Sophie Somerville debuta en el largometraje con una producción australiana de bajo presupuesto que encuentra su razón de ser en los diálogos y la química entre sus dos protagonistas. La directora, que también ejerce de montadora, construye un relato que transcurre durante un fin de semana en Melbourne, donde dos amigas que apenas se ven desde hace tiempo deciden reencontrarse. Jessie reside en la ciudad y ejerce de anfitriona para Em, que llega desde Sídney con la intención de desconectar de su exigente trabajo como abogada. La cinta, que se presentó en la sección Forum de la Berlinale y que ahora llega al Atlàntida Mallorca Film Fest, apuesta por una estructura aparentemente sencilla que oculta un retrato generacional más complejo de lo que su premisa sugiere.
La película sigue a ambas mujeres durante un recorrido peatonal por distintos puntos de la capital del estado de Victoria, desde la estación de trenes hasta el jardín botánico, pasando por cafeterías y el apartamento de Jessie. Ese deambular constante funciona como excusa para que los personajes desplieguen sus inquietudes, sus contradicciones y aquello que les duele. Em confiesa haber sufrido acoso sexual en su despacho de abogados, una situación que su propia mentora le recomienda encarar con estoicismo para progresar en un entorno dominado por hombres. Jessie, por su parte, revela que su reciente ruptura sentimental la ha dejado instalada en una especie de limbo existencial, sin rumbo claro y refugiada en trabajos ocasionales que no la satisfacen. Ambas comparten el temor a un futuro que perciben incierto, marcado por el cambio climático y la dificultad de encontrar un lugar estable en un mundo que parece desmoronarse.
Somerville filma a sus personajes con una cámara que permanece a cierta distancia durante buena parte del metraje, como si observara desde las sombras la deriva de estas dos mujeres por el entramado urbano. Ese distanciamiento inicial subraya la extrañeza del reencuentro, la sensación de que ambas necesitan reajustar sus coordenadas afectivas antes de poder conectar de nuevo. A medida que avanza la jornada, los planos se van cerrando y la intimidad gana terreno, sobre todo cuando la noche irrumpe y las dos amigas consumen MDMA en el parque infantil de un colegio. Ahí es donde la directora introduce juegos visuales y filtros que pretenden reflejar el estado alterado de conciencia, aunque ese alarde formal resulta el momento más discutible de la cinta. Esa secuencia onírica, con su estallido de colores y su narrador francés que diserta sobre el capitalismo tardío, rompe la contención que había caracterizado el relato hasta entonces.
El guion, que nace de la improvisación de las actrices junto a Somerville, acierta al capturar la espontaneidad de una conversación entre amigas que se reencuentran después de un largo silencio. Las réplicas fluyen con naturalidad y los silencios hablan tanto como las palabras, sobre todo cuando afloran las diferencias entre ambas personalidades. Jessie encarna el caos creativo y la impulsividad, mientras que Em representa la racionalidad y el orden, aunque esa oposición se desdibuja con el paso de las horas. Precisamente uno de los aciertos de la película reside en mostrar cómo esas dos formas de entender la vida chocan y se reconcilian a lo largo del fin de semana, sin que ninguna de las dos salga ganadora ni derrotada. La discusión sobre la ciencia y los sentimientos que mantienen en el apartamento, con ese micrófono que distorsiona sus voces, condensa esa tensión entre el escepticismo racionalista de Em y la fe casi ingenua de Jessie en la conexión emocional.
Las implicaciones políticas y sociales atraviesan cada conversación sin estridencias, como si formaran parte del paisaje cotidiano que recorren las protagonistas. El acoso laboral, la precariedad habitacional que impide a Em comprar una vivienda a pesar de su sueldo, la dependencia tecnológica que Jessie critica en su amiga o la dificultad de imaginar un proyecto vital a largo plazo son temas que emergen con naturalidad. Somerville no señala ni juzga, sino que deja que sus personajes confronten esas realidades desde sus respectivas posiciones, con sus contradicciones y sus puntos ciegos. La amistad se convierte así en el único territorio donde esas inquietudes pueden expresarse sin filtros, donde el miedo al colapso ecológico o la desesperanza ante un sistema que las devora encuentran un espacio para ser nombrados. Esa función terapéutica del vínculo afectivo, sin embargo, no se presenta como una solución milagrosa ni como un refugio idealizado.
El trabajo de dirección de Somerville revela una sensibilidad para capturar los ritmos de la ciudad y sincronizarlos con el estado anímico de sus personajes. Melbourne se convierte en un personaje más, con sus calles bulliciosas, sus jardines silenciosos y sus atardeceres que tiñen de oro los edificios. La directora demuestra oficio al dosificar la información sobre el pasado de las protagonistas, manteniendo ciertos misterios sobre el origen de su amistad que otorgan densidad al relato. Sin embargo, el metraje acusa cierta irregularidad, con un tramo final que recupera el tono contenido de la primera mitad después de ese viaje psicodélico que parece más un capricho formal que una necesidad narrativa. La película funciona mejor cuando se limita a acompañar a sus personajes en sus desplazamientos, escuchando sus confidencias y sus reproches, que cuando intenta expandir sus límites expresivos con recursos que desentonan con su propuesta inicial.
Las actrices sostienen con solvencia el peso de la narración, imprimiendo a sus personajes una humanidad que trasciende los arquetipos de la amiga caótica y la amiga sensata. Mattana compone a una Em que oculta su vulnerabilidad tras una fachada de eficiencia profesional, mientras que Gan dota a Jessie de una fragilidad que contradice su aparente despreocupación. Juntas logran transmitir esa mezcla de complicidad y distancia que caracteriza a las amistades que el tiempo ha ido erosionando sin llegar a destruir del todo. La química entre ambas se convierte en el verdadero motor de la película, haciendo que el espectador se interese por sus idas y venidas, por sus pequeñas victorias y sus derrotas cotidianas, aunque algunos momentos de improvisación se alarguen más de lo debido y la tensión dramática se diluya en ocasiones.
El Atlàntida Mallorca Film Fest ha acogido esta propuesta que, pese a sus limitaciones presupuestarias y sus titubeos narrativos, consigue construir un retrato reconocible de una generación atrapada entre la conciencia de un futuro incierto y la necesidad imperiosa de seguir adelante. Somerville apuesta por la sencillez y la observación, y aunque su película tropieza en algunos momentos con sus propias ambiciones formales, logra transmitir esa sensación de que la amistad, con todas sus asperezas y sus malentendidos, sigue siendo el único ancla posible en un mundo que parece empeñado en desorientarnos.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
