Cine y series

Heartstopper para siempre

Alice Oseman

2026



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Alice Oseman, creadora y guionista de 'Heartstopper', asume el reto de trasladar su universo a la gran pantalla con la colaboración de Wash Westmoreland. La serie, que durante cuatro temporadas había cosechado éxitos, se despide con un largometraje que busca dar un cierre solemne a la historia de Nick y Charlie. El salto del ritmo pausado y entrecortado de los episodios televisivos a la continuidad de un filme de dos horas se convierte en uno de los mayores obstáculos estructurales de esta despedida, porque la fuerza de 'Heartstopper' siempre estuvo en la suma de pequeños momentos que creaban una conexión entre los personajes. Además, la industria del entretenimiento apuesta ahora por finales grandiosos para sus franquicias más queridas, lo que coloca a este proyecto en una disyuntiva: contentar a los seguidores sin renunciar a la modestia que lo definió desde el principio.

Nick y Charlie encaran su último año juntos en el instituto Truham, una divisoria temporal que separa sus vidas entre lo conocido y lo incierto. Nick se prepara para la universidad, mientras Charlie asume responsabilidades como delegado de alumnos y fundador de un club para estudiantes queer. Esta divergencia en sus trayectorias genera tensiones que la película explora con cierta torpeza narrativa, alternando momentos de vínculo sincero con otros que parecen solventar los conflictos con demasiada rapidez. La ansiedad de Nick, que en los compases iniciales del filme se manifiesta como un consumo problemático de alcohol, desaparece casi por arte de magia cuando encuentra refugio en un centro de rescate animal, un cambio que resulta poco convincente en su ejecución. Charlie, por su parte, lidia con los fantasmas de un trastorno alimenticio que ya asomó en temporadas anteriores, aunque el tratamiento de este asunto adolece de la misma superficialidad, y se encauza mediante encuentros fortuitos con personajes que parecen diseñados exclusivamente para su función sanadora. La pareja protagonista queda sometida a un escrutinio de sus sentimientos que el guion no siempre sabe manejar con la sutileza necesaria.

Tao y Elle, que constituían el segundo eje romántico de la serie, aparecen apenas esbozados, sin que se indague en las causas de sus desavenencias. Esta omisión resulta especialmente notoria si se considera el tiempo que la narrativa invirtió antes en construir sus personalidades y conflictos particulares. Darcy, la compañera no binaria que protagonizó momentos clave en el capítulo final de la tercera temporada, queda reducida a una transformación estética superficial. Solo Tori, la hermana de Charlie, logra articular un discurso memorable sobre su relación asexual, y aporta al filme una reflexión que va más allá del mero entretenimiento juvenil. El resto de integrantes del grupo, incluida la siempre divertida Imogen, se limitan a intervenciones breves que mantienen el tono cómico pero no contribuyen al desarrollo argumental, con lo que se desaprovecha el valioso universo de diversidad que la serie construyó con tanto esmero.

Los aspectos políticos y sociales del relato se hacen presentes de forma necesaria pero también forzada. Elle, la amiga trans del protagonista, pronuncia un discurso sobre la deriva conservadora en materia de derechos LGTBQ+ que, aunque veraz en su contenido, aparece insertado sin la preparación narrativa que merecería un asunto de tal calado. Esta urgencia por posicionarse en el debate contemporáneo revela cierta inquietud por parte de los creadores, como si temieran que la audiencia no percibiera la relevancia política de su propuesta. El club Pride que Charlie impulsa en el instituto sirve de vehículo para que el profesor Ajayi ofrezca una reflexión sobre la desobediencia necesaria en entornos hostiles, un momento de lucidez que conecta con la tradición de resistencia del colectivo. Ahora bien, esta voluntad pedagógica choca con el tono edulcorado del conjunto, y genera una tensión entre el mensaje y el medio que el filme nunca llega a zanjar.

Uno de los aspectos más comentados es la representación de la intimidad física, y no es para menos. La serie dejó atrás cierta timidez inicial para mostrar escenas de sexo entre los protagonistas que, sin llegar al explícito, resultan más atrevidas que en temporadas anteriores. Este cambio responde quizás a las críticas que señalaban la falta de realismo en el tratamiento de la sexualidad adolescente, aunque el resultado final mantiene una coreografía demasiado pulcra que dista del desaliño característico de los primeros encuentros juveniles. La decisión de que Nick y Charlie exploren dinámicas sexuales diversas parece más un guiño a las discusiones dentro de la comunidad queer que un desarrollo natural de los personajes. La puesta en escena de estas secuencias, con planos aéreos que garantizan la ausencia de espectadores involuntarios, delata una preocupación por no ofender sensibilidades que limita la verosimilitud del conjunto, y mantiene a los protagonistas en una burbuja de seguridad que contradice la supuesta madurez que se les atribuye.

La nostalgia impregna toda la película, que recurre con frecuencia a flashbacks de los momentos más emblemáticos de la relación de Nick y Charlie. Esta estrategia, que podría interpretarse como un homenaje a los seguidores de la franquicia, revela cierta falta de confianza en la fuerza de la nueva narrativa, como si los creadores dudaran de que el material fresco pudiera emocionar tanto como el ya conocido. La visita a la playa donde se declararon novios o la recreación de escenas invernales que evocan episodios anteriores convierten el filme en una especie de compilación de lo mejor de la serie, y restan impulso a la trama principal. Esta opción, que prioriza la celebración del pasado sobre la exploración del futuro, conecta con el tema central del miedo a crecer y la dificultad de soltar lo conocido, aunque el exceso de guiños al espectador termina por saturar la experiencia.

Westmoreland confiere un tono más melancólico que sus predecesores, y se distancia del optimismo desbordante que caracterizó a la serie. Las animaciones características de corazones y fuegos artificiales todavía aparecen, pero con menor frecuencia, como si la edad de los personajes exigiera una contención sentimental que contradice su naturaleza juvenil. Esta sobriedad inesperada funciona en ocasiones, especialmente cuando retrata la incertidumbre de Nick ante un futuro sin Charlie como centro de su vida, pero en otros momentos lastra el ritmo de una historia que siempre encontró su fuerza en la energía contagiosa de sus protagonistas. Las interpretaciones de Connor y Locke sostienen el peso dramático con solvencia, sobre todo la del primero, que dota a Nick de una vulnerabilidad que va más allá del arquetipo de deportista sensible que encarnó en temporadas anteriores. La química entre ambos sigue siendo el principal activo del filme, aunque el guion no siempre les ofrece el material necesario para lucirla en toda su extensión. Al fin y al cabo, 'Heartstopper' se despide con una película que, pese a sus altibajos, conserva el espíritu de sus inicios y encuentra en la conexión de sus protagonistas el mejor argumento para un cierre que, sin ser redondo, resulta sincero.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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