Radu Jude acumula una trayectoria marcada por la incomodidad y el desafío sistemático a cualquier convención narrativa, y su particular aproximación al mito vampírico confirma esa tendencia sin concesiones. El realizador rumano, figura recurrente en los circuitos festivaleros europeos, presenta en el Atlàntida Mallorca Film Fest una propuesta que desmonta la figura del conde transilvano desde una perspectiva deliberadamente caótica y visualmente antipática. La cinta, concebida como un artefacto de casi tres horas que transita entre la parodia grotesca y el ensayo visual, utiliza la inteligencia artificial como herramienta generadora de contenido y como objeto de burla, estableciendo un diálogo tenso entre la tradición cinematográfica y las nuevas tecnologías. Jude, que ha construido su reputación a partir de películas como 'Bad Luck Banging or Loony Porn' o 'Do Not Expect Too Much from the End of the World', mantiene aquí su pulso crítico contra las estructuras de poder y la explotación laboral, pero envuelve esa mirada en un envoltorio deliberadamente feo y amateur que desafía cualquier noción de espectáculo pulido. El rodaje con teléfonos móviles y la utilización de imágenes generadas por algoritmos con defectos evidentes constituyen una elección estética que busca incomodar al público, alejándolo de la fascinación visual que tradicionalmente acompaña a las adaptaciones del personaje creado por Bram Stoker.
La estructura episódica de la película responde a la necesidad del director de explorar múltiples aproximaciones al mito sin comprometerse con ninguna de ellas, ofreciendo una colección de sketches que van desde el cabaret cutre hasta el videoclip distópico. Un joven cineasta, interpretado por Adonis Tanța, funciona como alter ego de Jude y presenta cada segmento desde una celda monacal, explicando que utiliza un programa de inteligencia artificial para generar ideas que satisfagan a los productores y al público. Esta figura sirve de excusa para desplegar una docena de variaciones sobre el conde, algunas más logradas que otras, que incluyen desde una versión empresarial de Vlad el Empalador explotando trabajadores inmigrantes para subir de nivel en videojuegos hasta un relato folclórico protagonizado por campesinos que cultivan consoladores en lugar de maíz. La trama que articula estas digresiones sigue a un grupo de actores de un teatro temático que representan una obra cutre sobre Drácula para turistas, con Gabriel Spahiu encarnando a un anciano con síndrome de Drácula que sufre disfunción eréctil y Oana Maria Zaharia interpretando a su compañera de escena, que aprovecha las actuaciones para alimentar su cuenta de OnlyFans. La decisión de estos personajes de escapar de su explotación laboral desencadena una persecución que se prolonga a lo largo de todo el metraje, proporcionando un hilo conductor frágil pero suficiente para mantener cierta coherencia narrativa en medio del caos.
El papel de la inteligencia artificial en la película trasciende lo meramente técnico para convertirse en un comentario sobre la cultura contemporánea y sus mecanismos de producción cultural. Jude utiliza las imágenes generadas por algoritmos en su estado más primitivo, mostrando cuerpos deformes, extremidades adicionales y genitales mutantes, y convierte esos errores en parte del humor de la propuesta. Esta decisión implica una doble lectura: por un lado, critica la dependencia tecnológica y la sustitución del trabajo creativo por procesos automatizados; por otro, sugiere que esos algoritmos no hacen sino reflejar la violencia y el canibalismo cultural que ya existían en la sociedad antes de su aparición. El realizador establece así una equivalencia entre el vampirismo económico del capitalismo tardío y la capacidad de la inteligencia artificial para devorar referentes culturales y escupirlos sin ningún criterio selectivo. Los segmentos generados por ordenador, que incluyen recreaciones grotescas de escenas de 'Nosferatu' de Murnau o versiones distorsionadas del erotismo de la adaptación de Coppola, funcionan como espejos deformantes de una industria cinematográfica que perpetúa fórmulas sin cuestionarlas. El hecho de que Jude incorpore estas imágenes defectuosas sin disimular sus limitaciones técnicas constituye una declaración de principios que rechaza cualquier pretensión de perfección formal en favor de una honestidad tosca y desafiante.
