A estas alturas de su carrera, resulta casi provocador que un conjunto gallego acostumbrado a la asfixia sonora dedique un trabajo entero a levantar refugios. La mudanza a un sello independiente y la reducción a tres miembros podrían haber sembrado dudas, pero el grupo gallego ha convertido esos movimientos en el combustible necesario para no repetir esquemas. El miedo a sonar como una copia de sí mismos, ese terror a que las canciones salgan ya vistas, ha empujado a Rodrigo Caamaño, Isa Cea y Rafa Mallo a meter los dedos en territorios que antes apenas rozaban, como los pianos que abren el primer corte o los arreglos de cuerda que aparecen más adelante. La cuestión de fondo es clara: cuando el entorno se vuelve hostil, ¿dónde coloca uno sus afectos? Ellos responden con doce piezas que no explican nada. Más bien atraviesan el desconcierto actual construyendo un espacio donde las reglas las dictan ellos.
Un piano solitario inicia 'STM en el Palacio Real' como si la banda pidiera permiso antes de reventarlo todo, y esa dualidad entre la calma prestada y el aluvión de guitarras posteriores se convierte en un recurso que emplean varias veces. La letra habla de esa dependencia hacia las pantallas, de cómo las herramientas que fabricamos terminan deformando nuestra manera de sentir. 'Diosas Adolescentes' desprende un brillo engañoso, con una base que evoca los años noventa y una voz que parece llegar desde muy lejos, como si el pasado no se pudiera recuperar pero sí revivirse con una fuerza parecida. La formación no quiere volver atrás. Solo comprobar que la intensidad no caduca. 'Odio a mi generación' afila el cuchillo contra la propia tribu, un ajuste de cuentas que no se queda en la superficie porque el blanco real es la resignación, esa tendencia a dejarse llevar por la corriente dominante sin plantear batalla. La furia que destilan no busca llamar la atención. Actúa como un desinfectante contra la autocomplacencia.
En 'Media vida' el tempo baja y Rodrigo toma el micrófono en solitario para narrar el paso del tiempo como una gestión burocrática interminable, esa sensación de que la existencia se consume haciendo colas invisibles. Cuando grita “solo quiero que pase algo”, el oyente siente el vértigo de lo impredecible. El centro del álbum despliega una seguridad inusual en 'Mi Catedral', donde los teclados se expanden y la melodía fluye con claridad para sostener una reivindicación de soberanía: esto se levanta con las propias manos, sin pedir permiso. 'BBBMV a.r.m.a.s.' avanza con un pulso hipnótico de influencia germánica, y la distorsión aquí no adorna. En cambio envuelve como una segunda piel. El verso final sobre la muerte diaria de la divinidad en Palestina deja claro que la política no es un adorno. Es el esqueleto del asunto.
'Matar a un rey' sube la temperatura con una base que remite al rock de garaje de principios de siglo, y esa declaración de que el mundo se desmorona por partes se ve interrumpida por una erupción de jazz libre que desmonta la canción desde adentro. La ironía de equiparar ejecutar a un ceo con romper un adorno doméstico resulta desarmante por lo directa. 'Pat a trenca' excava en la escuela como institución punitiva, en esa autoridad religiosa que marcaba a los niños que no encajaban, y los seis minutos de duración permiten que el rencor respire sin prisas. El cierre llega con 'Sacrificio', una ceremonia nocturna donde la niebla gallega no es postal. Es agente activo, y entremedias 'En La Corte del E.' demuestra que la delicadeza también puede doler, con esa guitarra acústica que gime como una sirena pidiendo auxilio y una voz que parece flotar fuera del cuerpo. Cada título aparece una sola vez, y el conjunto no se presenta como un manual de instrucciones. Es más bien una caja de herramientas para quien necesite levantarse del suelo.
Conclusión
Triángulo de Amor Bizarro demuestran en 'Mi Catedral' que la intensidad no caduca con los años, transformando la dependencia digital y la autoridad religiosa en materia prima para levantar una catedral sin dios.

