Cine y series

'La muerte de Robin Hood

Michael Sarnoski

2026



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Las baladas medievales que durante siglos han alimentado la leyenda del forajido de Sherwood encuentran en Michael Sarnoski una lectura terrenal y desencantada. El realizador, que ya demostró su habilidad para desviar las convenciones del género en su ópera prima, construye un relato que despoja al héroe popular de cualquier atisbo de nobleza para sumergirlo en un lodazal de violencia y culpa. La cinta, distribuida por A24, se aleja deliberadamente del tono aventurero que ha caracterizado las adaptaciones previas del personaje, desde las acrobacias de Errol Flynn hasta el romanticismo otoñal de 'Robin y Marian'. Sarnoski prefiere el barro, la sangre y el silencio de un paisaje irlandés que respira desolación.

El primer acto de la película establece con crudeza las coordenadas de este universo. Robin Hood, encarnado por Hugh Jackman, es un asesino hastiado que vive en la más absoluta soledad, acechado por los descendientes de sus víctimas. La secuencia inicial, donde acaba con la vida de una joven que busca venganza, funciona como declaración de principios: este no es el Robin que roba a los ricos para repartir entre los pobres, sino un criminal que reconoce sin ambages la falsedad de su propia leyenda. La aparición de Little John, interpretado por Bill Skarsgård, introduce el único resquicio de lealtad en un mundo donde la confianza resulta un lujo peligroso. El asalto a la fortaleza enemiga, filmado con una violencia casi documental, sella el destino del protagonista y lo conduce al corazón de la narración: el priorato donde Sister Brigid, una Jodie Comer que combina firmeza y compasión, ejercerá de enfermera y guía espiritual.

La transformación del relato, que abandona el campo de batalla por los muros de piedra del convento, supone un giro radical en la estructura narrativa. Sarnoski ralentiza el ritmo hasta convertirlo en una reflexión pausada sobre la posibilidad de redención, aunque nunca concede a su protagonista el consuelo de una absolución completa. Robin, que se hace llamar Randolph para ocultar su identidad, se enfrenta a un microcosmos de almas rotas: un leproso que ha aceptado su destino, una niña huérfana que busca desesperadamente un padre, un joven cegado por la venganza. Cada uno de estos personajes funciona como espejo deformado del forajido, mostrándole las diferentes caras de la culpa y el perdón. La dirección de actores, especialmente en los momentos de silencio compartido, revela la mano de un cineasta que confía en la mirada y el gesto contenido más que en el diálogo explícito.

La fotografía de Pat Scola merece una mención aparte por su capacidad para reflejar el estado anímico del protagonista. El cambio de formato de pantalla, que pasa de un paisaje abierto y desolador a un encuadre más cerrado y asfixiante, subraya el viaje interior de un hombre que se sabe condenado. Los tonos grises y ocres del exterior dan paso a una luz más suave y natural en el interior del priorato, aunque nunca llega a ser completamente acogedora. Sarnoski maneja el tempo con una seguridad que recuerda a los maestros del cine de autor europeo, dosificando la información y evitando el efectismo emocional. El guion, escrito por el propio director, se toma su tiempo para desvelar las motivaciones de los personajes, dejando que las acciones hablen por sí mismas y evitando cualquier concesión al melodrama.

En el plano político y social, 'La muerte de Robin Hood' plantea cuestiones incómodas sobre la construcción de los mitos. La película sugiere que toda leyenda oculta una verdad incómoda, que el héroe popular es muchas veces un producto de la necesidad colectiva más que de la realidad histórica. Robin Hood se convierte así en un símbolo de la distancia entre la memoria pública y los hechos particulares, un tema que resuena con especial fuerza en un momento histórico donde las narrativas oficiales se enfrentan constantemente a su revisión. La cinta no ofrece certezas sobre la naturaleza de la justicia o la posibilidad de cambiar el pasado, sino que se limita a mostrar el peso insoportable de una vida de violencia y la búsqueda, quizá ilusoria, de una paz que redima las decisiones equivocadas. La relación entre Robin y Sister Brigid, que podría haber derivado hacia el romance, se mantiene en un terreno de respeto mutuo y comprensión, lo que añade una capa de madurez al conjunto.

El desenlace, inevitable por el propio título, se aproxima con la parsimonia de una sentencia ejecutada. La muerte de Robin Hood, lejos de ser gloriosa, se presenta como un acto de rendición y aceptación. Sarnoski no convierte el momento final en un espectáculo grandioso, sino en la conclusión lógica de un proceso de desgaste físico y espiritual. Jackman, que ya transitó por terrenos similares en otras producciones, consigue transmitir la fatiga de un hombre que ha visto demasiadas muertes y que encuentra en el final la única certeza. El actor australiano, con su capacidad para proyectar vulnerabilidad a pesar de su físico imponente, sostiene el peso dramático de la función con una interpretación contenida y eficaz. El reparto secundario, encabezado por una Comer que demuestra su versatilidad, aporta el contrapunto necesario para que el viaje del protagonista no resulte un monólogo insoportable.

La banda sonora, firmada por Jim Ghedi, combina elementos de la música folclórica con texturas contemporáneas que subrayan la sensación de desarraigo del personaje principal. Los arreglos de cuerda y los silencios, tan importantes como las notas, construyen un paisaje sonoro que acompaña sin abrumar. La película, en su conjunto, destila una honestidad que resulta tan incómoda como necesaria en el panorama actual del cine comercial. Sarnoski no busca agradar ni satisfacer las expectativas del público, sino explorar las contradicciones de un mito que ha sido moldeado por cada generación. El director demuestra que es posible realizar un filme de aventuras que evite los tópicos del género sin renunciar por completo a la emoción, aunque esta se presente de manera contenida y fragmentaria.

La recepción crítica de la película probablemente estará dividida entre quienes aprecien su valentía formal y quienes echen en falta el espíritu lúdico de otras versiones. Sarnoski, sin embargo, parece haber asumido el riesgo desde el principio, construyendo una obra que se sitúa a medio camino entre el cine de género y el ensayo fílmico. La pregunta sobre qué queda de Robin Hood una vez despojado de su aura heroica encuentra una respuesta amarga pero coherente: queda un hombre, con sus luces y sombras, que no puede escapar de las consecuencias de sus actos. La película, al fin y al cabo, no es tanto una historia sobre la muerte física de un personaje como sobre la necesidad de matar al mito para que pueda nacer una verdad más compleja y, quizá, más humana.

Crítica elaborada por Emma Castillo

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