Tyler Perry regresa al frente de una franquicia que inició en 2007 con '¿Por qué me casé?' y continuó en 2010 con '¿Por qué me casé también?'. Dieciséis años después de aquella segunda parte, el cineasta estadounidense recupera a sus personajes principales para trasladarlos a un escenario distinto: el lago Como, en Italia. La ocasión que reúne a Terry, Diane, Angela, Marcus, Sheila, Troy y Mike es la boda de Jasmine, hija de Angela y Marcus, con Wesley, hijo de Roselyn, una amiga del grupo que hasta ahora no había aparecido en la saga. Perry, que vuelve a ejercer como guionista, director y productor, construye una trama que utiliza el enlace matrimonial como excusa para sacar a la luz los secretos que los protagonistas arrastran desde sus entregas anteriores.
La celebración nupcial se convierte en el catalizador perfecto para que los conflictos latentes exploten. Jasmine y Wesley esconden infidelidades cruzadas que repiten el patrón que sus padres vivieron en la primera película, cuando Angela descubrió que Marcus le era infiel y ella respondió con una venganza similar. La joven pareja, lejos de haber aprendido de los errores ajenos, reproduce el ciclo tóxico con una variante adicional: Jasmine contrajo una enfermedad de transmisión sexual tras su aventura extramatrimonial. Este paralelismo generacional constituye el eje central de la propuesta, que plantea la dificultad de romper con los modelos heredados. Los hijos, representados por Kenya, T.J., Denver y Marcus Jr., confiesan sentirse abrumados por la supuesta perfección de sus progenitores, hasta que estos últimos revelan sus propias miserias para desmontar ese ideal inalcanzable.
La dirección de Perry mantiene el tono de las anteriores entregas, alternando momentos de tensión dramática con escenas que buscan la complicidad del espectador. El cineasta utiliza el recurso del reencuentro para airear trapos sucios, una constante en su filmografía que aquí adquiere matices generacionales. Los personajes adultos, que en las dos primeras películas protagonizaron los conflictos principales, pasan a un segundo plano para ceder protagonismo a sus hijos. Este relevo, sin embargo, no supone una renovación en el enfoque, pues los problemas que aquejan a la nueva generación calcan los de la anterior. La infidelidad, la falta de comunicación y el miedo al compromiso se repiten con idénticos patrones, lo que convierte la propuesta en un bucle narrativo que apenas añade novedades a lo ya visto.
Las tramas paralelas ofrecen algunos desarrollos interesantes. Diane y Terry, que en anteriores películas solventaron sus diferencias en torno a la maternidad y la dedicación profesional, se enfrentan ahora a la rutina. Terry, en un arrebato inesperado, confronta a Mike para demostrar a su esposa que aún conserva la espontaneidad. Angela y Marcus, que aseguran no haber discutido en años, ven tambalearse su fachada cuando su hijo Marcus Jr. se enreda con Regina, la exnovia que ahora sale con Mike. Sheila, por su parte, lidia con el cuidado de su madre enferma de alzhéimer mientras observa con preocupación la relación de Jasmine y Wesley, temiendo que la joven repita su propio calvario con Mike en la primera película. Roselyn, el personaje interpretado por Taraji P. Henson, esconde su relación con Nick, un joven veintisiete años menor que ella y que fue tutor de Wesley en la escuela.
Las implicaciones morales del filme merecen atención. Perry plantea una reflexión sobre la transmisión de pautas relacionales entre generaciones, pero lo hace sin profundizar en las causas estructurales que perpetúan esos comportamientos. La película sugiere que los hijos están condenados a repetir los errores de los padres a menos que estos últimos confiesen sus fracasos, una idea que simplifica en exceso la complejidad de las dinámicas familiares. Además, la resolución de los conflictos resulta precipitada: las confesiones en la cena de ensayo bastan para que Jasmine y Wesley decidan casarse, como si el mero reconocimiento público de las infidelidades borrara el daño causado. Esta ligereza en el tratamiento de las crisis resta credibilidad a unas tramas que, en sus inicios, prometían un análisis más riguroso.
