Muriel d'Ansembourg, realizadora neerlandesa formada en Londres, afronta su ópera prima con una propuesta que transita los márgenes de la industria cinematográfica para instalarse en el corazón de un debate contemporáneo. La cinta, rodada en Inglaterra y producida entre Países Bajos, Bélgica y Francia, llegó a la sección Perspectives de la Berlinale antes de su inclusión en el Atlàntida Mallorca Film Fest, donde se presentó dentro de la sección Trends. La cineasta, que ya había explorado las contradicciones de la sexualidad en pantalla con su cortometraje 'Fuck-a-Fan', construye ahora un relato de iniciación que sitúa a un adolescente en el epicentro de una industria doméstica de contenido para adultos. La propuesta se aleja de la provocación gratuita para articular un discurso sobre la construcción de la mirada masculina y sus consecuencias en las relaciones afectivas.
Alec, el joven protagonista interpretado por Caolán O'Gorman, arrastra una existencia marcada por la cotidianidad de lo excepcional. Su padre Dylan, encarnado por Andrew Howard, produce y protagoniza películas pornográficas en el hogar familiar, y el chico asume las tareas de cámara y edición con una naturalidad que oculta su verdadero coste emocional. La dinámica paterno filial se sostiene sobre un acuerdo tácito donde la complicidad profesional solapa cualquier atisbo de cuestionamiento. Cuando Alec conoce a Nina, una compañera de instituto con conciencia feminista muy desarrollada, el frágil equilibrio de su universo comienza a resquebrajarse. Safiya Benaddi interpreta a esta joven que desmonta con preguntas lo que para el protagonista constituye una realidad incuestionable. La atracción entre ambos se convierte en el vehículo para explorar las tensiones entre una educación sentimental forjada en el consumo de pornografía y la búsqueda de una intimidad genuina.
El guion de d'Ansembourg despliega múltiples frentes narrativos que evidencian su ambición por abarcar las aristas del problema. La relación entre Dylan y Alec refleja un patriarcado que se reproduce en los espacios domésticos, donde el padre ejerce una influencia deformante sobre la sexualidad del hijo. Dylan representa la pervivencia de un modelo industrial que reduce el sexo a rendimiento y mercancía, mientras que Lizzie, la actriz porno interpretada por Alessa Savage, encarna las contradicciones de quienes participan en ese sistema sin renunciar a una conciencia crítica. La película dedica atención a las condiciones laborales de las mujeres en este tipo de producciones caseras, mostrando cómo la precariedad económica y la ausencia de regulación facilitan situaciones de abuso. La escena del pulpo, en la que Dylan impone a Lizzie una práctica denigrante para aumentar las visualizaciones, expone la deriva del personaje hacia una violencia que hasta entonces permanecía velada.
El tratamiento de la mirada constituye uno de los aciertos más relevantes de la película. Alec filma las escenas de su padre siguiendo indicaciones precisas sobre qué partes del cuerpo resultan más rentables, y esa fragmentación del deseo condiciona su manera de aproximarse a Nina. Cuando ambos intentan consumar su primer encuentro sexual, el muchacho repite los patrones aprendidos detrás de la cámara, fijando su atención en zonas concretas y evitando el contacto visual. La directora subraya así la distancia entre la pornografía como espectáculo y el sexo como comunicación, estableciendo una reflexión sobre cómo el cine mismo puede perpetuar o subvertir esas dinámicas. La fotografía de Myrthe Mosterman acentúa estos contrastes mediante una paleta desaturada en los exteriores costeros que se contrapone a la luz artificial y estridente de los interiores donde se ruedan las escenas. La partitura electrónica de los hermanos Galperine acompaña esta dualidad con texturas que oscilan entre la sensualidad y la incomodidad.
El feminismo de Nina funciona como catalizador de las contradicciones del protagonista, pero d'Ansembourg evita construirla como una figura de corrección política sin fisuras. La joven mantiene una relación ambivalente con su madre, una coach de vida feminista cuya presencia en el relato resulta más funcional que orgánica. El diálogo entre Nina y Lizzie constituye el momento más lúcido del guion, al confrontar el activismo teórico de la adolescente con la experiencia práctica de quien sobrevive en una industria explotadora. Lizzie le explica que la pornografía no inventó la opresión femenina, aunque la explote con particular crudeza, y esa matización introduce una complejidad que el resto del metraje no siempre sostiene. La pelea entre padre e hijo utilizando consoladores de látex inyecta un tono casi absurdo que alivia la densidad temática sin desactivar por completo la tensión acumulada. La película coquetea con el melodrama en varios momentos, como cuando Alec comete un error garrafal en su primera interacción física con Nina, pero la química entre los dos intérpretes principales logra sostener la verosimilitud del vínculo.
D'Ansembourg aborda cuestiones como el acoso escolar, la presión de grupo y la influencia parental, pero el desarrollo de estas subtramas resulta desigual. Los compañeros de instituto que descubren la actividad familiar de Alec aparecen y desaparecen sin que sus acciones generen consecuencias proporcionadas a su presencia en pantalla. El trabajo práctico sobre adicción al sexo online, que sirve de excusa para emparejar a los protagonistas, queda diluido en la trama amorosa y apenas recupera su función narrativa inicial. La directora maneja con mayor soltura el espacio doméstico, donde la convivencia entre la vida familiar y la producción pornográfica adquiere una rutina inquietante. La casa familiar se convierte en un plató permanente, y esa invasión de lo profesional sobre lo privado moldea la psicología de Alec hasta hacerle difícil distinguir entre ambos ámbitos. La ausencia de la madre, también actriz porno fallecida, planea como un fantasma que Dylan idealiza para justificar su propio comportamiento.
El tramo final de la cinta inclina la balanza hacia una condena explícita de la industria pornográfica que desdibuja la ambigüedad mantenida durante los primeros compases. La decisión unilateral de Dylan de modificar el tipo de contenido que filma provoca el rechazo de todo su entorno, y la película parece respaldar esa postura sin matices. El desenlace, que muestra el apagado de toda grabación audiovisual de actos sexuales incluso aquellos consentidos y privados, refuerza un mensaje de prevención que simplifica la complejidad del asunto. Lo que comenzó como una exploración de contradicciones termina convertido en una advertencia sobre los peligros del acceso precoz a contenidos para adultos. Esta deriva didáctica resta fuerza a las preguntas que el relato había planteado sobre la posibilidad de una pornografía femenina y la capacidad de los jóvenes para desarrollar un criterio propio frente a los estímulos sexuales. La película deja sobre la mesa la necesidad de educar la mirada, pero parece renunciar a confiar en la inteligencia del espectador para extraer conclusiones propias.
Crítica elaborada por Marina Rivas
