Cine y series

'La momia de Lee Cronin

Lee Cronin

2025



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La momia’ de Lee Cronin aterriza en HBO Max después de un fugaz paso por las salas comerciales, movimiento que subraya el carácter de un producto siempre más afín al consumo doméstico que a la gran pantalla. El realizador irlandés, que ya había mostrado su facilidad para exprimir el pánico parental en trabajos anteriores, traslada esa obsesión a una mitología revisitada en innumerables ocasiones. Su versión, sin embargo, se distancia de las aventuras arqueológicas y los romances de antaño para internarse en un lodazal donde el terror doméstico y la posesión demoníaca se dan la mano. La decisión de anteponer su nombre al título del filme no responde a un capricho publicitario. Más bien pretende distinguir esta propuesta de cualquier otra franquicia, aunque el resultado final evidencia que esa impronta autoral se desvanece en un mar de referencias prestadas.

La pesadilla de los Cannon arranca con la desaparición de su hija pequeña en las polvorientas calles de El Cairo. Ocho años después, el reencuentro con la joven, hallada en el interior de un sarcófago milenario y en estado catatónico, desencadena un caos progresivo. Esa premisa, que en manos de otro cineasta podría haber ahondado en las fisuras emocionales de una familia marcada por el trauma, aquí sirve sobre todo como un engranaje para soltar una sarta de sustos y escenas grotescas. Charlie y Larissa, los padres, encarnan la negación y la esperanza irracional, aferrados a la idea de que el amor y los cuidados convencionales bastarán para recuperar a su hija. Esa ceguera voluntaria, lejos de generar empatía, convierte a los personajes en meros receptáculos de la violencia sobrenatural, pues toman decisiones que desafían toda lógica y los alejan de cualquier retrato verosímil del sufrimiento.

Katie, la joven poseída, se convierte en el eje narrativo. Su transformación física, con una piel pálida y descamada que evoca los vendajes de la momia, constituye el principal recurso visual del filme, aunque el diseño de la criatura resulta más cercano a una película de posesión al uso que a una reinvención del mito egipcio. Natalie Grace, la actriz encargada de dar vida a este ser, afronta el desafío con una entrega interpretativa notable, pero su personaje queda reducido a una retahíla de tics y espasmos que remiten sin remedio a referentes clásicos del género. La posibilidad de que el mal ancestral se manifieste a través de una adolescente vulnerable podría haber dado pie a reflexiones sobre la pérdida de la inocencia o la fragilidad de la identidad, pero el guion prefiere la vía más simple y convierte a la chica en un vehículo para la casquería y el terror gratuito.

La trama se reparte entre la acción en Nuevo México, donde la familia trata de recomponer su vida, y la investigación que una detective egipcia lleva a cabo en El Cairo para esclarecer el origen del mal. Esa bifurcación narrativa, que en teoría debería enriquecer la narración, termina por dispersar la atención y crea dos líneas argumentales que apenas conectan con fluidez. Dalia Zaki, interpretada por May Calamawy, destaca como el personaje que conserva un atisbo de agencia y determinación, una figura que parece salida de un relato de misterio más contenido y que contrasta con la histeria creciente que domina la mansión de los Cannon. Su papel, no obstante, queda relegado a un segundo plano durante gran parte del metraje, y solo aparece para proporcionar información crucial cuando el guion lo exige. Esa estructura quebradiza revela la dificultad del director para hilvanar una historia coherente, pues prioriza los momentos de impacto aislados sobre la construcción de una tensión sostenida.

Lee Cronin imprime a su obra un exceso de energía que a menudo roza lo agotador. Su cámara se mueve con inquietud, abusa de los planos divididos y de los primeros planos de las reacciones de los personajes para acentuar la incomodidad. La banda sonora y el diseño de sonido trabajan en la misma línea, crean una atmósfera opresiva que pretende mantener al espectador en alerta permanente, pero que finalmente resulta más cansina que efectiva. Cronin demuestra oficio para orquestar el caos, pero su incapacidad para dosificar el horror hace que los momentos más extremos pierdan su impacto. El director parece más interesado en superar el nivel de violencia de sus trabajos anteriores que en dotar al relato de consistencia, y ese afán por impactar termina por revelar las carencias de un guion que utiliza el trauma como un simple pretexto para la exhibición de vísceras y fluidos.

El filme coquetea con asuntos morales y sociales tan delicados como el secuestro, la trata de personas y el abuso, pero se niega a desarrollar esas ideas con el mínimo espesor. La insinuación de que Katie pudo haber sufrido violencia durante su cautiverio queda flotando en el ambiente, usada solo como un recurso para añadir una capa de incomodidad que el filme no sabe gestionar. Resolver el conflicto mediante un enfrentamiento violento y una serie de sacrificios familiares, lejos de ofrecer una reflexión, simplifica el horror hasta convertirlo en una batalla campal entre el bien y el mal. El final, que incluye un giro hacia la acción y la venganza, contradice el tono sombrío y supuestamente serio que el film había intentado mantener durante su extenso metraje. Esa incoherencia tonal, que salta de la tragedia familiar al gore más desenfadado, revela una falta de pulso creativo que impide que la obra alcance una personalidad definida.

La película se alarga casi dos horas y cuarto, y esa duración se convierte en uno de sus principales lastres, porque estira innecesariamente una historia que se agota mucho antes de llegar al desenlace. Durante la proyección, se percibe que el director y el montador se han dejado llevar por la grandilocuencia, estirando escenas que deberían ser breves y añadiendo subtramas que apenas aportan nada. Ese exceso de minutaje diluye el impacto de las escenas más destacadas y además pone de manifiesto la delgadez del material de partida. La propuesta de Cronin, que prometía una reinvención del monstruo clásico, termina siendo un ejercicio vacío que se deleita en su propia vileza sin atreverse a explorar las implicaciones de sus temas. El resultado deja la sensación de haber visto un espectáculo de casquería industrial, competente en su ejecución técnica, pero desprovisto de la chispa o la personalidad que su título reivindica con tanta arrogancia.

Crítica elaborada por Andrés Gómez

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