Cine y series

Futuro Desierto

Juan Pablo Pires, Lucía Puenzo

2026



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Los hermanos Lucía Puenzo y Nicolás Puenzo trasladan su mirada desde el cine argentino hacia una geografía mexicana, específicamente el enclave selvático de Chiapas, para articular una pieza audiovisual que esquiva las explosiones del gran espectáculo hollywoodiense. Este proyecto, gestado durante años con la colaboración de asesores tecnológicos del MIT Media Lab, se presenta como un relato contenido donde la ciencia ficción se viste de ropa cotidiana. Lejos de saturar al espectador con naves espaciales o ciudades futuristas, la apuesta se asienta en el realismo de un mañana cercano, casi palpable, donde la novedad tecnológica llega en el formato de un androide doméstico. La dupla de realizadores construye una atmósfera sofocante que remite a cierta sensibilidad del cine de suspense psicológico de los años setenta, aquel donde el peligro anidaba en la mirada lateral de un vecino o en la rutina de una cena familiar, antes que en una explosión nuclear.

La trama se articula en torno a Alex, un psiquiatra que acepta un puesto en una corporación tecnológica que lo instala en un pueblo aislado para supervisar un programa experimental. El verdadero motor narrativo aparece cuando la familia incorpora a María, una androide diseñada por la esposa fallecida para replicar su rol de madre. La serie disecciona entonces la fragilidad de un hogar roto por el duelo, exponiendo cómo el padre utiliza el artefacto como un vendaje para una herida que sangra en sus dos hijos. Lejos de plantear una rebelión de las máquinas, los Puenzo se centran en el progresivo desmoronamiento de los límites éticos: hasta dónde puede llegar una empresa para acumular datos sobre el comportamiento humano bajo la excusa de la terapia, y cómo un sujeto en duelo confunde la simulación con la compañía real. La narrativa, repartida en seis episodios, se permite pausas para observar el roce de una mano metálica contra la piel o el parpadeo calculado de un ojo robótico, convirtiendo el silencio en la amenaza más perturbadora.

Los personajes funcionan como engranajes de un mecanismo donde la evolución emocional se vuelve sospechosa. José María Yazpik compone a un científico atrapado en su propia locura, un hombre que confunde su necesidad de afecto con la validación de un experimento corporativo. Frente a él, Karla Souza interpreta a una ejecutiva que encarna la fría lógica de los datos, mientras que Astrid Bergès-Frisbey, en el papel de la androide María, transita una zona gris fascinante: su aprendizaje de la ternura resulta inquietante porque imita perfectamente los gestos de una madre, vaciándolos de su significado biológico. La serie escarba en la hipocresía de los adultos, incapaces de aceptar la muerte, y los contrapone a los niños del hogar, que detectan la falsedad de la máquina con una lucidez que duele. La corporación que financia el experimento añade una capa de política económica, mostrando cómo el capitalismo tecnológico utiliza el dolor familiar como campo de pruebas para estandarizar el reemplazo laboral y afectivo de los trabajadores.

La dirección de los Puenzo se caracteriza por una frialdad meticulosa, un control absoluto del tempo narrativo que rechaza el susto fácil por la incomodidad sostenida. El espectador observa cómo la lente se detiene en los detalles domésticos: la luz de la selva filtrándose por las persianas, el ruido metálico de una articulación al moverse, la textura de la silicona que cubre el chasis del robot. Esta forma de filmar convierte la casa en una jaula, un laboratorio donde el aislamiento geográfico de Chiapas refleja el aislamiento psicológico de una familia que no sabe llorar. La producción, realizada sin los presupuestos astronómicos del cine industrial anglosajón, demuestra que la incomodidad moral puede lograrse con planos fijos y una iluminación que imita la luz natural, esa que a veces muestra demasiado. La serie se permite guiños a la tradición del thriller corporativo, recordando a aquellas películas donde la oficina es el escenario de la paranoia, y traslada esa paranoia al comedor familiar.

En sus implicaciones políticas, 'Futuro Desierto' escarba una herida colonial latente: una corporación del primer mundo utiliza un territorio del sur global como vertedero tecnológico y conejillo de indias para sus experimentos. La comunidad indígena de Chiapas aparece observando con recelo a esos seres sintéticos, representando una sabiduría ancestral que la tecnología no puede codificar. El relato sugiere que el verdadero peligro no reside en la inteligencia de la máquina, sino en la estupidez o la desesperación del usuario que la activa. La serie también aborda la precarización laboral, mostrando cómo los humanoides son introducidos para desplazar a los trabajadores, pero también para ocupar roles afectivos que la sociedad ya no sabe cubrir. Los protagonistas viven una paradoja constante: pudiendo crear vida artificial, resultan incapaces de gestionar la muerte real, aferrándose a un espejismo programado que termina por devorarlos. Este bucle es la mayor fortaleza de la pieza, un espejo que refleja nuestra adicción a las pantallas y nuestra pérdida de destreza para el contacto real.

Crítica elaborada por Dani Miguel Brown

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