Review

Kevin Morby - Little Wide Open

Kevin Morby

2026

9.5


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Kevin Morby siempre ha sabido recorrer, a través de su cancionero, las geografías físicas y sentimentales que moldean una existencia. En esta entrega el desplazamiento resulta aún más determinante porque coincide con la inminencia de la paternidad, además del traslado parcial hacia la costa oeste estadounidense. La obra se gestó mientras el músico asumía que su cotidianidad iba a transformarse de manera radical. Esa certeza recorre las trece piezas como un pulso soterrado que nunca estalla en proclamas grandilocuentes. Se filtra en descripciones de autopistas secundarias, cielos descomunales y conversaciones con espectros amistosos. La producción de Aaron Dessner opera mediante la sustracción de capas en lugar de la acumulación, lo que concede a los textos una centralidad inusual dentro del repertorio previo del autor. Permite que cada palabra quede expuesta con una nitidez que a veces incomoda porque desnuda las contradicciones de quien abandona el terruño al mismo tiempo que le profesa una lealtad intacta.

Tres sencillos previos al lanzamiento adelantaron la atmósfera de carretera secundaria y balance crepuscular que domina el conjunto. 'Javelin' funciona como una postal de quienes se aman mientras orbitan el globo en direcciones opuestas, con Amelia Meath aportando una segunda voz que convierte el estribillo en un diálogo entre la euforia del reencuentro y la desorientación de regresar a una vivienda vacía en mitad del continente. La imagen de los eclipses solares y lunares que aparece en esa letra sintetiza el sentimiento de insignificancia cósmica que sobreviene al compartir la vida con alguien cuyo oficio exige desaparecer periódicamente. Morby traslada esa paradoja a una instrumentación acústica que avanza sin prisas, como si cada acorde fuera un kilómetro más en el cuentakilómetros de una ranchera azul. La combinación de euforia contenida y soledad doméstica que respira la canción establece el tono de un álbum donde la dicha y el desarraigo conviven en el mismo pliegue sonoro, sin que ninguno de los dos polos termine de imponerse sobre el otro.

La muerte merodea las composiciones con una familiaridad que solo se adquiere cuando se ha frecuentado demasiado pronto. 'Die Young' convierte esa intimidad con la pérdida en una letanía de agradecimiento por quienes esquivaron el destino trágico que parecía acecharles durante las giras juveniles. El violín de Mat Davidson envuelve las estrofas sin subrayarlas, creando un colchón terso sobre el que Morby enumera accidentes de tráfico, parabrisas reventados y madrugadas en cunetas de Luisiana como quien hojea un álbum de fotografías que milagrosamente sigue abierto. El texto se distancia del lamento elegíaco para acercarse a una forma de plegaria laica que celebra la permanencia sin ignorar el coste del oficio. Esa misma dualidad se traslada a 'All Sinners', donde los amigos fallecidos se reúnen en un paraíso particular alumbrado por la creencia de que el tiempo, ese conductor temerario contra el que forcejeó en discos anteriores, se ha vuelto un aliado con quien vale la pena compartir el asiento del copiloto mientras el paisaje del Medio Oeste desfila por la ventanilla como una película doméstica proyectada a cámara lenta.

La tensión entre la raíz geográfica y la necesidad de escapar de ella articula buena parte del repertorio. En 'Badlands' esa pugna se verbaliza con una precisión que evita tanto la idealización bucólica como el desprecio condescendiente hacia la propia procedencia, un equilibrio complicado que Morby mantiene al describir cómo las sirenas de tornado transforman la aparente calma de la llanura en un aviso de que la violencia meteorológica y la social comparten frecuencia. La participación de Justin Vernon en los coros que imitan esas alarmas añade una capa de extrañeza que refuerza la ambivalencia del mensaje. La letra se detiene en muchachas que hacen girar bastones en desfiles locales y en hermanos que escuchan discos de metal en porches delanteros rodeados de coches deportivos, estampas que el autor maneja con la misma distancia con que William Eggleston fotografía un congelador doméstico, encontrando en lo ordinario un fulgor incómodo que es a la vez hermoso y amenazante.

La segunda mitad del álbum se adentra en terrenos donde la desolación se vuelve casi palpable. 'Cowtown' destila una austeridad sonora que refleja el vacío de un entorno donde, según explicó el propio compositor, la bóveda celeste ocupa tres cuartas partes del campo visual y la presencia de la gente parece un accidente diminuto. Un esqueleto de guitarra acústica y una voz que roza lo espectral bastan para construir un paisaje donde el hastío del adolescente que anhelaba huir se funde con la mirada del adulto que ha regresado para entender qué fue aquello que le empujó a marcharse. La canción, cuyo arranque data de los dieciocho años del autor, encuentra su conclusión dos décadas después como si hubiera necesitado todo ese recorrido vital para cerrar el círculo sin rencor pero también sin nostalgia impostada.

