Cine y series

El mapa de los anhelos

Laura M. Campos, Gemma Ferraté

2026



Por -

Alice Kellen, seudónimo tras el que se oculta la escritora valenciana Silvia Hervás, ha construido una carrera literaria vertiginosa con una veintena de títulos publicados en poco más de una década. Netflix, fiel a su estrategia de trasladar a la pantalla los fenómenos editoriales del momento, ha seleccionado una de sus obras más celebradas para engrosar su catálogo de producciones españolas. Laura M. Campos y Gemma Ferraté comparten la responsabilidad de la dirección en esta miniserie de seis episodios que se estrena con la vitola de haber conquistado a miles de lectores antes de llegar al formato audiovisual. La adaptación, escrita por Isa Sánchez, afronta el reto de condensar la esencia de una novela coral sin perder los matices que la convirtieron en un éxito de ventas.

La premisa que articula la ficción resulta sencilla en apariencia pero contiene derivadas complejas. Greta, interpretada por Alícia Falcó, carga con el peso de haber nacido para salvar a su hermana Lucy, encarnada por Georgina Amorós, enferma de leucemia desde la infancia. El trasplante de células madre que Greta donó a su hermana prolongó la vida de Lucy durante dos décadas, aunque la enfermedad terminó imponiéndose a la ciencia. Esta deuda vital que Greta siente con su hermana fallecida constituye el motor de una historia que explora las consecuencias de sentirse herramienta al servicio de otra existencia. La aparición de Will Tucker, personaje al que da vida Pablo Álvarez, irrumpe en la vida de Greta portando un juego de madera que Lucy diseñó antes de morir, una suerte de gincana sentimental que obliga a la protagonista a enfrentar su duelo mientras descubre aspectos desconocidos de la relación con su hermana.

'El mapa de los anhelos' estructura su relato en torno a ese juego póstumo que funciona como dispositivo narrativo para guiar a los personajes por un recorrido físico y sentimental. Cada prueba que Greta y Will deben superar representa una estación en el proceso de elaboración de la pérdida, aunque el guion recurre con demasiada frecuencia a desenlaces predecibles que restan capacidad de sorpresa al conjunto. La serie se apoya en las voces en off de los protagonistas para exponer sus estados anímicos, una decisión que evita malentendidos sobre las motivaciones de los personajes pero que reduce la autonomía interpretativa del espectador. El cuarto episodio introduce un giro al adoptar la perspectiva de Will, desvelando un trauma infantil que otorga densidad a un personaje que en los primeros capítulos parecía cumplir únicamente la función de acompañante romántico.

La gestión del duelo atraviesa toda la ficción como un motivo recurrente que la distingue de otras propuestas del género. Greta mantiene conversaciones cotidianas con la figura de su hermana, que aparece en pantalla con total naturalidad, sin concesiones al terror ni a lo sobrenatural. Esta elección formal permite a la serie mantener presente a Lucy como influencia constante en las decisiones de los demás personajes, aunque el abuso de este recurso acaba por diluir su efectividad dramática. La familia de Greta refleja distintas formas de encarar la ausencia. Su madre, Rosi, interpretada por Laia Marull, permanece sumida en una depresión que la mantiene aislada del mundo. Su padre se refugia en el trabajo como mecanismo de evasión. El abuelo, al que da vida Ramón Barea, se erige en voz de la experiencia y la entereza estoica frente a los golpes del destino.

Las localizaciones escogidas para el rodaje, que transcurre en paisajes de Cataluña, buscan una apariencia internacional que podría confundirse con cualquier entorno rural de Estados Unidos. Esta decisión, sumada a los nombres anglosajones de los personajes, responde a la vocación global de Netflix y a la pretensión de universalizar una historia que, por su planteamiento, podría haber arraigado con igual fuerza en un contexto español reconocible. La serie utiliza las canciones como elemento de apoyo a la acción, una herramienta que funciona con desigual fortuna según los momentos. La banda sonora acompaña las secuencias más emotivas con un protagonismo que en ocasiones resulta excesivo, como si los responsables de la ficción desconfiaran de la capacidad del relato para conmover por sí mismo.

Los secundarios, entre los que figuran Llum Barrera y Mario de la Rosa, aportan solidez a un conjunto que se beneficia de algunas interpretaciones destacadas. Georgina Amorós, pese a su limitado tiempo en pantalla, imprime al personaje de Lucy una calidez que justifica el apego que los demás sienten hacia ella. Ramón Barea ofrece una lección de contención en un papel que podría haber caído en el caricaturesco de no ser por su oficio. La química entre Alícia Falcó y Pablo Álvarez funciona en los momentos de intimidad, aunque la serie no logra escapar completamente de los arquetipos del género. El personaje de Will, que inicialmente parece diseñado como el típico salvador masculino, gana complejidad cuando la narración desvela sus propias heridas, estableciendo un paralelismo con el dolor de Greta que enriquece la relación.

La dirección de Laura M. Campos y Gemma Ferraté muestra un dominio del ritmo narrativo que mantiene el interés a lo largo de los episodios, aunque ciertas decisiones de puesta en escena resultan discutibles. La secuencia del quinto episodio en la que madre e hija se reconcilian utiliza un espejo para poner en duda la propia idea de unidad que la dramaturgia propone, un recurso que delata cierta indecisión en el enfoque. La serie se mueve con comodidad en el terreno del melodrama romántico sin atreverse a explorar las aristas más incómodas de su premisa, prefiriendo la seguridad de los giros anunciados a la incomodidad de las verdades incómodas. La miniserie evita cualquier desvío del esquema previsto, desde la carrera de coches que evoca el cine juvenil clásico hasta los diálogos que escupen frases de autoayuda.

'El mapa de los anhelos' se inscribe en la tendencia de Netflix de adaptar best-sellers literarios como garantía de audiencia, una estrategia que ha dado resultados desiguales en el catálogo de la plataforma. La serie se beneficia de contar con un material de partida que ya ha demostrado su capacidad para conectar con un público amplio, aunque la traslación al formato audiovisual impone simplificaciones que los lectores de la novela echarán en falta. La agilidad del montaje y la duración contenida de los episodios favorecen un consumo rápido que encaja con los hábitos de visionado contemporáneos, pero esta misma ligereza impide que la serie desarrolle aspectos que en el papel disponían de más espacio.

La ficción aborda la culpa del superviviente y la dificultad de forjar una identidad propia después de haber estado tan ligado a otra persona. Greta debe aprender a separar su vida de la sombra de Lucy, y la serie acierta al describir ese proceso en sus momentos más logrados, cuando la protagonista entiende que su existencia merece continuar más allá del propósito que la trajo al mundo. Aunque el componente romántico amenaza con desequilibrar el conjunto, la serie sostiene esa idea central con suficiente firmeza como para que el viaje de Greta prevalezca sobre los convencionalismos del género.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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