Las implicaciones políticas y sociales de la película se manifiestan en varios de los segmentos, donde el director rumano aborda cuestiones como la xenofobia, la explotación laboral y el turismo masivo que distorsiona la identidad de los lugares. El episodio titulado 'Das Kapital' presenta a Vlad el Empalador como un CEO despiadado que dirige una empresa de juegos en línea donde empleados filipinos trabajan en condiciones precarias para vender cuentas mejoradas a jugadores estadounidenses, estableciendo un paralelismo entre el chupasangre mitológico y los depredadores del mundo empresarial. Otro segmento muestra a una niña vestida de Vlad visitando la casa museo del personaje histórico en Transilvania, donde la guía turística carece de paciencia para atender a los niños, satirizando así la mercantilización de la historia y la reducción de figuras complejas a productos de consumo para visitantes extranjeros. Jude tampoco renuncia a referencias explícitas a la actualidad geopolítica, mencionando los conflictos en Ucrania y Gaza, así como a personajes como Donald Trump y Elon Musk, insertando estas alusiones en un cóctel de humor escatológico y referencias eruditas que incluyen desde Wittgenstein hasta Britney Spears. La película refleja así una sociedad que devora su propio pasado y lo convierte en espectáculo, donde los límites entre lo sagrado y lo profano se desdibujan en beneficio de un entretenimiento que todo lo iguala.
La dirección de actores sigue la línea de trabajos anteriores de Jude, donde la interpretación se mueve entre la exageración carnavalesca y la naturalidad documental, sin buscar nunca la identificación emocional con los personajes. Adonis Tanța repite el registro hiperactivo que ya mostró en 'Kontinental '25', entregando una actuación que oscila entre el presentador de televisión y el filósofo amateur, con un tic nervioso que consiste en escupir flema frente a cámara. Gabriel Spahiu construye un Drácula patético y decrépito, alejado de cualquier glamur gótico, cuya impotencia sexual se convierte en metáfora de la irrelevancia contemporánea de ciertos arquetipos culturales. Oana Maria Zaharia, por su parte, encarna a una mujer que utiliza su sexualidad como herramienta de supervivencia en un entorno hostil, aunque el tratamiento que recibe su personaje resulta tan caricaturesco como el del resto del elenco. Ilinca Manolache, habitual del cineasta, aparece en varios roles secundarios, demostrando su versatilidad al encarnar desde una trabajadora explotada hasta una campesina en el segmento de la fábula rural, siempre con un tono que evita la grandilocuencia y apuesta por la contención. El director concede a todos los intérpretes la misma importancia, evitando jerarquías y convirtiendo el conjunto en una suerte de compañía teatral itinerante donde cada actor asume múltiples identidades a lo largo de las casi tres horas de metraje.
'Dracula' se presenta como un ejercicio de estilo que navega entre la provocación gratuita y la reflexión sofisticada, sin resolver nunca la tensión entre ambos polos. El uso deliberado de una estética descuidada, rodada con iPhone y con efectos visuales de calidad cuestionable, contrasta con la erudición de las referencias culturales que atraviesan el metraje, estableciendo un conflicto permanente entre forma y contenido. La duración excesiva del conjunto, con segmentos que se alargan más de lo necesario como la recreación de cuento folclórico de Ion Creangă, pone a prueba la paciencia del espectador, pero también refuerza la idea de que esta película no busca complacer sino incomodar y desafiar. Jude no ofrece una visión unitaria de la figura de Drácula ni pretende actualizar el mito desde una perspectiva novedosa, sino que utiliza al personaje como pretexto para un despliegue de ideas que a menudo resultan contradictorias entre sí. El cineasta rumano se sitúa así en la estela de aquellos realizadores que conciben el cine como un campo de batalla ideológico y formal, donde las reglas del entretenimiento convencional se subvierten en favor de un artefacto que exige del espectador una postura activa y crítica, lejos de cualquier consumo pasivo.
El contexto de producción de la película, surgida como concesión a los financiadores que buscaban un proyecto comercial, añade una capa adicional de significado a un trabajo que cuestiona precisamente las lógicas de la industria cultural. Los problemas de producción que llevaron a la salida de varios inversores durante el rodaje explican en parte el carácter precario y artesanal de la propuesta, aunque Jude convierte esas limitaciones en parte del discurso, integrando la falta de medios en la propia textura de la obra. El director rumano mantiene así su posición de outsider dentro del cine europeo, rechazando el prestigio de certámenes como Cannes, donde nunca ha sido seleccionado, a favor de festivales como Locarno que acogen propuestas más arriesgadas. Esta cinta sobre el vampiro más famoso de la literatura se inscribe en una tradición de revisionismo iconoclasta que incluye obras como 'Blood for Dracula' de Paul Morrissey, donde el conde era retratado como un aristócrata decadente y ridículo, o la versión de John Badham con Frank Langella, que enfatizaba el erotismo del personaje, aunque Jude se distancia de ambos al eliminar cualquier rastro de belleza o seducción. El resultado final, irregular y deliberadamente desigual, confirma que el interés del realizador reside menos en el mito en sí que en las posibilidades que ofrece como vehículo para sus obsesiones recurrentes: la explotación laboral, la manipulación de la memoria histórica y la comedia grosera como arma política.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
