Patricia Ortega, cineasta venezolana asentada en España, firma su cuarto largometraje después de títulos como 'Mamacruz' y 'Yo, imposible', películas que ya anticipaban su interés por las fronteras del cuerpo y la identidad. En esta ocasión, la directora se alía con los guionistas José F. Ortuño y Olmo Figueredo González-Quevedo para construir una historia que parte de una premisa tan sencilla como perturbadora para ciertas sensibilidades: un hombre trans descubre que está embarazado. La película, producida por La Claqueta PC, La Cruda Realidad, Amania Films y la belga Menuetto, con el respaldo de Movistar Plus+ y Canal Sur, se estrena en cines el 3 de julio de 2026, tras su paso por el Festival de Málaga. Caramel Films se encarga de la distribución de esta comedia dramática que aspira a interpelar al público mayoritario sin renunciar a su vocación de género, esa 'feel-good movie' que tantas veces ha servido para vehicular mensajes de calado social.
El argumento sitúa a Ángel, un entrenador personal interpretado por Zack Gómez-Rolls, en el momento más dulce de su vida profesional. Acaba de ser fichado por el gimnasio más prestigioso de la ciudad y su futuro se presenta brillante hasta que los vómitos y las náuseas lo conducen a una consulta médica donde recibe la noticia que trastoca todos sus planes. La primera reacción del personaje, empujado por el miedo y la confusión, apunta hacia la interrupción del embarazo, pero el tiempo corre en su contra: solo dispone de siete días para tomar una decisión irreversible. Ortega convierte ese plazo en el motor narrativo de un relato que, sin embargo, no se precipita, sino que aprovecha cada escena para exponer las tensiones que atraviesan a su protagonista, dividido entre el deseo de completar su transición y la posibilidad de convertirse en padre gestante, una figura que la sociedad apenas comienza a reconocer.
El reparto secundario sostiene con oficio el entramado familiar que rodea a Ángel. Jorge Sanz encarna al padre, un hombre de otra generación que se esfuerza por comprender una realidad que le desborda, y sus torpezas verbales generan los momentos más logrados de la cinta, esos en los que el humor surge de la incapacidad para articular el apoyo sin ofender. María León interpreta a la hermana, Violeta, un personaje que actúa como puente entre la antigua identidad de Ángel y su presente, mientras Kiti Mánver otorga a la abuela una sabiduría serena que ancla la historia en el afecto incondicional. Fernando Guallar, en el papel del ginecólogo, y Sara Sálamo completan un elenco que transita con naturalidad entre el registro cómico y el dramático, aunque la película se decanta claramente por el primero cuando aborda las reacciones del entorno ante lo inexplicable.
La dirección de Ortega revela una conciencia visual que traduce los estados internos de Ángel en opciones estéticas claras. Las secuencias en las que el protagonista siente la presión de ajustarse a los códigos de la masculinidad hegemónica se filman con encuadres geométricos, líneas verticales y una composición ordenada que sugiere confinamiento. Por el contrario, los momentos de intimidad familiar y aceptación se resuelven con cámara en mano, colores cálidos y cierta despreocupación formal que comunica libertad. Esta dualidad plástica refuerza el conflicto central de la cinta: la tensión entre la necesidad de encajar en unas normas sociales rígidas y el deseo de habitarlas con autenticidad, aunque en la película nunca se emplee esa palabra. La música de Paloma Peñarrubia acompaña esta dicotomía con una partitura que evita el subrayado sentimental y prefiere subrayar los momentos de incertidumbre con leves disonancias.
La comedia, ese género que Ortega elige para abordar un asunto tan delicado, funciona como un escudo contra el tremendismo y como una herramienta para desarmar los prejuicios del espectador. El personaje de Jorge Sanz se convierte en el altavoz de todas las dudas que la audiencia pueda albergar, y sus preguntas, formuladas desde el desconcierto más absoluto, encuentran su réplica en la paciencia de Ángel y su familia. Esta estrategia, deliberadamente pedagógica, recuerda a la de otros cineastas que han utilizado el humor para normalizar realidades incómodas, aunque la directora evita caer en la caricatura y mantiene a sus personajes en un registro de verosimilitud que impide que la lección moral opaque la ficción. La película, sin embargo, flaquea cuando abandona el terreno de las relaciones familiares para adentrarse en los conflictos más convencionales del género, como la reacción de los compañeros del gimnasio o la presión social exterior, que aparecen resueltos con cierta premura y menor convicción.
