Cine y series

Enola Holmes 3

Philip Barantini

2026



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Enola Holmes ha crecido. La hermana pequeña del célebre detective londinense abandona las brumosas calles victorianas para contraer matrimonio en la soleada Malta, aunque el altar tendrá que esperar. El secuestro de Sherlock Holmes precipita a la joven investigadora a un caso que entrelaza su futuro personal con las sombras del pasado colonial británico. Philip Barantini toma el relevo de Harry Bradbeer en la dirección de esta tercera entrega, mientras Jack Thorne repite como guionista de una franquicia que ha encontrado en Millie Bobby Brown a su principal activo. La producción mantiene el tono ligero y las rupturas de la cuarta pared que caracterizan a la saga, pero incorpora una pátina más adulta que refleja la maduración de su protagonista y del público que la ha seguido desde 2020.

La trama arranca con Enola dudando ante el inminente enlace con Lord Tewkesbury, asediada por los recuerdos de una madre que le inculcó la independencia por encima de cualquier convención social. La irrupción del doctor Watson, que le comunica la desaparición de su hermano, la libera de esa encrucijada sentimental para lanzarla a una investigación que la llevará por los callejones malteses y los entresijos de una conspiración vinculada a las guerras angloafganas. La narración despliega múltiples capas argumentales que se superponen sin lograr siempre una articulación fluida: las dudas prenupciales, el rastro de Sherlock, la presencia de la temible Moriarty, las reivindicaciones de los independentistas malteses y el papel del ejército británico en la colonia. Barantini imprime un ritmo vertiginoso a esta maraña de acontecimientos, aunque el exceso de giros y flashbacks termina por diluir el impacto de cada revelación.

La incorporación de personajes emblemáticos del universo holmesiano supone un riesgo que la película sortea con desigual fortuna. Himesh Patel aporta una versión reflexiva y contenida de Watson que contrasta con la impulsividad de Enola, aunque su papel queda relegado a un segundo plano durante gran parte del metraje. Sharon Duncan-Brewster retoma su interpretación de Moriarty, confiriéndole a la villana una presencia física que la convierte en un adversario a la altura de la joven Holmes. Henry Cavill, por su parte, aparece en dosis moderadas que aprovechan su carisma sin eclipsar a la protagonista, manteniendo ese equilibrio que las entregas anteriores ya habían establecido. La relación entre Enola y Tewkesbury, que en las novelas de Nancy Springer apenas existe, adquiere aquí un peso específico que la sitúa como uno de los ejes emocionales de la historia, aunque ese romanticismo choca con la naturaleza independiente que la saga ha defendido desde sus inicios.

El contexto maltés ofrece a Barantini la oportunidad de incorporar una dimensión política que las anteriores películas solo apuntaban de manera tangencial. La isla, entonces colonia británica, se convierte en escenario de un conflicto entre la corona y los movimientos autonomistas, con los personajes obligados a posicionarse frente al legado del imperialismo. Esta mirada crítica al pasado colonial del Reino Unido se concreta en la subtrama del oro afgano y en las referencias a la opresión ejercida sobre las poblaciones locales, aunque el tratamiento de estos temas resulta superficial y funcional a las necesidades del misterio principal. El guion insinúa una reflexión sobre la responsabilidad histórica, pero la resolución del caso prioriza la espectacularidad de las secuencias de acción sobre cualquier matiz político, dejando esas cuestiones como un telón de fondo que nunca llega a articularse con la intensidad que promete.

La dirección de Barantini, habituada a registros más sombríos como los de 'Adolescencia', imprime a la saga un tono diferente que se percibe en la planificación de las secuencias y en el tratamiento de la luz. Matthew Lewis, su colaborador habitual, fotografía Malta con una luminosidad que contrasta con la penumbra victoriana de las anteriores entregas, convirtiendo el paisaje mediterráneo en un personaje más de la historia. Los planos secuencia que caracterizan el trabajo del director aparecen aquí dosificados, integrándose en un montaje ágil que recurre a las animaciones y a los rótulos explicativos para mantener el tono lúdico que define a la franquicia. La banda sonora de Aaron May y David Ridley subraya los momentos de acción con una orquestación clásica que remite al cine de aventuras de mediados del siglo XX, aunque en ocasiones resulta demasiado invasiva y resta efectividad a las escenas más contenidas.

La evolución del personaje principal constituye el principal acierto de esta tercera entrega, aunque también evidencia algunas de sus limitaciones. Enola ha dejado de ser la adolescente rebelde para convertirse en una mujer que debe conciliar su vocación detectivesca con las expectativas sociales y afectivas que se depositan sobre ella. Millie Bobby Brown maneja este tránsito con oficio, proyectando una seguridad que contrasta con la vulnerabilidad que asoma en los instantes en que debe enfrentarse a sus propias dudas. Sin embargo, la necesidad de cerrar la historia con un final que apunta a una posible continuación resta contundencia a un arco argumental que podría haber explorado con mayor profundidad las contradicciones de su protagonista. El giro hacia una resolución más sentimental que intelectual desdibuja las virtudes deductivas que distinguían a Enola, aproximándola a un arquetipo de heroína romántica que la saga había evitado con acierto en sus inicios.

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