Las dos mitades de 'Pálida luz en las colinas' se desarrollan en orillas opuestas del planeta y en décadas distantes, pero sus ecos resuenan con idéntica frecuencia. La cinta, que Kei Ishikawa ha construido a partir de la ópera prima de Kazuo Ishiguro, traslada a la pantalla el complejo entramado de una memoria que se resiste a ser lineal. El realizador japonés, que ya había explorado las fisuras de la identidad en 'Un hombre', asume ahora el reto de dotar de carne visual a un texto que se mueve entre lo autobiográfico y lo fantasmagórico. La producción, coparticipada por estudios de Japón, Reino Unido y Polonia, cuenta con el beneplácito del Nobel, que ejerce como productor ejecutivo, lo que otorga un sello de veracidad al proyecto. Esa bendición, sin embargo, deja a la obra expuesta a ciertas rigideces que afloran cuando el material literario se enfrenta a las exigencias del lenguaje cinematográfico, especialmente en la transición entre los dos bloques temporales que la estructuran.
En el presente de 1982, Niki, una joven periodista de origen mixto, regresa a la casa de su madre Etsuko en la campiña inglesa para indagar en un pasado que su progenitora se empeña en mantener a raya. El suicidio de Keiko, la hermana mayor, planea sobre cada conversación, pero el verdadero objeto de la pesquisa es la vida anterior de Etsuko en Nagasaki. A través de un largo flashback, el espectador asiste a la relación de la joven Etsuko con Sachiko, una viuda excéntrica que vive en una choza ruinosa con su hija Mariko. Sachiko encarna la transgresión de los códigos sociales de la posguerra: mantiene un romance con un soldado estadounidense, desprecia las convenciones del hogar tradicional y arrastra el estigma de haber sobrevivido a la radiación atómica. Este vínculo con Sachiko se convierte en un espejo distorsionado para Etsuko, que empieza a percibir las grietas de su propio matrimonio con Jiro, un hombre ausente y apático. La dirección de Ishikawa subraya esta duplicidad mediante el uso de planos que reflejan a las dos mujeres en composiciones simétricas, sugiriendo que una podría ser el fantasma de la otra. La ambigüedad del relato, que en la novela se mantiene gracias a la voz en primera persona, aquí se vuelve más explícita, y ese exceso de claridad resta parte del encanto esquivo que caracteriza al autor británico.
El telón de fondo de la cinta es la posguerra japonesa, un periodo en el que la derrota militar y el bombardeo atómico dejaron heridas que tardarían décadas en cicatrizar. Ishikawa omite la explosión y sus efectos inmediatos, pero los incorpora a través de la marginación de los supervivientes, considerados portadores de una suerte de contaminación moral y física. El padre de Jiro, Ogata, un antiguo educador imperial, representa la generación que arrastra la culpa de haber conducido al país al desastre; sus discusiones con los jóvenes sobre el papel de la enseñanza revelan un conflicto intergeneracional que la película trata con contención, pero sin eludir su carga política. Por otro lado, la emigración de Etsuko a Inglaterra y la posterior adaptación de sus hijas a una cultura ajena plantean el desgarro de la identidad híbrida. Niki, que habla inglés con fluidez y apenas conoce el japonés, se enfrenta a una herencia que le resulta extraña, y su esfuerzo por comprender a su madre choca con la opacidad de unos recuerdos que quizá nunca fueron del todo reales. La cinta, en este sentido, se aventura en el terreno de la memoria colectiva y la responsabilidad histórica, pero lo hace con un tono que privilegia la sugerencia sobre la denuncia abierta, lo que le confiere una textura más enigmática que panfletaria. El retrato de la sociedad nipona de los años cincuenta, con sus rígidas jerarquías y su recelo hacia lo extranjero, sirve de contrapunto a la Inglaterra de los ochenta, donde la integración tampoco resulta sencilla para quienes llegan de fuera.
La puesta en escena de Ishikawa se caracteriza por una sobriedad que roza el academicismo, sobre todo en las secuencias inglesas, donde los diálogos parecen calcados de un drama televisivo de la BBC. La fotografía de Piotr Niemyjski, sin embargo, imprime una textura pictórica a los pasajes de Nagasaki, con tonalidades cálidas que evocan un mundo que solo existe en la memoria. La elección de 'Ceremony' de New Order como leitmotiv musical resulta audaz y aporta un contrapunto moderno a la melancolía de las imágenes. Empero, el montaje, a cargo del propio director, tiende a subrayar en exceso los paralelismos entre las dos épocas, restándole al misterio la ambigüedad que en la novela resulta tan seductora. Las interpretaciones de Suzu Hirose y Fumi Nikaido sostienen gran parte del peso dramático; Hirose dota a su personaje de una fragilidad contenida que contrasta con la energía volcánica de Nikaido, mientras que Yoh Yoshida y Camilla Aiko cumplen con corrección en sus papeles, aunque sus personajes adolecen de una densidad que solo se intuye en los silencios. El director maneja con soltura los códigos del cine de época japonés, pero cuando traslada la acción a Gran Bretaña, su pulso se vuelve más inseguro, y las conversaciones entre madre e hija carecen de la tensión subterránea que caracteriza a los flashbacks. Esa desigualdad rítmica convierte el metraje en un recorrido irregular, donde los momentos de mayor intensidad emocional quedan relegados a un pasado que, por definición, ya no puede modificarse.
La película de Ishikawa consigue atrapar la esencia de Ishiguro en su capacidad para sugerir mundos paralelos, pero se pierde en el intento de aclarar lo que el texto dejaba deliberadamente borroso. El giro final, que pretende atar cabos entre la historia de Sachiko y la de Etsuko, resulta más artificioso que revelador, porque fuerza una interpretación que la narración previa había mantenido en suspenso. Aun así, el filme plantea una reflexión pertinente sobre la fragilidad de los testimonios y la manera en que las personas reescriben su propia biografía para soportar el peso de lo ocurrido. La mirada del director, aunque contenida, muestra un oficio sólido, y su respeto por el material de partida no impide ciertos deslices narrativos, como la sobreabundancia de explicaciones en los diálogos de la parte inglesa. En conjunto, 'Pálida luz en las colinas' presenta un recorrido con altibajos, con momentos de auténtica tensión dramática y otros que se diluyen en la corrección formal, pero su ambición temática y su factura cuidadosa la convierten en una obra que merece ser contemplada sin prisas, especialmente por aquellos que busquen un acercamiento sereno a las huellas de la guerra y la migración. El filme, en definitiva, se sitúa en esa frontera difusa entre el drama familiar y el ensayo histórico, y aunque no siempre acierta en el equilibrio, su propuesta visual y narrativa deja una poso que perdura más allá de los créditos finales.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
