Cine y series

De puntillas

Peter Hoar

2026



Por -

La imagen del cadáver de Leo Struthers colgando de una farola en Canal Street, mientras su vecino Clive Goss observa desde la distancia y una mujer grita desconsolada, condensa toda la potencia dramática de esta serie. Ese instante brutal, que aparece en los primeros compases, funciona como un imán que atrae hacia sí toda la narración posterior, desarrollada a través de un flashback de diez días que pretende desentrañar los mecanismos que conducen a esa escena. Russell T Davies construye un relato que examina con minuciosidad las fisuras de una sociedad que, pese a los avances legales y sociales de las últimas décadas, sigue albergando corrientes de odio y rechazo hacia las minorías sexuales, y lo hace situando su nueva propuesta para Channel 4, ahora disponible en HBO Max, en el Manchester actual, específicamente en la famosa Canal Street, epicentro de la vida homosexual de la ciudad.

El creador galés, responsable de títulos que han marcado la ficción británica durante las últimas décadas, no se limita a trazar un enfrentamiento maniqueo entre víctimas y verdugos, sino que ahonda en las contradicciones de todos sus personajes para ofrecer una visión mucho más compleja de lo que podría parecer en un primer vistazo. Leo, pese a su aparente seguridad y su posición privilegiada como dueño de un bar frecuentado por el colectivo LGBTQ+, arrastra el cansancio de quien ha luchado durante toda su vida y ahora contempla con desolación cómo los fantasmas del pasado regresan con renovada fuerza, mientras que Clive encarna al hombre corriente que proyecta sobre los demás todas sus insatisfacciones: la precariedad laboral, el deterioro de su matrimonio, la distancia emocional con sus hijos, su incapacidad para comprender un mundo que cambia demasiado deprisa. Morrissey dota a este personaje de una opacidad turbadora, mostrando a un individuo que transita por la vida con la mandíbula apretada y la mirada perdida, mientras su vecino se convierte en el chivo expiatorio perfecto para descargar todas sus frustraciones, y esa construcción psicológica tan cuidada permite que el espectador entienda, aunque no comparta, los mecanismos internos que llevan a un hombre aparentemente normal a cometer un acto de una vileza extraordinaria.

La serie dedica especial atención a las dinámicas familiares que operan en el hogar de Clive, donde sus dos hijos mantienen ocultas sus verdaderas identidades, y ese es uno de los aciertos más notables del guion, porque Davies comprende que el odio hacia lo diferente no surge únicamente de la ignorancia o la maldad, sino que se alimenta de un ecosistema más amplio donde el miedo, la inseguridad y la falta de comunicación generan monstruos cotidianos. George, el menor, asume su homosexualidad con el temor propio de quien intuye que su padre nunca lo aceptará, mientras que Saul, el mayor, canaliza sus impulsos a través de una cuenta de OnlyFans que le proporciona ingresos pero también una sensación de vacío, y estas tramas paralelas refuerzan la tesis central del guionista galés, que consiste en mostrar cómo la represión y el silencio familiar pueden convertirse en caldo de cultivo para la violencia más atroz. El guion, en sus momentos menos afortunados, recurre a discursos explícitos que funcionan como declaraciones programáticas, especialmente en las intervenciones del personaje de Melba, amigo de Leo, que verbaliza con contundencia el retroceso que está sufriendo el colectivo, pero estos excesos retóricos ceden paso a secuencias de mayor sutileza, donde la mirada de Cumming al atravesar la puerta de su casa o el temblor de Morrissey al enfrentarse a la evidencia de que su hijo es homosexual transmiten más que cualquier monólogo.

La dirección de Peter Hoar imprime a la serie una tensión creciente que mantiene al espectador en un estado de inquietud permanente, aunque en ocasiones el artificio narrativo resulte demasiado evidente, porque el recurso al suspense trágico, sabiendo desde el principio el destino de Leo, genera una angustia que impregna cada interacción entre los vecinos, cada palabra pronunciada con doble intención. Hoar explota con habilidad los espacios cerrados, especialmente la vivienda compartida por ambos personajes, convirtiendo el escenario doméstico en un campo de batalla donde las pequeñas humillaciones y los gestos de desprecio van minando cualquier posibilidad de entendimiento, y ese trabajo de dirección resulta especialmente brillante en las escenas donde la cámara se detiene en los rostros de los intérpretes, capturando esa mezcla de odio, miedo y resentimiento que bulle bajo la superficie de una convivencia forzada. El contraste entre la luminosidad artificial del bar de Leo y la penumbra que envuelve el hogar de Clive refuerza visualmente la polaridad entre dos formas antagónicas de entender la vida, aunque la cámara se detiene con igual interés en ambos entornos, evitando caer en la demonización simplista del personaje de Morrissey, porque Davies y Hoar entienden que la grandeza de esta historia reside precisamente en su capacidad para mostrar que el mal puede anidar en el corazón de cualquier hombre corriente.

