Cine y series

I Love Peru

Hugo David, Raphaël Quenard

2025



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La sección Trends del Atlàntida Mallorca Film Fest 2026 acogió una propuesta que desdibuja las fronteras entre el documental y la ficción con una insolencia poco habitual. 'I Love Peru' llega firmada por Hugo David y Raphaël Quenard, dos creadores franceses que convierten la cámara en un arma arrojadiza contra el propio oficio cinematográfico y sus pretensiones redentoras. El largometraje nace como un proyecto inicialmente concebido para el cortometraje, una anécdota de viaje que se expande hasta convertirse en un artefacto incómodo donde la realidad y el artificio se confunden deliberadamente. La película registra el periplo de un actor francés que, tras haber quemado todos los puentes en su país natal a causa de una personalidad insoportable, decide emprender un viaje espiritual a Perú en busca de una iluminación que parece escaparle sistemáticamente. Lo que podría haber sido un relato de crecimiento personal se transforma en una disección despiadada del turismo emocional contemporáneo y la apropiación cultural occidental.

El protagonista, interpretado por el propio Quenard, encarna a un artista que ha confundido el éxito con la razón y la fama con la sabiduría. Su caída en desgracia profesional y personal lo empuja hacia los Andes con la esperanza de que un cambio de escenario geográfico opere una transformación interior que ni el psicoanálisis ni el reconocimiento público lograron proporcionarle. La cinta aprovecha esta premisa para construir una sátira que se alimenta de la contradicción permanente entre las aspiraciones trascendentales del viajero y la realidad prosaica que encuentra a su llegada. Quenard se permite el lujo de ridiculizar su propia imagen pública, ofreciendo una versión hiperbólica de sí mismo que funciona como espejo deformante de ciertas tendencias artísticas contemporáneas. El actor francés transita por paisajes imponentes mientras sostiene discursos vacíos sobre la energía del universo y la sanación chamánica, generando un contraste grotesco con la geografía que lo acoge, majestuosa e indiferente a sus pequeñas crisis existenciales.

David y Quenard despliegan una estrategia narrativa que debe tanto al falso documental como a la autoficción más radical. La película incorpora interacciones con personas reales que desconocen el artificio cinematográfico, lo que otorga a las escenas una tensión particular, una incomodidad que trasciende la pantalla y alcanza al espectador. Los habitantes locales, los paisajes andinos y los rituales milenarios operan como telón de fondo sobre el cual el protagonista proyecta sus fantasías de redención, sin que estos elementos pierdan su autonomía ni se plieguen a sus expectativas. La dirección opta por una estética deliberadamente tosca, cercana al vídeo doméstico, que contradice la grandilocuencia de los discursos pronunciados por el protagonista. Esta elección formal resulta esencial para comprender las intenciones de los realizadores, que utilizan la imperfección técnica como herramienta crítica frente a la soberbia intelectual de su personaje principal.

Las apariciones de figuras reconocidas del cine francés, como Jonathan Cohen o Marina Foïs, contribuyen a difuminar aún más los límites entre lo real y lo ficticio. Estos actores interpretan versiones distorsionadas de sí mismos, observando con estupor y desasosiego el progresivo deterioro profesional y emocional de su colega. La cinta construye así un universo donde la frontera entre la persona pública y el personaje ficticio se vuelve porosa, invitando al espectador a participar en un juego de espejos que cuestiona la propia naturaleza de la representación cinematográfica. La película se permite además guiños a ciertos referentes del cine de exploración geográfica y psicológica, estableciendo un diálogo irónico con aquellas obras donde el enfrentamiento entre el hombre occidental y la naturaleza sudamericana derivaba en tragedia o locura. Aquí, sin embargo, la escala se reduce drásticamente: el conflicto no enfrenta al individuo con la selva o la montaña, sino con su propia vacuidad.

El tratamiento del Perú como escenario resulta especialmente revelador. Los realizadores evitan cualquier tentación exotista o folclórica, negándose a convertir el país andino en un simple decorado para el viaje iniciático del protagonista. La cinta muestra una conciencia aguda sobre los mecanismos de apropiación cultural que suelen acompañar este tipo de expediciones espirituales, desmontando con ironía la idea de que cambiar de latitud pueda resolver conflictos internos enquistados. Los personajes peruanos que aparecen en pantalla mantienen su dignidad y su distancia, observando al extranjero con la perplejidad que merece alguien que ha confundido el turismo con la iluminación. Esta mirada devuelve al protagonista su verdadera dimensión, reduciéndolo a la figura patética de un hombre que busca desesperadamente un sentido que solo puede encontrarse en el interior, nunca en el paisaje por más imponente que este resulte.

El montaje requirió treinta y ocho semanas de trabajo para extraer un relato coherente del material acumulado durante la grabación, lo que revela la complejidad de un proyecto que aparenta espontaneidad pero esconde una construcción minuciosa. La película mantiene un equilibrio precario entre la comedia y el drama, entre la vergüenza ajena que provocan las acciones del protagonista y la compasión que suscita su evidente desamparo. Quenard demuestra una valentía interpretativa notable al prestar su nombre y su rostro a un personaje tan antipático, evitando caer en la caricatura y manteniendo siempre una humanidad que impide que el espectador lo abandone por completo. La obra funciona como un recordatorio implícito de que la búsqueda de autenticidad en parajes remotos suele ocultar una incapacidad para enfrentar la propia realidad cotidiana, un mensaje que resuena con especial fuerza en una época obsesionada con el bienestar y la autorrealización inmediata.

Crítica elaborada por Emma Castillo

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