El misterio que encierran las cruces en los arcenes y quienes nunca alcanzaron el destino planeado sobrevuela 'Field Guide for the Butterflies', una pieza que nació de un hallazgo fortuito en una librería de Arkansas y de la visión recurrente de insectos estrellándose contra el parabrisas durante un trayecto solitario por la interestatal 49. Esas mariposas despedazadas se convierten en una imagen de la fragilidad de quienes viven sobre el asfalto, artistas itinerantes encerrados en lo que Lucinda Williams llamó cohetes metálicos. A la vez funcionan como un homenaje a los seguidores que perdieron la vida en accidentes de tráfico cuando se dirigían a un concierto. La melancolía que emana de esta pieza terminal recuerda la quietud resignada de ciertos pasajes de Jason Molina, otro cronista de las soledades norteamericanas, aunque Morby sustituye la desesperanza por una aceptación que no rehúye la crudeza de lo inevitable y que prefiere mirar de frente el surco sangriento que deja la belleza cuando se cruza a destiempo con la velocidad.

El idioma compositivo que articula el cancionero ha ido depurándose hasta encontrar en la sobriedad un vehículo más efectivo que cualquier alarde ornamental. Los arreglos que propone Dessner respetan ese principio al despejar el camino para que las narraciones respiren sin agobios, una decisión que emparenta esta entrega con el 'Wildflowers' de Tom Petty en su búsqueda de una elocuencia despojada de trucos innecesarios. Las armonías vocales de Meath, Vernon o Katie Gavin aterrizan en el momento justo y se retiran antes de saturar. Los violines, las guitarras acústicas y algún teclado apenas esbozado cumplen una función arquitectónica que sostiene los relatos sin competir por la atención del oyente, una muestra de economía expresiva que en el contexto actual de producciones recargadas funciona casi como un acto de resistencia estética.

La pieza que da nombre al disco se despliega a lo largo de ocho minutos como una misiva amorosa donde el autor desmenuza qué significa estar completamente expuesto ante otra persona mientras las canciones de ambos reverberan en públicos masivos, una situación que a priori causa vértigo y que su pareja, Katie Crutchfield, calificó de honesta al reconocer lo extraño que resulta enamorarse de un álbum que habla de una misma. Esa confesión sobrevuela el resto del repertorio y tiñe de una cercanía casi incómoda cada referencia a la convivencia entre dos creadores que pasan la mitad del año en continentes distintos, una circunstancia que el disco aborda sin edulcorantes pero también sin dramatismo, como quien acepta que la distancia es un peaje profesional y que el hogar se reconstruye cada vez que ambos aparcan las guitarras en el mismo vestíbulo.

'Dandelion' inyecta un optimismo luminoso que contrasta con los pasajes anteriores, inspirada por una noche veraniega en un área de servicio de la Ruta 66 donde el autor imaginó a unos adolescentes matando las horas mientras inventaban melodías para soportar la modorra del estío. Ese fogonazo de juventud eterna funciona como un recordatorio de que componer canciones sigue siendo, en esencia, un acto de resistencia contra la fugacidad de las estaciones y los calendarios, un modo de fijar en el aire unos instantes que el viento de la llanura amenaza con disolver antes de que termine el verano. La presencia de lo rural como escenario donde lo hermoso y lo inquietante comparten encuadre se manifiesta también en 'Bible Belt', que toma como referencia el personaje nonagenario que Harry Dean Stanton interpretó en 'Lucky' para reflexionar sobre la muerte desde una perspectiva que rehúye cualquier tentación de solemnidad religiosa y prefiere el escepticismo sobrio de quien ha aprendido a convivir con el final sin necesidad de adornarlo con promesas ultraterrenales.

Conclusión

En 'Little Wide Open', Kevin Morby observa las llanuras, los silos y los cielos descomunales del Medio Oeste con la misma mezcla de extrañeza y pertenencia con que se mira un álbum familiar que todavía sigue abierto.

9.5

Álbum

Kevin Morby - Little Wide Open

Artista

Kevin Morby

Año

2026

Discográfica

Dead Oceans

Tratando de escribir casi siempre sobre las cosas que me gustan.