras ficciones históricas anticipan las emociones que debe sentir la audiencia. Únicamente en los momentos de máxima tensión dramática irrumpe una partitura contenida, compuesta por instrumentos de cuerda tradicionales, que acompaña sin imponerse y que se retira discretamente cuando el relato retorna a la cotidianidad. Esta austeridad sonora, emparentada con la poética del silencio que cultivó Kenji Mizoguchi en sus dramas de época, obliga al espectador a concentrarse en los matices interpretativos y en la comunicación no verbal que transmiten los actores.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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