Cine y series

Las damas primero

Thea Sharrock

2026



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Thea Sharrock, responsable de títulos como la adaptación del best seller romántico 'Yo antes de ti', se adentra ahora en la comedia de alto concepto con un título que Netflix estrena con cierto sigilo comercial. La cinta, un remake de la producción francesa 'No soy un hombre fácil' que la propia plataforma ya distribuía, reúne a un reparto británico de primera línea encabezado por Sacha Baron Cohen y Rosamund Pike. La premisa, que parte de una idea con cierto gancho inicial, sitúa a un ejecutivo de publicidad machista y creído en un universo paralelo donde la balanza del poder social se ha inclinado por completo hacia las mujeres. Tras un golpe en la cabeza, este hombre debe desenvolverse en un mundo donde sus colegas femeninas le objetivan en la calle, donde los hombres luchan por ascender laboralmente y donde los roles domésticos se han invertido hasta la exageración.

El argumento sigue a Damien Sachs, un tipo vulgar y sobrado de confianza que trata a su asistente como a una mueble y considera a su única compañera directiva como una simple cuota de diversidad. Cuando esta mujer, Alex, abandona la empresa tras un desplante, Damien sale tras ella y se golpea contra una farola, despertando en una sociedad donde las mujeres ocupan todos los puestos de mando. La Agencia Atlas ahora está regentada por la antigua recepcionista y la limpiadora, mientras que hombres como el protagonista ejercen tareas menores y deben someterse a rituales estéticos agresivos para resultar atractivos. Sharrock dirige el asunto con una planitud que roza el telefilm de sobremesa, sin encontrar un tono definido entre la sátira social de salón y la comedia física grosera. La evolución de Damien resulta un problema estructural, ya que el personaje aprende muy poco y sus supuestas revelaciones sobre el machismo cotidiano se diluyen en un pastiche de chistes sobre bragas para testículos y libros llamados 'Harriet Potter'.

La interpretación de Sacha Baron Cohen desentona por completo en el rol de galán mujeriego, pues su registro habitual de bufón caótico choca con la necesidad de un arco de transformación creíble. El actor transpira una incomodidad que contagia a la pantalla, como si el disfraz social que debe ponerse su personaje fuera también una prisión para su propio talento. Rosamund Pike cumple con la frialdad ejecutiva que se le pide, pero su personaje resulta tan bidimensional que cualquier intento de explorar la vulnerabilidad femenina en el poder se queda a medio gas. El guion, firmado por tres escritoras entre las que se encuentra Katie Silberman, repite una y otra vez el mismo chiste del cambio de género en palabras comunes, como 'Victor's Secret' o 'Burger Queen', como si la audiencia necesitara un recordatorio constante de la broma principal. La película plantea una inversión de la dinámica de poder para señalar la hipocresía del patriarcado, pero termina cometiendo el pecado de convertir la discriminación femenina real en una fantasía de venganza simplona y sin matices.

Las implicaciones políticas del filme resultan torpes hasta la contradicción, pues mientras pretende denunciar el acoso laboral y la cosificación del cuerpo ajeno, muestra esos mismos abusos como herramientas de empoderamiento para las mujeres en el nuevo orden. La sátira se estrella contra su propia falta de ambición, ya que Sharrock y sus colaboradoras nunca se atreven a explorar las consecuencias reales de un cambio estructural tan radical. En lugar de eso, prefieren recurrir a un catálogo de tópicos sobre lo que significa ser hombre o mujer en el siglo XXI, fechados ya en los años noventa. El uso de canciones pop como 'Da Ya Think I'm Sexy?' para subrayar la ironía resulta tan previsible que agota cualquier posibilidad de sutileza. Las mejores secuencias, como la de Fiona Shaw acosando a Damien en un ático con albornoz, apuntan a una versión más cínica y divertida que esta cinta se niega a ser. El resto del metraje se pierde en escenas de oficina mal iluminadas y diálogos que parecen escritos por un algoritmo que ha digerido mal la tercera ola del feminismo.

El desfile de actores británicos ilustres como Charles Dance, Richard E. Grant o Emily Mortimer solo logra poner en evidencia la pobreza del material que tienen entre manos. Dance, acostumbrado a ejercer la autoridad en la pequeña pantalla, aparece aquí como un secretario afeminado que sirve café en una taza con purpurina, un chiste visual que se agota a los cinco segundos. Mortimer interpreta a una dentista con flatulencias, otro gag recurrente que la película estira hasta la desesperación. La única lectura interesante, aunque completamente involuntaria, sería ver esta cinta como un síntoma del agotamiento creativo en el sector del streaming, donde se reciclan propiedades intelectuales propias sin aportar ninguna perspectiva fresca. La cinta original francesa ya cojeaba en su desarrollo argumental, pero este remake ni siquiera conserva la modestia de presupuesto que justificaba sus limitaciones. Con un metraje que ronda los noventa minutos, la sensación de alivio al llegar a los créditos finales resulta inversamente proporcional al tedio acumulado durante su visionado. Sharrock demuestra aquí una incapacidad para manejar el ritmo de la comedia, dejando que las pausas se alarguen y que los remates de los gags se ahoguen en un silencio incómodo. El resultado final es un producto que ni funciona como entretenimiento ligero ni como ensayo sociológico, quedando atrapado en un término medio insulso que solo interesa como curiosidad para ver hasta dónde puede llegar la paciencia de un espectador.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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