Cine y series

No es así

Ian Deitchman

2026



Por -

La llegada de 'No es así' a Prime Video coloca sobre la mesa un relato familiar donde la fe cristiana actúa como un pilar arquitectónico más que como un adoctrinamiento. Ian Deitchman y Kristin Robinson, creadores de la ficción, construyen un escenario en Atlanta donde el pastor Malcolm Jeffries, recientemente viudo, intenta sostener la rutina de sus tres hijos mientras su vecina Lori Soto digiere un divorcio inesperado. La dirección corre a cargo de un equipo encabezado por Brad Silberling, quien huye de la estética brillante y superficial para refugiarse en una puesta en escena que privilegia los silencios domésticos y las miradas perdidas en el interior de un coche. La propuesta se desmarca de los sermones televisivos habituales al presentar una comunidad donde el luto y la ruptura matrimonial pesan más que cualquier cita bíblica, lo que permite un acercamiento más terrenal a los conflictos espirituales.

La trama disecciona las grietas que dejan la muerte y el abandono en dos unidades familiares vecinas. Malcolm lidia con una hija adolescente que rechaza asistir a la iglesia y un hijo pequeño que oculta el acoso escolar para no aumentar la carga paterna, mientras que Lori observa cómo su exmarido rehace su vida en aplicaciones de citas y su primogénito recurre a mecanismos de defensa autodestructivos. La serie sitúa el duelo en el centro de cada decisión, mostrando cómo la ausencia de Jenny, la fallecida, se convierte en un fantasma funcional que guía los pasos de los vivos sin caer en lo sobrenatural barato. El guion introduce con acierto temas como el alcoholismo en recuperación de David o la relación del pastor con un amigo imán, abriendo el abanico de creencias y adicciones sin caer en el exotismo. La evolución de los personajes se mide en pequeños pasos: Flora permite un acercamiento a la fe sin rendirse por completo, y Merritt aprende que su ira tiene consecuencias reales sobre su entorno, una construcción pausada que premia la paciencia del espectador.

El pulso narrativo descansa sobre la química contenida entre Scott Foley y Erinn Hayes, dos intérpretes que evitan el melodrama fácil para explorar la atracción entre dos adultos rotos que se reconocen como posibles anclas de salvación. Foley compone a un pastor que duda de su propio discurso en el púlpito, lejos del líder infalible, mientras Hayes aporta una fragilidad nerviosa a Lori, una mujer que llora a escondidas en el asiento del conductor antes de enfrentar el día. Silberling y los demás realizadores orquestan las conversaciones en espacios cotidianos, una cocina o un porche, donde la cámara se mantiene a una distancia respetuosa que permite a los actores construir las escenas sin artificios. Los jóvenes del reparto, en especial Leven Miranda y Caleb Baumann, soportan el peso de tramas que evitan reducir la adolescencia a un mero catálogo de conflictos superficiales, abordando la presión de ser la hija mayor de un predicador o el despecho de un chico cuyos padres se separaron sin previo aviso. La serie entiende que la reconstrucción personal lleva tiempo y que los retrocesos forman parte del camino, una lección que aplica tanto a los adultos como a los menores.

El análisis de las implicaciones sociales y morales resulta tan evidente como necesario en un producto que podría haber tomado la vía fácil del proselitismo. La serie se atreve a mostrar una comunidad cristiana donde el divorcio es una herida abierta y no un pecado imperdonable, donde el pastor permite que su hija cuestione la existencia divina sin expulsarla de su lado, y donde la amistad con un líder musulmán se presenta como un hecho natural en un barrio diverso. La política del relato se manifiesta en esa normalidad: la fe sirve como un bastón para caminar, no como un arma para golpear al diferente, y los personajes principales muestran una vulnerabilidad que desmonta la fachada de la familia perfecta evangélica. Los creadores introducen el acoso escolar, los trastornos alimenticios derivados del estrés y la presión social sobre las hijas de un pastor como temas que atraviesan el guion con una crudeza medida, evitando tanto el sensacionalismo como la lección moral al final de cada capítulo. La serie construye un microcosmos donde el error humano y la torpeza emocional conviven con la oración, y ese equilibrio resulta más subversivo de lo que parece a primera vista.

El tempo narrativo de los ocho episodios abraza una cadencia propia del drama familiar de finales de los noventa, emparentado con el trabajo de productoras como la de Edward Zwick o Marshall Herskovitz, lejos del ritmo frenético que impone el streaming contemporáneo. Las transiciones entre las distintas subtramas se suceden con fluidez, alternando el dolor contenido de Malcolm con las explosiones de rabia de Merritt o la confusión sexual de Penelope, quien observa cómo su antigua mejor amiga cambia de grupo social. Los directores evitan los primeros planos invasivos en los momentos de quiebre emocional, prefiriendo encuadres que aíslan a los personajes dentro del hogar o el automóvil, reforzando la idea de un sufrimiento individual que a menudo se oculta tras las paredes de cada vivienda. La fotografía de Tim Bellen apuesta por una paleta de tonos otoñales que envuelve la cotidianidad de las idas al colegio o las cenas familiares, mientras la partitura de los hermanos Chan subraya la tensión sin llegar a saturar los diálogos. 'No es así' funciona mejor cuando se aleja del posible romance central para concentrarse en cómo los hijos de ambas familias aprenden a nombrar su desamparo, un acierto que eleva el conjunto por encima de otras propuestas del sello Wonder Project.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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