El contexto político y social que envuelve a '9 lunas' resulta ineludible. Ortega sitúa la acción en un momento en el que el debate sobre la ley trans y los derechos del colectivo LGTBIQ+ ocupa las portadas de los periódicos, y la película se alinea sin ambages con una visión de la identidad como construcción maleable y no como esencia inmutable. La elección de un actor trans para el papel protagonista, una decisión que refuerza la autenticidad del relato, y la presencia de personajes que encarnan distintas posturas ante la realidad de Ángel, convierten la cinta en un artefacto deliberadamente militante, aunque su envoltorio de comedia familiar y su apuesta por el happy ending puedan restar crudeza a la denuncia. La directora, en declaraciones posteriores al estreno malagueño, ha defendido la necesidad de visibilizar estas historias desde la cotidianidad, y su película logra precisamente eso: normalizar una situación excepcional sin convertirla en espectáculo ni en tratado sociológico.
La relación entre Ángel y la idea de masculinidad constituye el eje temático sobre el que gira toda la narración. El protagonista, que ha construido su identidad a través del ejercicio físico, la barba perfecta y la vestimenta convencionalmente viril, se ve obligado a reconsiderar los cimientos de esa masculinidad cuando su cuerpo se niega a obedecer las reglas establecidas. El embarazo, lejos de ser presentado como una amenaza a su hombría, se convierte en una oportunidad para explorar otras formas de ser hombre que no dependen de la genitalidad ni de los roles tradicionales. Este planteamiento, que la película desarrolla con mayor inteligencia en sus diálogos que en sus imágenes, conecta con un debate más amplio sobre la deconstrucción de los géneros y la necesidad de ampliar el espectro de lo posible más allá del binarismo, aunque el guion a veces se deje llevar por la obviedad en sus planteamientos.
La estructura narrativa, que sigue las nueve lunas del título con avances temporales que a veces resultan abruptos, permite a la directora saltar entre los momentos clave del proceso, desde la decisión inicial hasta el parto final, pasando por la revelación del otro padre y la evolución de las relaciones familiares. Este ritmo fragmentario, sin embargo, juega en contra de la película cuando deja sin desarrollar ciertas subtramas que prometen más de lo que finalmente aportan, como la relación de Ángel con su hermana o el papel de la abuela como consejera. Ortega parece consciente de que su historia funciona mejor en los espacios domésticos, donde las conversaciones a flor de piel y los malentendidos cotidianos generan la mayor parte de los momentos más logrados, que en los escenarios públicos, donde los conflictos se resuelven con demasiada rapidez y sin apenas consecuencias para el protagonista.
La recepción de la crítica ha sido, en general, favorable, aunque con matices que señalan las debilidades del guion y cierta tendencia a la simplificación de los dilemas planteados. Algunos sectores del feminismo han mostrado su desacuerdo con la representación de la gestación como un proceso desligado de la experiencia femenina, un debate que la película aborda de manera explícita a través de un personaje que encarna esa postura, aunque sin profundizar en sus argumentos. Ortega, por su parte, defiende que su intención no es apropiarse del espacio de las mujeres, sino ampliarlo, y su película, con todas sus contradicciones, logra al menos situar sobre la mesa una conversación necesaria. '9 lunas' se convierte así en un eslabón más de una cadena de títulos que, en los últimos años, han explorado las fronteras de la identidad desde el cine español, una corriente que parece dispuesta a incomodar al espectador sin renunciar a su entretenimiento.
Al final, la película de Patricia Ortega se sostiene gracias al equilibrio entre la ligereza de su propuesta y la contundencia de su mensaje, aunque ese equilibrio no siempre se mantiene a lo largo del metraje. La apuesta por un final feliz, que podría interpretarse como una concesión a las convenciones del género, resulta coherente con la naturaleza de una comedia que aspira a dejar al público con una sonrisa, pero también puede leerse como una evitación de las preguntas más incómodas que la historia plantea. Zack Gómez-Rolls carga con el peso de la interpretación principal y sale airoso del envite, sosteniendo la emoción de un personaje que oscila entre la vulnerabilidad y la determinación, mientras el resto del reparto aporta el contrapunto necesario para que la película no se convierta en un monólogo sobre la identidad. '9 lunas' no revoluciona el género ni ofrece soluciones mágicas a los dilemas que plantea, pero cumple con creces su objetivo de entretener y reflexionar al mismo tiempo, una combinación cada vez más escasa en la cartelera española.
Crítica elaborada por Marina Rivas
