Cine y series

Ravalear

Pol Rodríguez

2026



Por -

Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta firman juntos su segunda incursión en la ficción seriada después de aquel ejercicio sobre la efervescencia musical granadina. El punto de partida arranca de una herida familiar: el restaurante centenario de los Rodríguez en el Raval barcelonés, arrebatado por un fondo inversor tras la pandemia. Esa experiencia traumática se transforma ahora en seis episodios donde la cocina familiar se convierte en campo de batalla. La pareja de realizadores construye un relato que respira el aire denso de las calles del barrio barcelonés, con esa mezcla de pensiones baratas, comercios de toda la vida y turistas despistados que se asoman a la Rambla del Raval para fotografiarse con el gato de Botero.

El restaurante Can Mosques lleva casi un siglo alimentando a vecinos y forasteros. La familia que lo regenta recibe un golpe inesperado cuando el administrador del edificio, un tipo de sonrisa fácil y lealtades variables, vende el inmueble a un fondo extranjero. Àlex, el hijo mayor que reparte su tiempo entre los fogones y la estiba portuaria, decide plantar cara. Su mujer Marta, abogada de despacho pequeño, le ayuda a trazar una estrategia que roza la ilegalidad. El hermano pequeño David quiere seguir sirviendo carrilleras sin meterse en líos. Los padres, encarnados por dos pesos pesados del audiovisual catalán, observan cómo el negocio de toda una vida se desmorona. La serie plantea una escalada de acciones límite: okupar los pisos vacíos del edificio, presionar al fondo mediante la desobediencia civil, cruzar líneas que la familia jamás creyó que traspasarían.

Enric Auquer carga con el peso principal de la ficción como ese Àlex volcánico que pasa de la contención al estallido en cuestión de segundos. El actor maneja con oficio las contradicciones de un hombre que quiere salvar el legado familiar pero que también necesita demostrarse algo a sí mismo. Sergi López construye un antagonista pausado, de esos que parecen razonables hasta que muestran la garra. No necesita tics de malvado de cómic: basta con su manera de ajustarse la chaqueta mientras explica que el mercado no entiende de apegos sentimentales. Maria Rodríguez Soto aporta la mirada estratégica, esa voz que recuerda que cada acción tiene consecuencias. Francesc Orella y Lluïsa Castell funcionan como el ancla generacional, el recordatorio constante de que lo que está en juego supera los beneficios económicos.

La dirección apuesta por un pulso vibrante que capta la cadencia del barrio. Las secuencias dentro de la cocina muestran el caos controlado de las horas punta, con platos que vuelan y gritos que atraviesan el aceite hirviendo. Fuera, las calles estrechas se convierten en laberinto donde Àlex huye o persigue según convenga. La cámara se pega a los personajes, a veces con zooms que subrayan la ansiedad, otras con planos fijos que permiten que el conflicto respire. Hay una voluntad documental en el retrato de las gentes del Raval: los vecinos que se solidarizan, los okupas que tienen sus propias normas, los recién llegados que apenas entienden el idioma pero comparten el hambre. El equipo de realizadores decidió pixelar muchos rostros secundarios, un truco que refuerza la sensación de realidad y también protege a quienes prefirieron no ser identificados.

Los asuntos políticos emergen con claridad. La gentrificación aparece diseccionada como un mecanismo que expulsa a quienes llevan décadas echando raíces. Los fondos buitre dejan de ser una abstracción para convertirse en la señora Claire Durand, vicepresidenta del fondo, que explica sin rubor que su empresa no hace distinciones emocionales. La especulación inmobiliaria se muestra como un engranaje perfecto donde cada pieza cumple su función: el administrador que traiciona, el inversor que nunca pisa el barrio, las administraciones que miran hacia otro lado. También la serie aborda el dilema moral de la okupación, ese territorio pantanoso donde la necesidad choca con la legalidad. Àlex y Marta deciden ocupar los pisos vacíos, pero pronto descubren que quienes llegan a vivir allí tienen sus propios planes y necesidades, que no siempre coinciden con los de la familia del restaurante.

El guion, firmado entre otros por Isa Campo y Eduard Sola, trenza varias capas sin perder el norte. La trama principal sobre la supervivencia del restaurante se cruza con el conflicto entre los dos hermanos, con la investigación periodística sobre las redes del fondo inversor, con las dificultades económicas de quienes viven al día. Cada personaje secundario tiene su momento, desde la cocinera que lleva treinta años friendo patatas hasta el vecino jubilado que se niega a vender su piso. No hay héroes perfectos: Àlex comete errores, miente, amenaza, y el espectador asiste a ese deterioro con la incomodidad de quien reconoce que, en su lugar, quizá haría lo mismo.

La banda sonora de Eloi Caballé aporta una textura electrónica que rompe con los tópicos del drama social. Los sintetizadores subrayan las persecuciones y los momentos de máxima tensión, pero también aparecen en las secuencias cotidianas de la cocina o en los paseos nocturnos por las calles vacías. La fotografía de Takuro Takeuchi retrata el Raval sin edulcorarlo: las fachadas desconchadas, los cables eléctricos que cuelgan, los grafitis junto a los carteles en varios idiomas. Hay una voluntad de mostrar el barrio como un personaje más, con sus contradicciones y su resistencia.

Crítica elaborada por Andrés Gómez

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