Cine y series

El amigo inesperado

Fabienne Godet

2025



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Fabienne Godet, cineasta francesa cuya trayectoria se ha movido entre el documental social y el drama de reconstrucción personal, entrega ahora una adaptación de la novela de Luc Blanvillain. La directora, acostumbrada a retratar el malestar laboral y las segundas oportunidades, cambia de registro hacia una comedia que observa las grietas de la comunicación contemporánea. Su coguionista Claire Barré participa en este trasvase literario que conserva la estructura de enredo pero modera el tono para alejarse del vodevil. El resultado se sitúa en ese territorio incómodo donde la risa aparece sin estridencias y el drama se filtra por los bordes de cada conversación telefónica.

La premisa funciona como un experimento social de laboratorio. Un escritor bloqueado, Pierre Chozène, contrata a Baptiste Mendy, un imitador sin recursos, para que responda a sus llamadas haciéndose pasar por él. Godet construye una crítica mordaz a la hiperconectividad sin necesidad de discursos explícitos. Cada timbrazo se convierte en una interrupción violenta del pensamiento, una demostración de cómo los dispositivos colonizan el tiempo creativo. El escritor pierde su voz porque el mundo exterior le exige respuestas inmediatas. Baptiste, en cambio, encuentra en la voz ajena una herramienta de supervivencia económica y, más tarde, un vehículo para satisfacer su necesidad de reconocimiento. La delegación de la identidad plantea una cuestión de clase que Godet maneja con sutileza. El hombre blanco acomodado externaliza sus obligaciones afectivas y laborales en un joven negro que debe borrarse a sí mismo para encajar en un entorno burgués.

Los personajes evolucionan en direcciones opuestas pero convergentes. Pierre comienza siendo un cascarón amargado que escribe desde el aislamiento voluntario. Su contrato con Baptiste le permite desentenderse de los vínculos familiares, especialmente de la tensa relación con su padre y del fantasma de su expareja Clara. Sin embargo, esa misma delegación le termina robando la capacidad de sentir. Cuando Baptiste, conmovido por las historias que escucha, empieza a tomar decisiones en su nombre, Pierre descubre que ha vendido su vida emocional por unas horas de tranquilidad. El personaje de Salif Cissé atraviesa una trayectoria más compleja. Su Baptiste no es un arribista, sino un artesano de la voz que encuentra en la imitación una forma de inserción social. Sus intervenciones telefónicas, al principio mecánicas, derivan hacia la reparación activa de los lazos rotos por Pierre. La relación con Elsa, la hija pintora del escritor, desencadena el verdadero conflicto. Baptiste posa para ella bajo su identidad real, creando un espacio de honestidad dentro del fraude generalizado.

La dirección de Godet apuesta por la contención narrativa. Los gags nunca se subrayan con primeros planos enfáticos ni con música que indique dónde reír. La puesta en escena prefiere planos medios que encuadran a los actores en sus espacios domésticos, subrayando la soledad doméstica de Pierre y la precariedad luminosa de la buhardilla donde Baptiste ensaya sus voces. El montaje mantiene un ritmo pausado que permite que los malentendidos telefónicos se desarrollen con naturalidad. La mayor conquista técnica reside en la fusión vocal entre Podalydès y Cissé, un trabajo de posproducción que difumina la frontera entre imitador e imitado. Godet filma las conversaciones como si fueran partidas de ajedrez donde cada frase modifica el equilibrio de poder entre ambos hombres. Las llamadas con el padre de Pierre, un anciano autoritario que nunca ha valorado la carrera literaria de su hijo, se convierten en el eje más amargo de la trama. Baptiste, al contestar como Pierre, inventa una reconciliación póstuma que el verdadero escritor nunca tuvo el valor de buscar. La mentira se vuelve más verdadera que la realidad.

Las implicaciones sociales del filme merecen atención. Godet retrata un París donde los mundos del intelectual consagrado y del artista periférico apenas se cruzan, y cuando lo hacen, es mediante relaciones de servidumbre encubierta. Baptiste no solo imita voces, sino modales, gustos, formas de reír. Su trabajo consiste en borrar cualquier rasgo que lo delate como outsider. La película observa cómo el éxito cultural francés reproduce sus privilegios a través de mecanismos de exclusión suaves, casi invisibles. La amistad que surge entre ambos protagonistas, torpe y llena de desconfianzas recíprocas, no resuelve esa desigualdad estructural, pero la expone sin complacencias. El personaje de la agente literaria que presiona a Pierre para que entregue el manuscrito, los amigos del teatro que ven con recelo el éxito repentino de Baptiste, la exmujer que aún guarda rencor, todos configuran un ecosistema donde la comunicación ha sustituido al diálogo. Las llamadas se acumulan, los mensajes se multiplican, pero nadie escucha de verdad.

La comedia funciona mejor cuando se aleja del enredo romántico. Los equívocos con Clara, la amante abandonada, resultan el tramo más previsible, con desencuentros en citas a ciegas y malentendidos de alcoba que Godet resuelve con oficio pero sin sorpresa. Donde el filme gana intensidad es en los silencios que quedan entre llamada y llamada. Pierre escuchando a escondidas cómo Baptiste consuela a su hija a través del teléfono. Baptiste ensayando frente al espejo la entonación exacta de una disculpa que no le pertenece. Esos momentos capturan la soledad de dos hombres que han externalizado tanto sus vidas que ya no saben cuál es su voz original. Godet, fiel a su interés por los procesos de reconstrucción, muestra que recuperar la propia identidad exige primero perder el control sobre ella. El escritor debe escuchar cómo otro lo interpreta para descubrir quién es. El imitador debe dejar de imitar para encontrar su propio lugar en el mundo.

Crítica elaborada por Emma Castillo

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