Cine y series

Magallanes

Lav Diaz

2025



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Lav Diaz ha construido una carrera marcada por la duración extrema de sus obras y una mirada pausada que convierte cada fotograma en una meditación sobre el tiempo histórico. Con 'Magallanes', el realizador filipino se enfrenta a un relato de dimensiones épicas protagonizado por Gael García Bernal, que aborda la figura del navegante portugués desde una perspectiva que desmonta cualquier intento de glorificación. La producción, coprotagonizada por Portugal, España, Francia y Filipinas, se presentó en la sección Cannes Premiere del festival francés y supone una incursión en el cine de época con un presupuesto visiblemente superior al de sus trabajos anteriores, aunque sin renunciar a su característico ritmo contemplativo. Los 160 minutos de metraje resultan breves dentro de su filmografía, pero mantienen esa densidad narrativa donde la acción sucede en los márgenes y el espectador habita cada escena con una paciencia casi ritual, alejada del vértigo de las producciones convencionales sobre exploradores.

La imagen inicial condensa todo el conflicto posterior: una mujer desnuda descubre a un hombre blanco y corre a alertar a su tribu con la certeza de que los dioses han respondido sus plegarias, pero ese entusiasmo primigenio se transforma en una carnicería cuando los portugueses arrasan la aldea de Malacca. Diaz prefiere mostrar el resultado de la matanza, cadáveres esparcidos por el suelo y soldados que atraviesan el escenario con indiferencia, en lugar de exhibir el momento exacto de la violencia, una decisión formal que atraviesa toda la cinta y convierte la ausencia de sangre explícita en un mecanismo de denuncia más efectivo que cualquier recreación gráfica. Magallanes aparece en esos compases como un soldado más, joven y taciturno, observando las consecuencias de una conquista que todavía no comprende del todo, mientras su superior Albuquerque pronuncia largos parlamentos sobre la geopolítica de la expansión europea antes de caer borracho en el barro, una imagen que retrata a los colonizadores con una mezcla de ridiculez y peligrosidad que sostiene el tono de todo el relato.

La narración retrocede y avanza para cubrir los quince años que separan aquella masacre de la muerte del explorador en la isla de Mactán, estructurando la historia en bloques que podrían leerse como capítulos de una vida sin etiquetas simplificadoras. La primera parte se detiene en la relación con Beatriz, su esposa en Portugal, una mujer que aguarda en tierra firme mientras su marido persigue rutas comerciales y sueños de grandeza, y ese tiempo de espera, filmado con la misma parsimonia que las travesías, convierte a Beatriz en un fantasma doméstico que paga el precio de la ambición colonial. El núcleo dramático llega cuando Magallanes convence a la corona española para financiar su expedición hacia las Molucas, y la travesía de tres años ocupa buena parte del metraje permitiendo a Diaz desplegar su repertorio formal con mayor libertad: planos fijos, ausencia total de música, paisajes marítimos que apenas cambian salvo en la textura de la luz, todo contribuye a transmitir la monotonía y el agotamiento de una tripulación sometida a condiciones extremas. El personaje de Bernal endurece su carácter conforme avanzan los días, y las decisiones que toma a bordo, como el juicio sumario a un marinero acusado de sodomía, revelan a un hombre que utiliza la disciplina como expresión de una crueldad que el filme nunca justifica ni explica, prefiriendo mostrar los cuerpos que caen al mar y las caras desencajadas de los supervivientes.

El regreso a Filipinas sitúa a Magallanes como líder de una expedición que pretende establecer alianzas con los jefes locales, y Diaz dedica varios pasajes a las negociaciones entre el explorador y el soberano de Cebú, que acepta el bautismo cristiano a cambio de apoyo militar contra sus enemigos. El director filma estas escenas con un respeto palpable hacia los nativos, a los que otorga la palabra y la capacidad de maniobra, aunque el resultado final sea siempre la imposición de una lógica extranjera que convierte al protagonista en un misionero forzoso empeñado en someter a los que se resisten. Su muerte en Mactán a manos de las tropas de Lapu-Lapu se presenta como un castigo merecido, pero Diaz evita cualquier triunfalismo y muestra cómo la colonización que inició continúa su curso imparable más allá de la caída del individuo. El personaje de Enrique, un esclavo malayo que Magallanes compra y que le acompaña durante toda la película, funciona como contrapunto silencioso de esa deriva, aprendiendo las costumbres europeas y actuando como traductor hasta que su identidad se fractura bajo el peso de la dominación, y cuando recupera su lengua original, el filme sugiere que el proceso de descolonización resulta largo y doloroso sin ofrecer consuelo fácil.

Lav Diaz utiliza una fotografía de Artur Tort que rescata los verdes de la selva y los azules del mar como elementos vivos dentro del encuadre, y el color, lejos del blanco y negro que caracteriza otras obras del director, aporta una dimensión pictórica a cada plano sin distraer de la crudeza política subyacente. El tratamiento de la religión merece atención, porque Magallanes se obsesiona con la conversión hasta descuidar el objetivo comercial del viaje, y Diaz retrata ese fervor como una extensión de la violencia colonial que utiliza la fe como coartada para el sometimiento, mostrando a los indígenas con capacidad para resistir y traicionar según sus propios intereses. Esa complejidad convierte a 'Magallanes' en un relato sobre el poder y sus mecanismos de perpetración, una reflexión sobre cómo las ideas de civilización ocultan siempre proyectos de dominación, y el realizador filipino aborda el tema con la autoridad de quien conoce las heridas de su país desde dentro. La decisión de rodar en color y limitar la duración a dos horas y cuarenta minutos sugiere un intento de llegar a espectadores que quizás se sentían intimidados por sus obras anteriores, pero el ritmo sigue siendo deliberadamente lento y las batallas se resumen en planos de cadáveres, una apuesta que frustra a quienes esperen un biopic al uso pero que confirma el talento de un cineasta que ha hecho de la lentitud su principal herramienta narrativa.

'Magallanes' despoja al explorador de su leyenda para mostrar un retrato seco de la ambición colonial, sin concesiones al héroe ni al mártir, y convierte el océano en un personaje más. La estructura tripartita del filme abarca la conquista de Malacca, la travesía hacia oriente y la caída en Mactán, con una mirada que privilegia las consecuencias sobre las acciones directas. El personaje de Enrique funciona como espejo del mestizaje forzado, mientras la relación con Beatriz añade una dimensión doméstica que contrasta con la brutalidad del relato principal. La fotografía de Artur Tort y la decisión de Diaz de abandonar el blanco y negro otorgan al filme una textura pictórica que no oculta la crudeza política subyacente.

Crítica elaborada por Estela Schiaffino

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