Cine y series

Nino

Pauline Loquès

2025



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La consulta médica se convierte en el punto de inflexión para Nino Clavel, un veinteañero parisino que recibe un diagnóstico de cáncer de garganta derivado del virus del papiloma humano. La noticia, comunicada con una frialdad burocrática por una facultativa que asume que el paciente ya estaba al tanto, desencadena un fin de semana deambulatorio antes del inicio de la quimioterapia. La pérdida de las llaves de su apartamento se suma a la conmoción, forzándole a recorrer la ciudad mientras lidia con una orden médica que añade una capa de absurdo a su tragedia: la necesidad de proporcionar una muestra de semen para su congelación, dado que el tratamiento le privará de la capacidad de engendrar. La directora y guionista Pauline Loquès, en su primera incursión en el largometraje, construye un relato que se distancia del melodrama convencional, optando por una observación pausada de la reacción de su protagonista ante la adversidad. La cinta, que se presentó en la Semana de la Crítica de Cannes, bebe de la tradición del cine francés que retrata la fragilidad existencial en los pliegues de la vida cotidiana, aunque sin copiar sus formas. La propuesta de Loquès reside en la contención, en mostrar el desconcierto de un joven que parece observar su propia vida desde una distancia prudencial, como si la gravedad de su situación solo pudiera procesarse a través de la rutina y el contacto con un entorno que, por momentos, parece ajeno a su drama.

Nino deambula por una París menos turística y más funcional, buscando un anclaje en sus relaciones mientras la noticia de su enfermedad se convierte en un elefante blanco que todos evitan mencionar. Su madre, interpretada por Jeanne Balibar, recibe su visita con la calidez de quien intuye algo pero respeta el silencio de su hijo. La conversación se centra en el pasado, en la figura de un padre fallecido a una edad temprana, estableciendo un paralelismo tácito con la posible brevedad de su propia existencia. Un encuentro fortuito con una antigua compañera de estudios, Zoé, y su hijo pequeño, le ofrece un espejo de una paternidad que quizá nunca podrá ejercer, generando una melancolía que no se explicita. Los amigos de Nino, que preparan una fiesta sorpresa por su cumpleaños, representan el mundo que sigue girando, ajeno a la tormenta interna del homenajeado. El personaje de Sofian, su mejor amigo, encarna esa presión social por la alegría y la normalidad, chocando con la apatía y la distancia de un Nino que procesa su duelo por la vida que creía tener. Estas dinámicas reflejan una soledad compartida, donde la incomunicación se convierte en el lenguaje predominante. El filme disecciona la fragilidad de los vínculos masculinos, a menudo basados en la complicidad tácita y eludir lo verdaderamente importante, y subraya la tensión entre el deber social de la celebración y el dolor privado.

La dirección de Loquès se caracteriza por una puesta en escena sobria y una cámara que acompaña los movimientos de su protagonista con un realismo observacional, prestando especial atención a los detalles cotidianos que adquieren un peso simbólico. La ausencia de grandes alardes técnicos o de una banda sonora manipuladora refuerza la sensación de que la vida continúa, imperturbable, incluso ante la inminencia de un tratamiento médico agresivo. La fotografía de Lucie Baudinaud, con su preferencia por los primeros planos, captura la contención física y emocional del actor Théodore Pellerin, cuya interpretación se sostiene en la sutileza y en la transmisión de un aturdimiento existencial. El guion, coescrito con Maud Ameline, evita cualquier concesión al sentimentalismo, mostrando cómo la enfermedad se manifiesta más en lo que no se dice que en los grandes discursos. La cinta sitúa al espectador en la posición de un observador privilegiado de la lucha interna de Nino, que se debate entre el instinto de supervivencia y la desesperanza. La decisión de no mostrar el tratamiento ni sus efectos secundarios, sino centrarse en el lapso previo, convierte la espera en el verdadero escenario del drama, un tiempo muerto en el que la incertidumbre y la rutina se funden en una danza incómoda. La película se convierte así en un estudio de personaje, donde la enfermedad es el catalizador y no el centro del relato.

Las implicaciones sociales se despliegan con una naturalidad que evita el panfleto. El sistema de salud francés aparece como una entidad eficiente pero despersonalizada, que trata el diagnóstico como un trámite más, contribuyendo al estado de shock del protagonista. La sexualidad y el virus del papiloma humano se abordan sin estigmas, como un hecho biológico más con consecuencias crónicas, normalizando un diálogo que la sociedad suele soslayar. La cuestión de la masculinidad se aborda a través de la incapacidad de Nino para compartir su vulnerabilidad y su miedo, así como en el absurdo encargo del semen como último acto de virilidad posible antes de la castración química. El retrato de la amistad, por otro lado, revela la fragilidad de los lazos cuando se enfrentan a la crudeza de la realidad, cuestionando la capacidad de los círculos íntimos para ofrecer consuelo. La película plantea, con una mirada crítica y compasiva, cómo la sociedad gestiona la enfermedad y la muerte, mostrando la desconexión entre el sistema sanitario, el entorno afectivo y la experiencia individual del sufrimiento. La obra de Loquès incide en que el verdadero proceso de sanación no reside únicamente en la quimioterapia, sino en la capacidad de encontrar un lugar en el mundo y en las relaciones, aunque sea a costa de asumir la propia finitud.

La evolución de Nino no es la de un héroe que se transforma, sino la de un individuo que se resigna a la posibilidad de un futuro truncado, encontrando pequeños instantes de conexión en medio de la indiferencia de la gran ciudad. El encuentro con la maternidad de Zoé o la conversación sobre la herencia paterna le proporcionan claves para valorar su propia vida, aunque el camino hacia esa valoración sea tortuoso y plagado de dudas. La escena en la que se ve obligado a acudir a un centro de salud para cumplir con la petición médica se convierte en un momento de humor negro y patetismo, que desmonta cualquier tentativa de grandilocuencia. El personaje de Nino, gracias a la interpretación de Pellerin, se convierte en un arquetipo del joven contemporáneo: desorientado, emocionalmente analfabeto y arrastrado por las circunstancias, pero con una chispa de ternura que se asoma en sus silencios. La película termina con una sensación de continuidad, de que el ciclo vital sigue su curso, indiferente al destino de su protagonista, pero sembrando la idea de que incluso en la adversidad se pueden encontrar razones para perseverar. La elección de la canción de Fontaines D.C. en el clímax otorga un tono de esperanza soterrada, un latido de rebeldía frente a la inercia de lo inevitable. Nino se revela así como un drama sobre la aceptación, no como un acto de heroísmo, sino como la tenaz y silenciosa labor de seguir existiendo.

Crítica elaborada por Marina Rivas

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