Cine y series

Apuntes para una ficción consentida

Ana Serret Ituarte

2026



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La madrileña Ana Serret Ituarte, después de una trayectoria ligada al documental y a la dirección de segunda unidad, firma su primer largometraje de ficción con un título que anticipa el mecanismo sobre el que se sostiene la propuesta. 'Apuntes para una ficción consentida' nace de una premisa que la propia directora transforma en principio formal: una obra de teatro concebida como recorrido sonoro que termina siendo rechazada y que encuentra su acomodo definitivo en el cine. Ese trasvase del escenario a la ciudad condiciona toda la estructura de la película, que convierte los desplazamientos de su protagonista, Lea Grand, en el eje vertebrador de un relato construido a partir de instantes y encuentros aparentemente casuales. La cinta recorre los barrios de La Latina y Lavapiés, y también Basilea, con una cámara que acompaña a la actriz suiza en su rutina de castings, trabajos precarios y ensayos, mientras esta busca un lugar en una profesión que la margina por su acento y su origen. Serret Ituarte, que parte de las vivencias reales de la actriz Isabelle Stoffel para construir el personaje, difumina los límites entre lo documentado y lo inventado y convierte esa frontera en el espacio natural donde la película respira.

El desarraigo se manifiesta como la fuerza motriz que impulsa a Lea, una mujer que vive entre dos países y que en ninguno de ellos logra encajar del todo. La película retrata esa condición a través de la acumulación de pequeños roces cotidianos: la dificultad con el idioma, la soledad en una casa vacía, la sensación de estar siempre de paso. Serret Ituarte observa a su protagonista con una distancia respetuosa y la coloca en un entorno que, aunque reconocible, permanece ajeno a sus aspiraciones. La relación con los personajes secundarios, como su expareja que sigue dirigiendo sus pasos en el teatro, la joven actriz con la que comparte piso o un pianista que apenas pronuncia palabra, lejos de resolver esa extrañeza, la acentúa. Cada encuentro funciona como un espejo en el que Lea se mira sin reconocerse, y la directora aprovecha esas interacciones para subrayar la incomodidad de quien ocupa un lugar que no le pertenece. La cinta, sin embargo, evita el melodrama y se mantiene en una tesitura contemplativa que, en ocasiones, deriva en una reiteración de los mismos motivos, como si el círculo en el que se mueve la protagonista se cerrara sobre sí mismo sin ofrecer una salida clara.

La decisión de estructurar el filme como una sucesión de apuntes, de fragmentos de vida sin una línea argumental que los engarce, responde a una voluntad de capturar la inmediatez de lo real, pero también expone una cierta fragilidad narrativa. Serret Ituarte confía en la potencia de los pequeños momentos, en la capacidad de los silencios y las miradas para sostener el relato, pero esa apuesta exige una complicidad que la película no siempre logra granjearse. El espectador se ve invitado a deambular junto a Lea, a compartir sus dudas y sus pequeñas victorias, pero el ritmo pausado y la ausencia de un conflicto central que impulse la trama pueden generar una distancia que la propuesta no termina de salvar. La directora, que proviene del documental, aplica un método de observación que privilegia la espontaneidad sobre la construcción dramática, y esa elección, coherente con el espíritu de la película, convive con una cierta sensación de estancamiento cuando los episodios se suceden sin que el personaje experimente una transformación palpable. La cinta se mueve en un territorio incierto, y esa incertidumbre, que constituye su principal atractivo, se convierte también en su principal lastre cuando la narración parece girar en torno a un vacío que la protagonista no termina de llenar.

La fotografía de Almudena Sánchez AEC construye una imagen de Madrid que se aleja de los tópicos luminosos para abrazar una paleta de grises y tonos cálidos, dominada por cielos nublados que confieren a la ciudad un aire romántico y melancólico. Esa elección estética, que conecta la atmósfera de la capital con la de Basilea, refuerza la idea de que ambos espacios comparten una misma atmósfera. La cámara, ligera y flexible, sigue a la actriz en sus recorridos en bicicleta y se detiene en los rincones de un barrio que la directora retrata con una mirada que trasciende lo decorativo para adquirir un matiz político. La presencia de pequeños comercios, de calles que resisten la gentrificación, de personajes reales que se cruzan con la ficción, convierte el espacio en un protagonista más de la película, y ese retrato de una ciudad viva y compleja añade una capa de significado a la búsqueda de la protagonista. Serret Ituarte, no obstante, no ahonda en esa dimensión social, y el barrio se convierte en un telón de fondo que, aunque cuidado y sugerente, permanece en un segundo plano frente a la deriva interior de Lea.

El piano, que irrumpe en la banda sonora con piezas de Brahms, Chopin o Beethoven, actúa como un contrapunto a la incapacidad de los personajes para expresarse verbalmente. El músico que lo interpreta, un hombre que confiesa no hablar apenas, encarna esa dificultad para comunicarse que atraviesa toda la película. La música se convierte entonces en un lenguaje alternativo que sostiene los silencios y acompaña los desplazamientos de la protagonista, pero su uso, reiterativo en algunos tramos, tiende a subrayar un tono uniforme que la cinta no siempre logra matizar. Isabelle Stoffel, que carga con el peso de la narración, ofrece una interpretación contenida que transmite la vulnerabilidad y la determinación de un personaje que nunca termina de definirse por completo. La actriz suiza, habitual de otros proyectos de tono similar, sabe moverse en ese espacio ambiguo entre la ficción y la realidad, pero su trabajo, aunque sólido, queda en ocasiones diluido por la propia estructura de la película, que parece empeñada en mantener a su protagonista en un estado de perpetua inconclusión.

'Apuntes para una ficción consentida' se inscribe en una corriente de cine que encuentra su razón de ser en la observación minuciosa de lo cotidiano y que renuncia a las grandes historias para centrarse en las pequeñas epifanías que surgen del día a día. Serret Ituarte maneja con oficio los códigos de esa tradición y demuestra una sensibilidad notable para capturar la textura de los espacios y la densidad de los silencios. La película, no obstante, paga el precio de su propia coherencia: al rehuir el conflicto dramático y la progresión narrativa convencional, corre el riesgo de volverse hermética para aquel espectador que no logre conectar con el tono errante de su propuesta. La directora, que ha trabajado en proyectos de formación de cineastas, parece buscar más el diálogo con una mirada afín que la conquista de un público amplio, y esa apuesta, legítima, delimita el alcance de una obra que resulta más interesante por su planteamiento que por su desarrollo. La cinta, en su empeño por difuminar las fronteras entre realidad y ficción, termina instalándose en un territorio intermedio que, aunque fértil en sugerencias, carece de la fuerza suficiente para sostener el peso de una reflexión sobre la identidad que se queda reducida a meras apariencias y paisajes.

Crítica elaborada por Estela Schiaffino

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