El papel de los personajes femeninos también plantea interrogantes. Sheila, que en '¿Por qué me casé?' soportó el maltrato psicológico de Mike y en '¿Por qué me casé también?' vivió la crisis de Troy por su desempleo, vuelve a situarse en una posición de cuidado, ahora atendiende a su madre. Angela, pese a su carácter explosivo, acaba aceptando las explicaciones de Marcus sin exigir mayores cambios en la relación. Diane, que en la primera película fue sometida a una prueba de ADN por las sospechas de Terry, parece conformarse con que su marido la sorprenda con una discusión. Las mujeres de la franquicia, a pesar de los años transcurridos, siguen ocupando roles que las sitúan como gestoras de las emociones ajenas, mientras los hombres conservan una centralidad que apenas se cuestiona. Este desequilibrio, lejos de corregirse con el paso del tiempo, se perpetúa en las nuevas generaciones.
Los nuevos personajes, como Nick y Regina, introducen dinámicas que podrían haber enriquecido el relato, pero su desarrollo resulta superficial. Nick, cuya relación con Roselyn esconde la protección de un secreto familiar, acaba siendo aceptado por el grupo sin que se exploren las implicaciones de esa diferencia de edad. Regina, que aparece como la exnovia de Marcus Jr. y actual pareja de Mike, sirve únicamente para crear tensión entre los personajes, sin que su papel trascienda el de mero catalizador de conflictos. La película desaprovecha así la oportunidad de abordar con cierta complejidad temas como las relaciones asimétricas o la dificultad de construir vínculos tras rupturas anteriores.
El tratamiento de la memoria y el pasado constituye otro de los pilares de la propuesta. Sheila, al escuchar los gritos de Wesley a Jasmine, revive su propio trauma con Mike y proyecta en la joven pareja sus miedos. Esta conexión entre el presente y el pasado, que en teoría debería dotar de profundidad al relato, se resuelve con una declaración de Terry sobre la necesidad de luchar por el amor a pesar de la fealdad de las circunstancias. La frase, que pretende ser un mensaje esperanzador, reduce la complejidad de las relaciones a una cuestión de voluntad individual, ignorando factores como la desigualdad de poder, la interiorización de roles de género o la repetición de patrones de violencia psicológica. Perry opta por el consuelo fácil en lugar de indagar en las contradicciones de sus personajes.
La ambientación italiana, con sus paisajes y su luz, aporta un contrapunto estético a la densidad de los conflictos. El lago Como, con sus villas y sus jardines, sirve de telón de fondo para unas conversaciones que, en cualquier otro escenario, resultarían claustrofóbicas. Sin embargo, este lujo visual no logra camuflar las carencias de un guion que recurre a los mismos mecanismos que sus predecesoras: la confesión en público, el llanto compartido y la reconciliación inmediata. Perry parece confiar en que la belleza del lugar y la nostalgia por los personajes basten para sostener una trama que, en el fondo, solo ofrece variaciones menores sobre lo ya visto. El resultado es una película que cumple con las convenciones del género sin arriesgar ni una sola concesión a la sorpresa o la incomodidad.
El reparto, liderado por Tyler Perry y acompañado por las veteranas Jill Scott y Tasha Smith, mantiene un nivel interpretativo solvente. Scott, en particular, logra transmitir la angustia de Sheila sin caer en el melodrama excesivo. Taraji P. Henson, la gran incorporación de esta entrega, aporta su habitual presencia escénica, aunque su personaje queda reducido a una subtrama que apenas afecta al desarrollo principal. Los actores jóvenes, entre los que destacan Da'Vinchi y Laya Deleon Hayes, cumplen con sus papeles sin lograr despegarse de los arquetipos que sus padres encarnaron dos décadas atrás. La película, en definitiva, funciona como un ejercicio de continuidad que complacerá a quienes busquen reencontrarse con estos personajes, pero que decepcionará a aquellos que esperen una evolución significativa en sus historias.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
