Cine y series

Enzo

Robin Campillo

2025



Por -

La muerte de Laurent Cantet en abril de 2024 dejó sin terminar un proyecto que él mismo había concebido para abrir la Quincena de los Realizadores de Cannes. Robin Campillo, su colaborador habitual en el montaje y el guion de títulos como 'La clase', asumió entonces la dirección de 'Enzo' sobre la base de un texto escrito a tres manos con Gilles Marchand. El resultado se presenta en pantalla como una película de Cantet dirigida por Campillo, un dato de crédito que condensa la doble paternidad de una obra donde la mirada sobre la adolescencia masculina se tiñe de una melancolía contenida y de un interés casi clínico por los mecanismos del rechazo familiar.

El argumento sigue a Enzo, un joven de dieciséis años interpretado por Eloy Pohu, que ha abandonado los estudios tradicionales para trabajar como aprendiz de albañil en La Ciotat. Sus padres, un profesor de matemáticas y una ingeniera encarnados por Pierfrancesco Favino y Élodie Bouchez, viven en una villa moderna con vistas al mar y no comprenden por qué su hijo rechaza el camino académico que su hermano mayor sigue sin fricciones. La paradoja central se despliega cuando el capataz de la obra, sorprendido al descubrir el entorno privilegiado del chico, intenta ajustar cuentas con los progenitores mientras Enzo observa con una mezcla de vergüenza y desafío. Esa escena inicial condensa el pulso de la cinta: un muchacho que se niega a heredar el confort de su clase social y que busca en el trabajo manual una identidad que la escuela no le proporciona.

Campillo, que ya había dirigido '120 pulsaciones por minuto', filma con una pausa deliberada que huye del dramatismo subrayado. Los planos se alargan sobre los andamios y el polvo de la construcción, pero también sobre el agua quieta de la piscina familiar, creando una oposición visual entre dos mundos que Enzo no logra conciliar. El chico muestra torpeza en el manejo de los ladrillos y sus compañeros lo señalan como el eslabón más débil, pero él insiste en permanecer allí porque ese oficio le permite rozar una vida que considera más real que la suya propia. La aparición de Vlad, un albañil ucraniano de veintitantos años al que da vida Maksym Slivinskyi, despierta en Enzo una fascinación que la película maneja con una ambigüedad calculada. Vlad huye de la guerra en su país y se debate entre quedarse en Francia o regresar a combatir, un dilema que el protagonista idealiza como una forma de masculinidad sacrificada y auténtica.

La cinta explora la atracción que Enzo siente hacia Vlad sin convertirla en un relato explícito de descubrimiento homosexual, porque el chico también mantiene un coqueteo con una compañera de instituto y porque el mismo Campillo ha afirmado que Vlad es heterosexual en el planteamiento original. Lo que interesa aquí es la manera en que el deseo se confunde con la admiración social y con la búsqueda de un referente viril que el padre profesor, demasiado dialogante y comprensivo, no puede ofrecer. Enzo escucha las historias de Vlad sobre las mujeres que ha conocido y sobre la presión de alistarse en el ejército, y en esas confesiones encuentra una dureza existencial que contrasta con la protección excesiva de su hogar. Los padres de Enzo no son villanos ni autoritarios; al contrario, intentan razonar con él, le ofrecen opciones como la escuela de arte cuando descubren sus dibujos, y sufren al ver cómo se autolimita. Esa ternura familiar, lejos de aliviar a Enzo, lo irrita todavía más, porque le recuerda su privilegio y le impide construir un relato de rebeldía limpio.

El guion, firmado por Cantet, Campillo y Marchand, introduce la guerra de Ucrania como un telón de fondo que politiza las dudas del adolescente. Los dos trabajadores emigrados hablan de la muerte y del deber patriótico mientras Enzo los escucha con una atención que roza la obsesión, como si el conflicto bélico le ofreciera una escala de valores más definida que la de su entorno familiar. La película sugiere que la conciencia de clase del muchacho nace de un malestar difuso ante su propia comodidad, pero también de una incapacidad para sentir que sus problemas merecen la misma gravedad que los de quienes huyen de las bombas. Esta tensión entre lo íntimo y lo geopolítico dota a 'Enzo' de una capa adicional que la distancia de los simples retratos generacionales, aunque el filme nunca resuelve del todo si esa conexión entre el drama doméstico y el panorama internacional funciona con la fuerza que pretende.

La dirección de Campillo evita los estallidos emocionales y prefiere acumular pequeños gestos y silencios que a menudo resultan más reveladores que cualquier diálogo. La cámara de Jeanne Lapoirie se detiene en las manos de Enzo cubiertas de callos mal curados, en su mirada perdida durante las comidas familiares, en la manera que tiene Vlad de encender un cigarrillo después de la jornada laboral. El montaje, también a cargo de Campillo, construye una cadencia que se parece a la respiración del protagonista: contenida, a ratos exasperante, pero nunca gratuita. Los secundarios, como la madre de Enzo o el otro refugiado ucraniano, quedan dibujados con trazos justos, aunque el hermano mayor apenas exista como personaje más allá de su papel de contraste.

El tramo final sitúa a Enzo ante una confesión telefónica que replica la estructura de la célebre llamada de 'Llámame por tu nombre', pero con un resultado más áspero y menos catártico. El chico no obtiene una revelación romántica, sino la certeza de que su admiración por Vlad se estrellaba contra una realidad que él mismo había idealizado. La última imagen, con Enzo caminando solo por las calles de la población costera, deja al espectador con una sensación de circularidad, como si el aprendizaje apenas hubiera arañado la superficie de su confusión. 'Enzo' funciona entonces como un objeto delicado pero incómodo, que rehúye los arcos de transformación clásicos y se conforma con registrar el desconcierto de una edad donde las decisiones parecen autónomas pero casi siempre dependen de aquello que se quiere abandonar.

Crítica elaborada por Estela Schiaffino

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