De puntillas aborda con valentía temas que atraviesan el debate público actual, desde la transfobia hasta el auge de los discursos de odio en internet, pasando por el impacto de las políticas migratorias y la precarización del trabajo, y lo hace sin rehuir las contradicciones internas del propio colectivo LGBTQ+, mostrando las tensiones generacionales y las disputas identitarias que lo atraviesan. La escena en la que el personaje de Zee, una mujer trans interpretada por Iz Hesketh, se enfrenta tanto a la hostilidad de sus compañeros de piso como a la incomprensión bienintencionada de su jefe, sintetiza algunas de estas contradicciones sin resolverlas artificialmente, y esa honestidad a la hora de mostrar las grietas internas de una comunidad que lucha por mantener su cohesión frente a amenazas externas constituye uno de los mayores aciertos de la serie. La inclusión de referencias explícitas a la presidencia de Trump, al Brexit o a los algoritmos que radicalizan las opiniones políticas sitúa la ficción en un territorio deliberadamente contemporáneo, renunciando a cualquier atisbo de atemporalidad en favor de una urgencia que roza lo panfletario en sus momentos más flojos, aunque la fuerza de las interpretaciones y la solidez del material dramático compensan esos excesos retóricos.

El reparto, encabezado por dos intérpretes de trayectoria consolidada, sostiene con solvencia las exigencias del material, y es precisamente en los duelos interpretativos donde la serie alcanza sus cotas más altas, porque Cumming logra transmitir la fragilidad de un hombre que ha construido su identidad en torno a la visibilidad y ahora se ve obligado a retroceder, mientras que Morrissey compone un retrato del hombre común atrapado en sus propios prejuicios, que despierta tanto repulsión como una compasión amarga. Los actores jóvenes, especialmente Jackson Connor como George e Iz Hesketh como Zee, aportan frescura y matices a unos personajes que podrían haber quedado reducidos a meros arquetipos, y esa apuesta por un reparto coral, donde cada intérprete tiene su momento de brillo, demuestra la confianza de Davies en la capacidad de sus actores para transmitir la complejidad de unos personajes que nunca son del todo buenos ni del todo malos. La partitura musical acompaña la acción con un pulso inquietante, aunque en ocasiones subraya en exceso las intenciones del director, restándole ambigüedad a determinadas escenas, pero ese pequeño defecto se ve compensado por la atmósfera opresiva que consigue crear, esa sensación de que en cualquier momento puede estallar la tragedia que ya sabemos que va a ocurrir.

El título original, Tip Toe, adquiere pleno sentido cuando el personaje de Melba explica que ya no entra en las habitaciones con la exclamación triunfal de antaño, sino que camina de puntillas por miedo a ser descubierto, y esa imagen condensa el desplazamiento que Davies denuncia: la pérdida de la seguridad ganada durante décadas, el retorno a una posición defensiva que muchos creían superada. La serie empuja a sus personajes hacia un desenlace que, por anunciado desde el principio, resulta aún más desolador, y esa violencia final, mostrada con crudeza pero sin gratuitidad, pretende sacudir la conciencia del espectador y recordarle que el odio, cuando encuentra un caldo de cultivo propicio, puede manifestarse en cualquier calle, en cualquier farola, en cualquier casa de cualquier ciudad. Davies ha construido un relato que funciona como un espejo deformante de nuestra propia sociedad, mostrando con una claridad meridiana cómo el miedo al diferente puede transformarse en violencia cuando las circunstancias personales y el contexto social se alinean para crear la tormenta perfecta, y ese retrato sin concesiones de la realidad contemporánea convierte a De puntillas en una de las propuestas más incisivas y necesarias de la ficción británica de los últimos años, una obra que se queda grabada en la memoria mucho después de que los créditos finales hayan desaparecido de la pantalla.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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